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Dientes de leche o la merienda de las chicas guapas

Dientes de leche o la merienda de las chicas guapas

La periodista Clara Nuño se enfunda el corsé de todas las mujeres, aúna en una sola la voz de muchas y se somete a sus reglas, las que la sociedad, el hombre y las propias congéneres le imponen. Una narración tan personal como universal, irónica a ratos y cruel a tiempo completo.

En este making of Clara Nuño explica cómo escribió Las niñas bonitas no pagan dinero (Aguilar).

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Un día te das cuenta de que te estás haciendo mayor. Es un día cualquiera. Puede incluso que haga sol, pero no demasiado calor. Es muy posible que sea uno de esos días en los que la temperatura es perfecta para ser feliz y, sin embargo, no lo eres porque te has percatado de una cosa que marcará un antes y un después en tu vida. Ya no habrá vuelta atrás desde ese momento.

A partir de entonces, lo primero que haces nada más levantarte por las mañanas es escrutar tu cara en el espejo para ver si las líneas que empiezan a marcarse cuando gesticulas, y que ya no se borran, se están multiplicando cómo un cáncer. Suspiras aliviada cuando te das cuenta de que no es así, de que están tal cual te las encontraste. El problema es ese, que las encontraste. Y que tu pelo está cambiando de color: ahora tienes mechas blancas que antes no estaban ahí. Y se te está empezando a caer. Algo, no mucho. Pero es que antes no era así.

"El artículo iba sobre aquello, sobre la democratización de las cirugías estéticas, sobre nuestros nuevos deseos a golpe de algoritmo, sobre el cuento de nunca acabar"

La persona que me dijo aquello tenía 25 años y era algo más joven que yo. Yo, que me consideraba joven. Yo, que era joven entonces y lo soy aún hoy, porque aunque estoy cerca de cruzar el umbral de la treintena todavía no he llegado, y seguiré diciendo que soy joven hasta que me quede sin habla porque siempre me ha resultado divertido enfadar a los demás cuando hacen comentarios, que ellos piensan irrebatibles, sobre tu aspecto físico. Yo, que consideraba a esa chica (porque, por supuesto, era una mujer) una de las personas más guapas que he conocido nunca, no supe qué decir. ¿Qué le dices a la belleza cuando esta te dice que se hace vieja?

En mi caso, la reacción fue ponerme a escribir un artículo, porque aquella chica, mi amiga, me dijo que se iba a arreglar la cara. Una microdosis de bótox, nada más. Quizá un poquito de ácido hialurónico. A lo mejor, por qué no, se rellenaría los labios y se tocaría el tabique, que tenía una pequeña protuberancia que siempre le había molestado un poco. Que todo eso es algo que a ella seguro que le quedaba bien. Y le quedó bien. Pero también le quedaba bien su cara con 25 años.

"Me pidieron un libro sobre la belleza y las chicas y esa carrera que nunca termina y que nos deja a todas con la lengua fuera. Pero ¿qué sé yo de la belleza? Poca cosa, la verdad"

El artículo iba sobre aquello, sobre la democratización de las cirugías estéticas, sobre nuestros nuevos deseos a golpe de algoritmo, sobre el cuento de nunca acabar que a nosotras, siempre, siempre, siempre, nos acaba por atrapar. Yo me fui a una de esas clínicas de la misma cadena en la que mi amiga se iba a pinchar la cara para que me dijeran qué era lo que me harían a mí. Para que me dijeran el módico precio que tendría volverme más guapa. Spoiler: no me volví más guapa, pero tras escribir ese artículo me llamaron para invitarme a tomar un café. Y también, para invitarme a escribir un libro. Algo que llevo queriendo hacer toda mi vida, pero que sabía que jamás terminaría si no me ponían un contrato encima de la mesa. Y con ello, una fecha de entrega, claro.

Me pidieron un libro sobre la belleza y las chicas y esa carrera que nunca termina y que nos deja a todas con la lengua fuera. Pero ¿qué sé yo de la belleza? Poca cosa, la verdad. Sé que nuestras sociedades han estado siempre obsesionadas por imaginar, controlar y do­blegar a las mujeres todo el rato hasta convertirlas en muñe­cas inútiles. Que eso es algo que nunca ha cambiado. Que jamás cambiará. Sé lo que me falta a mí y lo que les falta a los demás que, tan ansiosos, tan ansiosas, intentan ocultar que te lo plantan delante del morro mientras gritan que no, que ellos no son eso.

"Nuestros cuerpos son el soporte a través del que nos presentamos al mundo. También lo único que poseemos de verdad"

También sé que yo no quería escribir un ensayo. No soy tan lista como para decir algo nuevo sobre un tema del que se ha escrito tanto en el plano teórico. Y tampoco es que eso me interese demasiado ahora mismo. Yo lo que quería era inventar y me dejaron hacerlo, porque en la ficción siempre hay espacio para las cosas nuevas en los temas que no lo son tanto.

Me dejaron darle vida a una chica concreta con una manera de ser concreta y un carácter concreto y una situación muy específica. Yo, que vivo la literatura de la misma manera que vivo el cine, me monté una película y esta me absorbió por completo. Una película que, por supuesto, trata los temas que tratan todas: nuestras pasiones, nuestros miedos y nuestras obsesiones. Porque no hay nada que me resulte más interesante que el propio ser humano y, en esta ocasión, la idea era centrar el tiro en su obsesión con la belleza. Al fin y al cabo, nuestros cuerpos son el soporte a través del que nos presentamos al mundo. También lo único que poseemos de verdad.

Si hablamos de belleza tenemos que hablar de violencia. De la que ejercen las madres sobre las hijas a través del amor mal entendido porque fue el que ejercieron sobre ellas cuando fueron ellas las hijas. La mirada cruel de las mujeres sobre las mujeres, la mirada cruel de los hombres sobre las mujeres, la mirada cruel de la sociedad sobre las niñas y las adolescentes y el producto de todo aquello en los tiempos del ahora. Y yo quería mezclar todo aquello para llegar a ese juego al que he visto jugar tanto (y tan bien) a otros: el juego de los grises. Escribir sobre la violencia recibida pero también la ejercida, porque víctima y victimario pueden ser la misma persona y porque todo el mundo tiene un poco de ambas cosas. Como aquella película reciente de Joachim Trier que me gustó tanto y que se titulaba La peor persona del mundo (2021) y cuya tesis, simplificada y mirada desde la subjetividad de estos ojos, viene a decir que la peor persona del mundo puede ser cualquiera. También una chica. Porque muchas veces, en esta vida, te llamarán zorra. Y en alguna de ellas, las menos, tendrán razón.

"Algunas veces, pocas, he querido saltar por la ventana, porque compaginar el trabajo diario con la escritura de un proyecto personal es agotador, sufrido a ratos y, si lo haces del tirón, doloroso"

La ternura, a veces un poco bruta, de Joachim Trier, el humor de Phoebe Waller-Bridge y su Fleabag, la ironía de Caitlin Moran y sus libros, tan horribles en sus títulos como interesantes en sus interiores, son algunas de las historias que he llevado conmigo, en algún recoveco de la cabeza, como talismanes y amuletos que hicieran de faro durante la escritura de este libro con dientes de leche. También la inteligencia y precisión de palabra que Maggie O’Farrell demuestra en Sigo aquí, un libro de memorias entretejidas por sus experiencias cercanas a la muerte y que he paseado por encima de mis posibilidades en los meses de escritura. Además de la ambición desmedida y el hambre insaciable de Madame Bovary, mi novela favorita hasta que llegue otra y la desbanque. En definitiva, para escribir he llenado mi escritorio con el producto de mentes interesantes a las que robar. O al menos intentarlo, a ver si se me pegaba algo.

Mi forma de trabajar una novela, una ficción, es la misma que mi manera de vivir: caótica. Un día escribía diez páginas del tirón sin levantarme de la silla y al siguiente me pasaba las horas mirando las formas del gotelé de la pared de mi piso de alquiler en la periferia de la capital. Siempre he sido una mujer de contrastes, qué le voy a hacer. Y por eso, he tenido que encerrarme muchos fines de semana delante del ordenador mientras la vida sucedía ahí fuera. El orden nunca ha sido lo mío.

Escribir este libro me ha supuesto vivir enajenada a ratos. Algunas veces, pocas, he querido saltar por la ventana, porque compaginar el trabajo diario con la escritura de un proyecto personal es agotador, sufrido a ratos y, si lo haces del tirón, doloroso. Sobre todo para tus lumbares. Una cosa supuestamente divertida que luego no lo es tanto, pero que, sin duda, volvería a hacer.

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Autora: Clara Nuño. Título: Las niñas bonitas no pagan dinero. Editorial: Aguilar. Venta: Todos tus libros.

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