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Doblar el tiempo, volver a quererte

Doblar el tiempo, volver a quererte

Ash is Purest White, de Jia Zhang-Ke.

en días como esos el sol es más fuerte que el pasado

Estoy en una esquina de la plaza, sentado en una silla de playa y aplastado por un calor extrañísimo, profundo, imposible para estas horas de la madrugada. Ella se acerca a mí con una cadencia sigilosa, como un animal lleno de dudas; se acerca y me sopla al oído palabras de ofrenda, como si buscase que nadie más en el mundo pudiese escucharnos. Me levanto, apenas poso mi mano sobre la suya —tenemos tanto, tanto miedo a agotar los roces posibles—, avanzamos hacia el centro de la plaza y empezamos a bailar despacio, en medio de un círculo imaginario, inventando en esferas un mundo sólo nuestro.

1. Habla el tiempo.

y dejaremos de ser las montañas que éramos

Irene Solà comienza su primera novela con la misma vocación que una divinidad creadora: son las nubes las que cuentan la historia del origen de las cosas, como si el relato exigiese una mirada elevada para ser contemplado en su totalidad. Un rayo atraviesa a Domènec, padre de familia y poeta, campesino en el corazón de los Pirineos. Su muerte es algo así como la tragedia original, el punto de partida desde el cual todas las voces —a excepción de la suya, una voz truncada por los gritos del cielo mismo— comienzan a relatar la historia, comienzan a cantar. El yo se multiplica, se funde con la materia, integra a todos los habitantes del valle, también a sus animales, sus árboles, a la tierra misma. Un yo polimórfico canta; la montaña baila.

Las voces dispuestas por Irene Solà se desplazan a través del tiempo como bailarinas elípticas: un personaje puede servir como narrador en un capítulo para que, unas páginas más tarde, otra voz distinta nos cuente la historia de su muerte. Las vidas transcurren por las páginas de Canto yo y la montaña baila como el agua que se escurre por los cauces de un manantial. La idea es disponerlas como un engranaje más en la concepción cósmica de la vida que introduce la autora, y a pesar de todo se abren las heridas; a pesar de todo las vidas cortadas, los traumas del pasado y los episodios trágicos pulsan el tiempo con una fuerza diferente, con una fuerza antinatural y dolorosa.

La noción de historia introducida por Irene Solà tiene mucho que ver con la idea de que «la vida, y el mundo y la historia y cuanto pasa están llenos de desgracias que han sucedido a destiempo, a quien no tenían que suceder, cuando no había nadie para evitarlas». Inteligente en su manipulación de los tiempos, la autora acorta la descripción de los eventos traumáticos, por los cuales pasa con gesto expresionista, para detenerse a posteriori en el luto, en la batalla diaria de los personajes que quedan atrás; para detenerse en las heridas y observarlas, y tocarlas, y sanarlas. A Irene Solà le interesa estudiar el largo plazo, pero su mirada extiende el tiempo sobre los pequeños gestos de lo diario, de esa vida que busca recomponerse todos los días al amanecer. Esa traída de lo inasible hacia lo cotidiano es capaz de contenerla en una imagen prosística de poderío inaudito: «La eternidad, cosa ligera. Cosa diaria, cosa pequeña».

2. Habla la memoria.

 el papel es el sitio en el que fracasan todas las cosas

De armazón poético y cuerpo eminentemente narrativo, Canto yo y la montaña baila es también un texto capaz de mutar a medio camino, de amoldarse a las curvas discursivas que su propio tempo genera. Así, en un frenazo en seco alrededor de la figura de Hilari —el jovial e ingenioso hijo de Domènec, el segundo rostro de la tragedia, muerto a manos de su amigo Jaume en un accidente de caza—, Irene Solà se atreve con un esbozo ensayístico, desgarrando el relato para pensar sobre la poesía a través de unas páginas. En ellas, Hilari hace recuento de algunos poemas y canciones escritos por él, y después rememora aquellos otros compuestos por su padre, nunca plasmados en papel alguno. Celebra entonces esta volatilidad del lenguaje, aludiendo a la pureza de su desaparición. En Canto yo y la montaña baila, la regeneración de la memoria se dibuja en el horizonte como una posibilidad diaria, como un acceso ágil a la felicidad y a la comprensión de los mecanismos de la naturaleza.

Sin embargo, los personajes acaban recordando siempre. En su elogio a Domènec, su esposa recuerda sus primeros encuentros en las fiestas de Camprodon, dice: «y cuando me sacaba a bailar […] nos miraba todo el mundo». La memoria se desliza a través de esas imágenes otorgándoles una luz especial, un resplandor distinto al que inunda el resto del libro. Sió, algo turbada por este acceso de nostalgia, se pregunta entonces hasta qué punto está distorsionado su recuerdo por la ausencia de su marido. La memoria se intuye, pues, como un mecanismo de representación engañoso, capaz de transformar lo humano en divino, capaz de colocar en el pasado colores que nunca existieron.

Sin embargo, las nubes exclaman: «se tendría que haber escrito una canción sobre el pelo del hombre y el peine del rayo». Tendría que haberse escrito una canción. Y entonces la música, y la poesía, y el arte en general devienen en artefactos preservadores del tiempo, en salvoconductos de la eternidad. Mientras tanto, los animales corren por el valle pirineo accediendo a aquella felicidad fácil del que no recuerda más que los olores del mundo, ajenos a las nostalgias del pasado perdido. Una cría pierde la vista de su madre y su hermano; apenas días después ya no siente siquiera la necesidad de recordarlos. Todo ello contribuiría a cercenar su libertad. Esas cadenas la convertirían, en un mundo hostil, en una presa realmente vulnerable.

3. Habla la comunidad.

Y años después, cuando enfermó, también venía a menudo a verla. No lo suficiente. Nada es suficiente nunca

Canto yo y la montaña baila propone un universo afectivo cuasi vecinal, verdaderamente íntimo. En el mundo que se inventa Irene Solà es como si la tierra se hubiese plegado para acercarnos a los demás: las casas están cerca, las personas están siempre cerca. En un capítulo, un turista toma la narración y se encuentra con una hostilidad frontal que lo desconcierta, que lo saca despedido del relato. Es como si involucrarse en los espacios exigiese un alto grado de compromiso emocional, un grado de cercanía obligatorio. La autora diagnostica, hablando del contraplano posible, a una sociedad marcada por las distancias, por el bloqueo de la vulnerabilidad. Para sortearla, inventa un lugar que no pertenece siquiera al pasado fáctico, sino a un pasado mitificado en el que el contacto humano se venera tanto como el contacto entre el hombre y la tierra.

Los nombres son importantes en la construcción dramática de la novela: Solà abre el tiempo para describir familias, ordenar afectos, acercar al lector a un organigrama emocional escueto pero dibujado con gesto puntillista. La contraposición entre ciudad y naturaleza camina más o menos por los mismos cauces. No es de recibo afirmar que el discurso de la autora rechace por decreto las ventajas de la modernidad, pero sí se aleja de los ritmos predeterminados que ésta fija. A través de una modulación libérrima de los tiempos, Canto yo y la montaña baila se acerca a sus personajes, a sus espacios y a sus heridas con una cautela impensable para la sociedad occidental contemporánea, anclada en una huida perpetua. En el valle pirineo que propone, los traumas son afrontados en comunidad, con la fuerza antigua de los ritos grupales; de nuevo esa fuerza cósmica que recorre todo el libro.

Los personajes de la novela, sin embargo, están también atravesados por una imposibilidad atávica, por una distancia insalvable respecto a la idea de la completa sanación. El ideal del bosque libre, del bosque previo al accidente que supone la muerte de Hilari, se extingue en el momento en que ese acontecimiento tiene lugar; en ese sentido, un punto de la historia se convierte en eje axiomático, en pilar casi determinista. Cierta impotencia se apodera entonces del relato: «Y no aprender el miedo. Porque hay cosas que no quieres aprender, que no tendrías que aprender, y las aprendes para siempre».

4. Habla el amor.

Y siento que a veces no basta con sentirlo, como a veces no basta con quererse

Vuelvo al principio, al centro de la plaza del pueblo. Bailamos despacio, sosteniéndonos el uno al otro a una distancia prudencial. Me gusta estar lo suficientemente lejos de ti para poder seguir viéndote.

Irene Solà tiene la capacidad para quebrar el silencio con una palabra que es un rompehielos: «Y todo empezó muy poco a poco y muy seguro, como un puente de piedra. Como si tuviera que durar para siempre. Como si siempre fuera entonces». Si el tiempo se supone que  se construye a través de episodios traumáticos, en cierto punto la autora gira la perspectiva y voltea las cosas: ¿no podría acaso el transcurso de nuestras vidas, la misma historia del mundo, empezar a contarse desde el instante de belleza que se mantiene en vilo en el doble fondo de nuestra memoria?

El pasado regresa al tiempo presente al final de Canto yo y la montaña baila, y Mia —quizá el personaje sobre el que se sostiene la tragedia, la hermana de Hilari, la hija huérfana de Sió y Domènec, el último argumento de la historia— lamenta, ante el rostro del amor: «Siento que no volvieras y siento haber querido siempre que volvieras». Y pese a todo, la imagen sigue latiendo, y los cuerpos siguen estando cerca, e Irene Solà toma la valiente decisión de que todos sus personajes estén dispuestos a vivir, incluso a vivir juntos.

Los años de silencio de Mia, sus años de soledad tras todas las muertes y ausencias son opacados en el relato por las narraciones de los demás, por las miradas de los turistas, por los gritos ancestrales de la tierra. Todos esos años apenas los intuimos, y no volvemos al personaje de Mia hasta que ella vuelve a sentirse dispuesta a amar. Al tocar de nuevo a una persona, es ella misma la que nos hace recordar a nosotros: hacía tanto tiempo que no sentíamos nada, tanto, tanto tiempo, que parecía que nunca más fuésemos a hacerlo. Pero la tierra a veces se dobla, el tiempo se vuelve un valle y todo cae hacia abajo: si estamos vivos, la posibilidad de volver a enamorarnos siempre existe. El amor, que no es suficiente para evitar los lazos de lo trágico, espera calmado para reencontrarse con nosotros.

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Autora: Irene Solà. Título: Canto yo y la montaña bailaTraductora: Concha Cardeñoso. Editorial: Anagrama. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro.

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