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¿Dónde está el diablo?

Es curioso. Si te pones a buscar la palabra «diablo» en esta novela que debería ser suya de principio a fin, solo la encuentras en una ocasión (creo no haberme pasado por alto ninguna otra). De todas maneras ya se sabe que el diablo es el señor de las mentiras, que puede encarnarse en cualquier cosa y que su nombre es Legión. Por el contrario, la historia está llena de fe, de fe exacerbada, de pastores influyentes y creyentes fanatizados. Está llena de pobreza, ignorancia y alcohol de destilación casera, de hombres y mujeres depravados y de hombres y mujeres con mala suerte. Está llena de violencia, de vileza, de cobardía y de corrupción. Y así, aunque en El diablo a todas horas no aparezca el susodicho, su presencia es abrumadora.

También puede ser que Donald Ray Pollock solo utilice al Maligno como excusa o reclamo. Tal vez lo que este escritor tardío pretenda decirnos es que no, que el diablo no existe, como tampoco, a tenor de las enfebrecidas páginas, existe Dios, y así endosar la responsabilidad del bien y del mal al ser humano. A ese insignifcante habitante de la Tierra capaz de las más atroces salvajadas y de los actos más generosos.

"Pollock da las claves, muy drásticas eso sí, para atajar el bullying. Tal vez ésta no sea la tribuna adecuada para debatir un problema que, hoy por hoy, se soluciona de la peor manera"

Donald Ray Pollock nació en un pequeño pueblo de Ohio llamado Knockemstiff, que es el título de su primera incursión en la literatura en 2008 cuando contaba 54 años y tras haber superado un programa de escritura creativa. Como en ese primer libro de cuentos en los que recreaba, con una mirada desencantada y sórdida, la vida en ese lugar perdido de la América recóndita, ahora vuelve a ser el centro geográfico de esta historia del diablo sin diablos. En Knockemstiff hay un matadero y una papelera y en ambas empresas trabajó Pollock como obrero. En el matadero trabaja Willard Russell tras volver de la gran guerra (él luchó en el Pacífico contra los japoneses, donde presenció e hizo cosas terribles), enamorarse de una camarera y establecer la familia en una casa sobre una colina. Este atisbo de felicidad se trunca cuando la mujer enferma de cáncer. Entonces Willard, que procede de una familia temerosa de Dios, pone toda su confianza en un Todopoderoso sordo, indiferente o ausente. En un claro del bosque construye un altar con un tronco y unas cruces. Allí reza fervientemente por su esposa, arrastra a su hijo de 10 años en la misión de salvar a su madre mediante la oración y, cuando la desesperación se enseñorea de su primitiva fe, comienza la locura y el horror. Hay que ofrecer sangre a ese Dios que no le quiere oír. Primero es solo eso, pero después vienen los sacrificios. Y Arvin, el hijo, ve como su madre se consume y su padre enloquece cada día un poco más hasta que ambos desaparecen.

Arvin, que ha crecido en un ambiente enrarecido por la obsesión de su padre, tiene que madurar con ese lastre. Acogido por la abuela paterna, conoce la paz en el seno de esa peculiar familia compuesta por la madre de su padre, mujer sencilla y muy devota; Liard, el viejo y adorable tío de Willard; y una adolescente huérfana a la que ampararon siendo un bebé y a la que Arvin se ve en la obligación de proteger de los matones del colegio. Lenora, apocada, siempre con una Biblia en la mano y tan poco agraciada como su desdichada madre, es el blanco perfecto de los matasietes juveniles. Arvin actúa con la brutalidad que le enseñó su padre… y es entonces cuando aparece el héroe que nadie parece haber visto. Pollock da las claves, muy drásticas, eso sí, para atajar el bullying. Tal vez ésta no sea la tribuna adecuada para debatir un problema que, hoy por hoy, se soluciona de la peor manera, puesto que, generalmente, es el acosado quien tiene que cambiar de centro ante la indiferencia o incapacidad de docentes, Administración y sociedad. Pero ya he dicho que éste tal vez no sea el foro para discutir sobre tan delicada cuestión. Solo quiero dejar constancia de que la intervención de Arvin en ese tramo de la historia es el correcto, aunque haya más de uno con la piel demasiado fina que se le resquebraje al leer las páginas.

"La América profunda solo sale en los libros de Donald Ray Pollock y otros cronistas de la existencia sucia y enfermiza"

También hay decir que El diablo a todas horas no está recomendado para estómagos débiles. Ya se ha descrito el inicio de la narración, pero hay más cosas espeluznantes, como un matrimonio de asesinos en serie que opera en unas carreteras repletas de autoestopistas, o como un sheriff corrupto capaz de matar por dinero y que pretende destruir las pruebas que inculpan a su hermana en una atrocidad. Por esta demencial historia deambulan unos predicadores itinerantes que van de templo en templo «despertando» la fe de los feligreses con un repulsivo espectáculo y que se convierten en vagabundos o fugitivos, no saben si lo uno o lo otro, porque uno de ellos tiene una revelación que le asegura que puede resucitar a los muertos, y en el experimento… Y hablando de predicadores, también hay un pastor de almas que resulta un depredador sexual cuya obsesión consiste en desvirgar adolescentes bajo la cobertura de la religión.

Una Luger, traída por Willard de un sitio en el que nunca estuvo, pasa de mano en mano hasta cumplir su letal cometido. Will regala el arma a su tío Liard como recuerdo de la guerra. Liard, un personaje cordial y bueno, la olvida, pero cuando aparece Arvin se la cede como el legado de su padre. Y Arvin la utilizará como llave para ir cerrando las puertas por las que el diablo ha entrado en el mundo.

El diablo a todas horas acepta varias lecturas. Desde el gótico sureño al noir rural y desde el road story hasta la novela de iniciación se van alternando imágenes de un costumbrismo perverso como obtenidas por una Polaroid que solo captase los márgenes de la realidad, esas instantáneas que nunca ilustrarán las postales porque la América profunda solo sale en los libros de Donald Ray Pollock y otros cronistas de la existencia sucia y enfermiza.

No quiero terminar sin hacer referencia a algunas de las frases promocionales de la faja que rodea al libro (cómo odio ese soporte paratextual, qué derroche de papel más gratuito y estúpido, qué incomodidad para manejar los libros). En algunos de esos reclamos se hace alusión al «tremendo humor». No hagan caso. Donald Ray Pollock no escribe con intención humorística. Un tipo que se encierra en un armario para hablar con Dios y recibir la revelación de que se le ha otorgado el poder de resucitar a los muertos no produce risa, ni siquiera la mueca de una sonrisa triste. Solo suscita terror, patético terror.

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Autor: Donald Ray Pollock. Traductores: Javier Calvo. Título: El diablo a todas horas. Editorial: Literatura Random House. VentaAmazonFnac y Casa del Libro.

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