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Donde todo se acaba

Donde todo se acaba

En realidad yo iba para otra cosa. Tan sólo pretendía sacar un par de imágenes de recursos para un documental. Pero el sitio es fascinante, nunca había visto nada igual. Llegamos en metro hasta un parque industrial en las afueras de Madrid. Entramos en la nave; el cielo está medio nublado y ahí dentro reina una penumbra que me preocupa —no hemos tenido la precaución de llevar las luces—. Al fondo, la luz consigue entrar a duras penas por un portón abierto y tampoco añaden mucha luminosidad unas ventanas altas, de cristales translúcidos, casi tapiadas por grandes balas de papel. El portón por el que entra y sale el material está oscurecido por un camión con el motor al ralentí. No lleva nada sobre la superficie de carga. La nave tiene cierto aspecto de abandono o más bien de lugar a punto de ser abandonado. No hay nadie trabajando. Nos ha recibido C., un hombre que debe de rondar los cincuenta, gafas, vestido como lo estaría cualquiera que trabajase en la oficina de un lugar en el que puede haber polvo o suciedad: vaqueros y un jersey pardo. Nos abre la verja con la misma cara de extrañeza que debió de poner cuando le llamé por teléfono.

¿Quién? Sí, sí, claro. Y quiere venir a filmar aquí, ¿para qué? Así que le envían los de la distribuidora. Trabajamos con ellos desde hace muchos años.

"En una de las jaulas se ve una portada de revista con una imagen del rey. No hago la broma fácil: le espera la guillotina."

Después de una visita al almacén de esa distribuidora, esto es, tras ver los millones de libros —literalmente: millones— allí guardados y de que me contaran cuántos de ellos salían para ser reciclados, me interesé por el siguiente destino de esos libros desahuciados. Llama a la empresa P., me dijeron, diles que vas de nuestra parte. Y llamé. Y me fueron pasando de uno a otro empleado. No entendían qué me podía interesar de su trabajo. Por fin me pusieron con C., que parecía llevar la voz cantante. Bueno, sí, venga este martes si quiere, por la tarde. Pero debía de habérsele olvidado.

Y allí estamos, E. y yo, con cámara y trípode. C. nos pide que le expliquemos otra vez qué queremos hacer. Se va relajando poco a poco, se vuelve más locuaz. Mientras grabo máquinas y montones de papel, cuenta a E. detalles de su trabajo. Yo hago tomas de balas de papel apiladas en montones de seis o siete metros de alto. Jaulas —medias jaulas, jaulas enteras, con ruedas— que contienen revistas, libros y folletos, muchos deshojados. En una de las jaulas se ve una portada de revista con una imagen del rey. No hago la broma fácil: le espera la guillotina.

"Pero el papel no proviene sólo de novelas y libros de poesía. Textos escolares, revistas de análisis financiero, folletos de agencias de viajes."

No, nos aclara C., ellos no reciclan el papel, se limitan a clasificarlo y prepararlo. El papel lo recogen en los almacenes de las distribuidoras, que son los proveedores principales, camiones enteros con libros que ya no se venderán jamás, el triste destino de la mayoría de nuestras obras. Y lo primero que tienen que hacer es separarlo en categorías. Hay papel de mejor y peor calidad, y dependiendo de ella se destina a tal o cual empresa de reciclado; porque los clientes —quienes les compran el papel— tienen necesidades distintas y hay que conocerlas: no es lo mismo si quieren fabricar cartón o si quieren venderlo a una imprenta; mientras lo dice, pienso que los humanos no nos reencarnamos, sólo nos transformamos en materia orgánica, pero los personajes de una novela aparecen en distintos lugares, como espectros, y el papel sobre el que antes agonizaba la señora Bovary o deliraba Alonso Quijano pasa a ser el lugar para que, por ejemplo, Calixto seduzca a Melibea.

Pero el papel no proviene sólo de novelas y libros de poesía. Textos escolares, revistas de análisis financiero, folletos de agencias de viajes. Y algunos de estos productos están plastificados o llevan encuadernaciones de plástico. Así que lo primero es arrancarlo.

¿Y qué hacen con él?

Venderlo, claro.

Los libros que llegan allí son como cadáveres de los que se aprovecha todo, la carne, la piel, los tendones. C. nos conduce al patio y nos muestra pilas formadas por balas de jirones de plástico de colores. Decenas de metros cúbicos. En un museo, esos montones de residuos plásticos, también los de papel, podrían pasar por una instalación. La gente caminaría a su alrededor, meditaría sobre su significado, les tomaría fotografías. Les tomo fotografías.

C. nos vuelve a hablar del oficio. Tiene sus peculiaridades. No puedes enviar trozos de libros encolados a cualquier cliente. Algunos tienen instalaciones para disolver la cola, otros no. Hay que conocer al cliente, repite, como un campesino se enorgullecería de saber sobre qué suelo puede o no plantar tal o cual árbol.

"La crisis les ha afectado de lleno. Hace unos años no paraban, dice con orgullo; tenían que trabajar sin parar para que el papel no se los comiese."

Además de las balas de papel y de las jaulas en las que lo meten para transportarlo, hay varias máquinas en la nave. Desde un foso en el que echan el papel ya clasificado, una cinta transportadora conduce a la máquina que lo prensa y lo embala. En teoría. Porque ahora no se mueve nada. Estamos los tres solos en esa nave enorme. C. llama a un obrero y ponen la maquinaria un momento a funcionar por darnos el capricho, y para dejarnos impresionados con su ruido atronador, Consume mucha energía, nos dice.

¿Y por la tarde no trabajan?

C. sacude la cabeza. La crisis les ha afectado de lleno. Hace unos años no paraban, dice con orgullo; tenían que trabajar sin parar para que el papel no se los comiese. El hermano de C. viene a sumarse a la conversación. Le tenemos que explicar por qué estamos rodando en esa nave en la que sólo hay papel y máquinas silenciosas. El hermano fuma y asiente. Añade sus propios detalles a la narración del declive. Ahora tienen muchas horas vacías. Todo el sector está en crisis. No han cerrado demasiadas empresas, eso es cierto, pero sí han reducido la actividad. No han cerrado porque llevan mucho tiempo con el cinturón apretado. Ellos, por ejemplo, estuvieron tentados de expandir el negocio en los años buenos e irse a una nave más grande, y ahora se alegran de no haber dado el paso.

¿Por qué la crisis?

La famosa pescadilla que se muerde la cola: las tiradas de los libros son cada vez más pequeñas, los editores más precavidos, ya no reeditan alegremente cuando les parece que un libro está funcionando bien; ahora esperan más a que se confirme la tendencia, aunque para ello se queden a veces sin ejemplares; además, también las imprentas han reducido el desperdicio de papel, guillotinan de forma más ajustada.

"Y el precio del papel está por los suelos, se queja C.. Los chinos venden papel por debajo del coste de una empresa como la nuestra. Nosotros no podemos competir."

Unos días más tarde visito una imprenta, también con el fin de grabar recursos para el documental. Y me paro un rato junto a la guillotina. El empleado corta resmas de papel y mete las manos junto a las cuchillas para manipularlo, pero esto ya no es como antes, cuando la cuchilla podía cortarte los dedos; hoy para poner en marcha la máquina tienes que pulsar dos botones a la vez, uno a cada lado, imposible el despiste de meter las manos donde no debes cuando no debes. A pesar de la precisión, de lo bien ajustado del sistema, cae papel al suelo, miles de tiras de papel; pero no es desperdicio. Una enorme manga las va aspirando. ¿Y eso?, pregunto al dueño, pensando que quizá lo hacen para mantener limpio el lugar. El papel vale mucho dinero, dice, lo revendemos para reciclar.

O sea que ni esos exiguos restos van a la empresa de clasificación. Les hacen el puente: de la imprenta al reciclado sin pasar por ellos.

Y el precio del papel está por los suelos, se queja C.. Los chinos venden papel por debajo del coste de una empresa como la nuestra. Nosotros no podemos competir. Y encima la crisis de la prensa, eso es casi lo peor: se imprimen muchísimos menos periódicos que antes, así que por un lado hay menos desperdicio durante la impresión y por otro menos demanda de papel.

La mayoría son empresas familiares, añade el hermano, pero de todas formas muchas cerrarán. Aún podemos aguantar, dice C., espero que aguantemos hasta la jubilación, pero luego esto se acaba. Las empresas como ésta desaparecerán, las familiares, quiero decir. Sobrevivirán las grandes, como en todo. Sólo las grandes sobreviven. Nosotros…

"Y mientras tanto, en el mundo editorial, las grandes empresas también van devorando a las pequeñas. O sea, lo de siempre."

Les decimos que nos gustaría volver otro día, cuando estén funcionando las máquinas. Les explico que eso causaría más impresión en el documental. C. me dice que me llamará para avisarme de cuándo les entra papel. Pasan las semanas. No me llama. Lo hago yo; otra vez esa peregrinación de una a otra voz hasta que me dan el móvil de C. Tarda un rato en acordarse. Ah, sí. Te llamo esta semana, dice.

Casi me alegro de que no lo haga. En realidad, me desagrada la idea de volver a esa nave no vacía pero que parece un buque abandonado, encallado. Un pecio en un banco de arena al que no llega el mar. Imaginar otros tiempos, cuando las máquinas funcionaban sin parar, la vida allí, el movimiento, hombres ajetreándose de un lugar a otro. Y ahora sólo ese eco. Sólo esa premonición del desguace. Es como asistir a la agonía del último gran mamífero de una especie, el eslabón de una cadena rompiéndose. Desaparece esta industria porque es todo el mundo del papel —libro, periódicos, revistas— el que está, si no desapareciendo, readaptándose a un hábitat cada vez más competitivo.  Sólo los grandes sobreviven, han dicho. Y mientras tanto, en el mundo editorial, las grandes empresas también van devorando a las pequeñas. O sea, lo de siempre. Y nosotros confiando en jubilarnos el día antes de la catástrofe.

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