La editorial Pánico Books arranca su andadura con un lema —el miedo no acaba en la última página— y con una serie de títulos, entre ellos este clásico en la línea de Rebecca y La mujer de negro. Charles K. Grant lo consideró uno de los cien mejores libros de terror de la historia.
En Zenda reproducimos las primeras páginas de Dulce amor, dulce muerte (Pánico Books), de Bernard Taylor.
***
1
Hay algo que me impide ver el sol; es un ángel que se interpone.
Todo a mi alrededor parece la viva imagen de la calma y la serenidad. Y así debería ser. Creo que, por su propia naturaleza, este lugar debería transmitir tranquilidad. Sin embargo, me lo cuestiono a menudo…
Recuerdo haberle dicho a Shelagh que volver a Inglaterra me traería paz. Ahora pienso cada minuto en lo irónico de mis palabras. Por si esta lápida no fuera suficiente, hay un anciano que se inclina a lo lejos y deposita unas rosas con amor. Pero sus rosas no son blancas. Son rojas, rojas como la sangre. Aun así, no dejan de ser rosas.
Sí, reina la calma. Para cualquiera, este lugar no debe de ser más que un remanso de paz. Mientras que a mí me grita cosas en las que es mejor no pensar si quiero sobrevivir. Pero se me hace imposible no pensar en ellas.
La pesadilla no empezó cuando regresé, sino mucho antes. Incluso en Nueva York, a tantos kilómetros de aquí, tuve algunas señales, aunque no las supe interpretar como tales. De lo único que estaba seguro era de que debía regresar a Inglaterra. Y de lo único que estoy seguro ahora es de que debería haberme quedado donde estaba, con Shelagh. De haberlo hecho, esta historia habría sido diferente; o al menos habría tenido otro final. Pero no pude quedarme. Me fue imposible porque, en mi interior, sentía esa necesidad de volver a ver a Colin.
En Manhattan nunca logré encontrar la satisfacción plena. Nada que perdurara. Pero ¿y si era eso lo que buscaba cuando me fui hace ocho años? No lo sé. Quizás. Lo cierto es que no iba con grandes esperanzas. Me marché y dejé atrás sentimientos difusos de infelicidad, de no pertenecer a donde vivía; aunque no tenía motivos para imaginar que encontraría las respuestas que buscaba en ningún otro lugar. Elegí Estados Unidos porque me caían bien los norteamericanos, porque el idioma no supondría un problema y porque sentía que, espiritualmente, los británicos estábamos más cerca de los estadounidenses que de cualquier otro pueblo. Pero no había nada verdaderamente positivo en esta huida, a no ser que la huida en sí lo fuera. Y supongo que así fue; no estoy seguro. No iba tanto en busca de algo nuevo, ajeno y estimulante, como de alejarme del lugar que tantas veces me vio fracasar.
Al mirar atrás ahora, lo hago con sorpresa, pues me cuestiono si he hecho bien en haberme quedado tanto tiempo siendo consciente de mi descontento, al menos hasta que apareció Shelagh. Pero pasé seis años de mi vida allí, solo, hasta que llegó para compartir su vida conmigo. Entonces, ¿por qué me quedé? ¿Fue por la necesidad de demostrar mi valor? ¿O para demostrar que podía vivir sin la ayuda ni el apoyo de mi padre? Tampoco es que fuera a ofrecerme ni lo uno ni lo otro. Puede que fuera solo eso, una muestra impotente de bravuconería hacia él. Si ese fue el caso, no sirvió para nada.
Sin embargo, durante los dos últimos años, Shelagh sí que me dio una buena razón para quedarme en Estados Unidos, aunque solo fuera para poder estar juntos. Y si mi hermano no hubiera conocido a Helen, todavía seguiríamos allí…
Pero sí que la conoció; y fue entonces cuando comenzó esa atracción, esa necesidad, ese algo que me perseguía; y no pude descansar desde entonces.
No había forma de explicar mis sentimientos a nadie. Ni siquiera a Shelagh. Creo que ella lo veía como una mera añoranza del lugar en el que nací, cuando en realidad era algo que no podía entender.
—¿Por qué tienes tanta necesidad de volver? —me preguntaba Shelagh—. Es imposible que estés tan desesperado por ver a tu padre. O por volver a tu casa.
—¿Qué casa?
—A eso me refiero. Y tampoco puede ser por Colin. Nunca os habéis visto con mucha frecuencia.
Era por Colin, pero no lo verbalizaba, por aquel entonces.
—Quiero encontrar la paz —le contesté, tras una pausa. Aunque mis palabras sonaron ridículas, Shelagh no se rio.
Nos conocimos cuando vino a dar clases al instituto privado en el que yo trabajaba como profesor de Historia e Inglés. Todavía recuerdo cuando la vi por primera vez entrando en la sala de profesores aquella mañana, vestida con ese pichi azul cielo sobre una blusa blanca. Lo primero en lo que me fijé fue en su color: su abundante cabello color cobre, extremadamente liso y pesado, que le rozaba el collar que lucía en el cuello; y los ojos más azules que jamás hubiera visto, muestra de su ascendencia irlandesa. Me sentí atraído por su calidez desde el primer momento y, con el paso de los días, la felicidad fue en aumento al sentir cómo crecían y florecían la cercanía y la amistad entre nosotros. Se sucedieron las semanas y esa atracción mutua y esa amistad se torna ron en algo más: un vínculo más intenso, más fuerte; por lo que tomamos la decisión que parecía ineludible: buscamos un apartamento más grande y nos fuimos a vivir juntos. Nunca había sentido nada igual por ninguna mujer hasta que apare ció Shelagh y fui consciente de ello desde el primer momento.
[…]
—————————————
Autor: Bernard Taylor. Título: Dulce amor, dulce muerte. Traducción: David Alcaraz Millán. Editorial: Pánico Books. Venta: Todos tus libros.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: