El amor en el gueto

El amor en su lugar (Love Gets a Room, 2021) comienza de una manera deslumbrante. Un largo movimiento de cámara, sin cortes, sigue a Stefcia (Clara Ruugard) a través del microcosmos humano del gueto de Varsovia en el invierno de 1942. No es una manera estilística puramente exhibicionista, sino algo que revela cuán magníficamente se aúnan forma y fondo en esta película, dirigida admirablemente por Rodrigo Cortés (Concursante, Buried, Luces rojas, Escape). Porque ese continuo movimiento de cámara, de gran calidad técnica y no menos destreza, atrapa al personaje de Stefcia, la vida del gueto varsoviano en su peligrosa y mortal provisionalidad. Un mundo cerrado, prohibido al exterior, precursor de una muerte segura, dantesco en su infierno —“ abandonad toda esperanza, vosotros que entráis”—, un bárbaro confinamiento sin sentido que deja sin proyecto existencial a los seres humanos allí atrapados. La cámara, al seguir a Stefcia, nos muestra además esa precaria vida del gueto, la muerte, el miedo, los controles de los nazis, los trapicheos y, de manera sorprendente, cómo la vida sigue con un tenue hilo de esperanza. Toda la película fluye con la cámara, que persigue y escruta las palabras, los gestos, los silencios, el miedo, la rabia, el deseo de los personajes; cuando Cortés no mueve la cámara es un montaje de planos preciso, febril, matemático el que nos envuelve de manera igualmente hipnótica. El ritmo implacable e impecable de la película no da tregua, nos deja sin aliento: es el de la vida misma, la de los personajes que, con su desbordante humanidad, pueblan la película. Cortés y su guionista, David Safier, que han partido de un hecho y una comedia reales en la Historia del gueto de Varsovia, logran enlazar de manera insuperable el suspense narrativo con el suspense moral de la narración, fundiendo tiempo y espacio sin trampa ni cartón, y su éxito indiscutible es lograr, además, que ello se exprese por una puesta en escena en estado de gracia, capaz de atrapar el fluir de la vida, de las vidas, una y otras siempre en el filo de la navaja de la maldad y un predeterminado destino precocinado demasiado humanamente.

"El amor en su lugar posee una formidable voz propia, la de la desesperación por amar y ser amado, más que la de sobrevivir, escapar del infierno y la condenación del gueto"

Hay rastros de Orson Welles, que comenzaba su película de Sed de mal con un largo y brillante movimiento de grúa, algo similar al que sirve de introducción a El amor en su lugar; del Mankiewicz —teatro, vida, personajes— de Eva al desnudo, Mujeres en Venecia o La Huella; o, en esa dirección, la de Luigi Pirandello en Siete personajes en busca de autor, pero es también el Billy Wilder que muestra descarnadamente la luz y las sombras de los seres humanos atrapados en el barracón del campo de concentración de Traidor en el infierno. Tampoco anda muy lejos, como me recuerda un amigo, El último Metro, la magnífica película de François Truffaut, con esa obra de teatro, esos comediantes preparándola en un París opaco y peligroso habitado por las miserias humanas, los nazis, los colaboracionistas y la Resistencia. Y por qué no, el sutil Lubitsch de Ser o no ser, que convierte mágicamente el inmortal Hamlet shakespeariano en un macguffin para satirizar demoledoramente la grotesca escenografía e imaginería nazi.

"Todo el reparto funciona en mágica química con sus personajes. Ni un átomo de artificial impostación, ni uno de pedante retórica, sobre ese sugestivo tema de teatro, ficción, actuación y vida"

Pero en todo caso El amor en su lugar posee una formidable voz propia, la de la desesperación por amar y ser amado, más que la de sobrevivir, escapar del infierno y la condenación del gueto, la de la caridad, la de dar la vida por un amigo, la de Stefcia, al elegir entre el amor de Patrik (Mark Ryder), que le ofrece, al hilo de las cenizas de un amor —quizás, sólo quizás— pasado, la salvación, la huida de ambos del gueto, y el de Edmund (Ferdia Walsh-Peelo), al que ama entre dudas, y que depende de su pequeña y enferma hermana Sarah. El tercer acto del guión se centra y persigue el profundo y desgarrador dilema existencial de Stefcia, que Cortés ofrece de manera, a la vez, muy desnuda —Stefcia expresándose físicamente con lamentos— pero también, muy fordianamente, con primeros planos mentales de ella que le permiten al espectador adentrarse en ese desgarro sin salida que parece extraído del Albert Camus más esencial. Stefcia se desespera, duda y finalmente decide, conspirativamente, manejando el amor que ambos sienten hacia ella, actuando, a la vez, de mujer y de actriz, si se me permite decirlo, muy judeocristianamente, de nuevo con esa idea sacrificial, tan cara a John Ford, ganando su vida perdiéndola. Ella se quedará en el gueto con Patrik y el dinero de éste servirá para que Edmund y Sarah escapen del infierno. Que aquel le entregue a Stefcia al despedirse un anillo, posiblemente robado, me lleva a la secuencia de Centauros del desierto en que la cuñada de Ethan Edwards le entrega a este el capote que antes, ensimismada, ha alisado amorosamente.

La genialidad del guión de El amor en su lugar se basa en la sutil, y muy sofisticada, unión entre lo que sucede en el escenario del teatro del gueto, en el que se representa una comedia musical ligera de enredo sentimental, y lo que les sucede a los actores y actrices entre bambalinas y en sus vidas. Todo el reparto funciona en mágica química con sus personajes. Ni un átomo de artificial impostación, ni uno de pedante retórica, sobre ese sugestivo tema de teatro, ficción, actuación y vida, sino una incontenible emoción y sincera verdad que conmueven profundamente. Que el final de la función, cuando cae el telón, y el final de la película sea exultante, un momento de exuberante exaltación colectiva y personal, por primera vez en ese mundo de espectadores ateridos de frío y miedo, aplaudan de felicidad, es de absoluta lógica, aunque uno se funda planos atrás con una no menor devastación y melancolía. Edmund y Sarah, camino de la vida, de escapar del gueto, se detienen un momento en medio del laberinto de corredores oscuros camino de la vida y la libertad, y escuchan lejanamente el eco de esos aplausos inesperados, y también liberadores. La vida y nada más, aun en el gueto.

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El amor en su lugar (Love Gets a Room, 2021). Producción: Adrián Guerra, Núria Valls (Nostromo Pictures). Dirección: Rodrigo Cortés. Guion: David Safier y Rodrigo Cortés. Música: Víctor Reyes. Fotografía: Rafael García. Montaje: Rodrigo Cortés. Vestuario: Alberto Valcárcel Rodríguez. Interpretada por Clara Rugaard, Ferdia Walsh-Peelo, Mark Ryder, Magnus Krepper, Freya Parks, Jack Roth, Henry Goodman, Anastasia Hille, Valentina Bellé, Dalit Street Tejeda, Mark Davison. Duración: 103 minutos.

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