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El amor en los tiempos sin Tinder: (Parte III) Presa o cazadora

Proyecto ITINERA (XXV)

El Proyecto ITINERA nace de la colaboración entre la Asociación Murciana de Profesores de Latín y Griego (AMUPROLAG) y la delegación murciana de la Sociedad Española de Estudios Clásicos (SEEC). Su intención es establecer sinergias entre varios profesionales, dignificar y divulgar los estudios grecolatinos y la cultura clásica. A tal fin ofrece talleres prácticos, conferencias, representaciones teatrales, pasacalles mitológicos, recreaciones históricas y artículos en prensa, con la intención de concienciar a nuestro entorno de la pervivencia del mundo clásico en diferentes campos de la sociedad actual. Su objetivo secundario es acercar esta experiencia a las instituciones o medios que lo soliciten, con el convencimiento de que Grecia y Roma, así como su legado, aún tienen mucho que aportar a la sociedad actual. 

Zenda cree que es de interés darlo a conocer a sus lectores y amigos, con la publicación de algunos de sus trabajos.

 

“No sería justo que os enfrentarais inermes a hombres armados;

si así fuera, varones, la victoria sería incluso una vergüenza para vosotros”

—Ovidio, Arte de amar, Libro III

El polvo del camino se levantaba bajo los rítmicos pies de cuatro fornidos nubios. El boato con el que avanza el contingente recuerda una pompé religiosa. La litera está adornada con lujosas telas bordadas traídas de oriente. El punzante aroma a sudor de los esclavos se mezcla con el suave olor a nardos que emana del interior de la litera. Se abre el telón, comienza el espectáculo. Calpurnia Minor, con un movimiento bien meditado, coloca su elegante sandalia cuajada de piedras sobre un escabel. Ante la puerta del Teatro la vida se para por un momento para observar la escena: ella, perfectamente ataviada con una finísima túnica que deja traslucir sus encantos, escondiendo sus defectos con una palla celeste, desciende elegantemente de su transporte ayudada por un esclavo. Altiva, morena, con unos ojos perfectamente maquillados, mira a su alrededor. Cerca, un hombre alto y apuesto se ha quedado petrificado. Sus miradas se cruzan, y él se embulle en los negros ojos de ella. Flavio siente un escalofrío caliente que le recorre la piel mientras dibuja una sonrisa en sus labios, que dedica a la tierna muchacha. Flavio la sigue con los ojos para ver cómo se escabulle entre la multitud, y acto seguido se acerca a uno de los portadores para saber quién se acaba de convertir en dueña de su corazón…

No podemos pensar que las mujeres fueran totalmente inocentes en el arte de la seducción. Ellas mismas tenían sus propias artimañas para atraer a los hombres en este juego del amor. La artillería era diferente: no podían ser tan obvias, sino que debían insinuarse de una manera más sutil, a través de su apariencia y actitud. Es el hombre el que debe iniciar el ataque y encontraba mucho más seductor que la mujer ofreciera resistencia ante su asedio, pues es más valioso lo que se conquista a base de esfuerzo, o como decían los griegos, χαλεπὰ τὰ καλὰ (lo que tiene valor es difícil de conseguir).

"Según el autor, el maquillaje no puede faltar, aunque es mejor que los hombres no estén presentes en el ritual de acicalamiento"

Pero ¿cómo hacían las mujeres para mantener ese halo de misterio, aunque ardieran en deseos de conseguir los favores de un joven? ¿Cómo se insinuaban de forma sutil? ¿Cómo atraían a los hombres de forma premeditada? Ante las peticiones de las doncellas romanas para no quedarse atrás en el arte de la seducción, nuestro amigo Ovidio escribió el Libro III de este Arte de amar.

Los consejos para las féminas se basan sobre todo en el cultivo de la apariencia, dirigida a captar la atención de la futura víctima. En palabras del de Sulmona, “no te preocupes de otra cosa que no sea tu belleza, hasta en los funerales. Las mujeres han de esmerarse en el cuidado de su cuerpo a través del vestido, del peinado y del maquillaje. En este sentido Ovidio escribió otro tratado, del que nos han llegado unos fragmentos, De medicamina faciei feminae, o Sobre la cosmética del rostro femenino, en el que nos muestra algunas técnicas de belleza de la antigüedad.

La mujer debe buscar siempre el peinado que más le favorezca, y la variedad de éstos en Roma era grande: trenzas, semirrecogidos, moños y extensiones crean un juego de femineidad muy del gusto de los romanos. El peinado más adecuado será el que más convenga a las facciones de cada mujer: se ha de usar para tapar las imperfecciones del rostro si éstas existen. De hecho, cuando la mujer tenía poco cabello, el uso de pelucas de pelo natural procedente de alguna esclava era algo muy extendido. Según el autor, el maquillaje no puede faltar, aunque es mejor que los hombres no estén presentes en el ritual de acicalamiento, pues algunos de los potingues que se usaban olían muy mal y eran muy desagradables para la vista. Éste debe resaltar la blancura del rostro, la profundidad de los ojos y el color de los labios, dándoles una apariencia más seductora y sofisticada.

En cuanto al atuendo, advierte el poeta que los colores naturales y pastel dan una apariencia delicada y femenina a las chicas, y les aconseja que huyan de la estridencia y de la chabacanería en el vestir. Una artimaña de seducción muy efectiva es dejar descubierto un hombro sutilmente. Es mejor usar vestidos que tapen las imperfecciones resaltando los encantos y virtudes de las mujeres. Así, se aconseja el color blanco a las morenas de piel, las rayas rojas a las que tengan una tez muy pálida, y los vestidos gruesos a aquellas que están muy delgadas, pues ayudan a dar volumen a sus formas, y también los ceñidores que resaltan los pechos.

La altura era un rasgo muy apreciado por los hombres romanos, por lo que el poeta las adiestra para que disimulen su estatura a través de diferentes estrategias, como permanecer sentada o acostada cuando reciban a los potenciales amantes. La dentadura y la higiene bucal es otra apuesta importante a la hora de seducir. Una sonrisa atractiva es un rasgo femenino muy valorado por los hombres, y por ello da consejos para disimular la falta de piezas dentales o los dientes torcidos, diciéndoles que se entrenen en el arte de la sonrisa.

Algo que piensa que causa ternura era que las chicas se equivocaran al hablar y que se movieran contoneando sutilmente sus caderas. Apreciaban que ellas supieran cantar y cuya voz sonara seductora.

La alegría es un atractivo natural, y si lo que se quiere es atraer a un hombre hay que mostrar siempre el mejor carácter, escondiendo el mal genio y aparentando sencillez en el trato y sentido del humor.

"Una vez que se haya conseguido captar la atención de un muchacho es mejor dejar que él dé los pasos, y que la mujer no se lo ponga fácil, pues lo accesible aburre y acaba por matar la atracción"

Para conocer a buenos partidos el de Sulmona recomienda a las doncellas que se dirijan a lugares donde suelen pasear los hombres —a saber: los foros, los pórticos, los templos—, y sobre todo acudan al anfiteatro y al circo a presenciar carreras de caballos. Para darse a conocer lo mejor es salir a pasear, caminando con garbo, sin olvidar el cultivo de la apariencia y brindar miradas seductoras a los desconocidos. Los banquetes eran una buena opción para conocer a sus posibles conquistas. Era conveniente que la mujer, para causar mayor efecto entre los asistentes masculinos, llegara tarde y entrara con elegancia, pero haciéndose notar. La demora es una gran alcahueta en los temas del corazón. La discreción debía ser el denominador común a la hora de desenvolverse en los banquetes, pues se debía comer con elegancia y sin avidez y beber sin llegar a emborracharse.

También asesora a las mujeres para que se cuiden de hombres poco convenientes. Las exhorta a que eviten a los hombres que hacen ostentación de su elegancia o galanura, porque lo más normal es que sean mujeriegos y caigan en sus redes, para ser abandonadas al poco. Deben protegerse de aquellos que se acercan con engaños y prometiéndoles amor de buenas a primeras y que no se dejen encandilar por la rutilante riqueza de algunos, pues bajo esas demostraciones se esconden los más ruines ladrones. Hay que escuchar cómo hablan otras mujeres del hombre que les cautiva, pues a veces se puede saber qué es lo que busca éste al haber engañado a otras. Hay que cuidarse también de mentirosos y hombres de mala reputación.

Una vez que se haya conseguido captar la atención de un muchacho es mejor dejar que él dé los pasos, y que la mujer no se lo ponga fácil, pues lo accesible aburre y acaba por matar la atracción. Ovidio sugiere a las chicas que se demoren en responder cuando reciban una tabella roja del objeto de sus anhelos, que lean bien sus palabras e intenten indagar qué clase de intenciones tiene para con ellas. Las respuestas deben brillar por su elegancia y sencillez, alejándose de detalles innecesarios, manteniendo el misterio.

En el caso de que la mujer lidie con varios amantes a la vez, debe ser lista y estar al quite, consiguiendo que alguien de confianza entregue los mensajes para uno u otro. Según el vate, se ha de usar a cada amigo atendiendo a sus virtudes, así como fijarse bien a qué tipo de hombre se quiere seducir antes de aplicar las técnicas, pues dependerá de él el método a seguir.

"En el sexo aconseja el cultivo del arte y estudio de la sexualidad, que la mujer hable, gima y diga palabras libidinosas y cariñosas"

Un truco para alimentar la pasión es dejar ver que se tiene un rival, porque a veces los vientos demasiados favorables hunden el barco y es mejor poner obstáculos al amor para avivar el interés del hombre, así que hay que intercalar negativas de vez en cuando. El placer sin riesgo es menos agradable. Conseguir que ellos se sientan amados para darles celos con otros es una técnica ruin, pero parece que surtía efecto.

No menos importante es cuidarse de amigas y criadas, pues pueden cambiar los volubles deseos de una amante incipiente.

En el sexo aconseja el cultivo del arte y estudio de la sexualidad, que la mujer hable, gima y diga palabras libidinosas y cariñosas. Está permitido simular y fingir, y usar una luz tenue para ocultar partes del cuerpo que resulten menos apetecibles.

Venus y Cupidos, hemos navegado con vientos favorables en este juego del amor en los tiempos sin Tinder. Los libros de seducción han existido siempre. Es un deseo muy humano poder controlar los afectos ajenos, y para ello se crearon técnicas que daban respuesta a las carencias psicológicas de los hombres, creando escasez, necesidad, urgencia, apego… Haciendo difícil lo que debía ser fácil, pues lo que parece fácil, aunque no lo sea, asusta y aburre. Los juegos avivaban la pasión, pero convierten el amor en algo plástico, inorgánico y mecanizado, donde no se deja que la vida simplemente fluya.

Si aplicando las reglas de seducción el amor, como agua, se escabullese entre las manos y no se pudiera conseguir el amor, nuestro querido Ovidio también nos ofrece sus consejillos en De remedia amoris o cómo superar una ruptura amorosa. Aunque esperemos que no tengáis que usarlo esta semana, pues quedan unos días para la celebración de las Lupercales…..

A Ovidio esta obra le costó el exilio, y a mí me ha costado una cicatriz en el corazón. Hasta la próxima, queridos lectores, que escogeré un tema menos profundo.

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