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El árbol

Hace cerca de 50 años a mis hermanos y a mí no nos hacía falta construir cabañas para esconder nuestros tesoros: chapas de Mirinda, logos de la Olimpiada de Múnich 72 o cromos del Mundial del 74 no eran moco de pavo.

Por tierras de Manzaneda al llegar el verano las aldeas se llenaban de emigrantes y de veraneantes, que son palabras que terminan igual y que por entonces también empezaban en el mismo sitio.

Para cuando nosotros llegábamos a San Miguel la gente andaba liada con la recogida de la hierba. Segar, dejar secar, darle la vuelta, dejar secar y por fin cargarla en el carro o en el tractor hasta la palleira; luego venía la malla del trigo y del centeno, que se hacía con una sola máquina que iba pasando por todas las casas. Era un trabajo duro que los movilizaba a todos. Había que echar los feixes en la máquina, llevar los sacos con el grano, levantar un palleiro… Si uno quería que le vinieran a su malla, él tenía que ir a las de los demás, estaba claro.

A mí me gustaba enredar por allí, llevándole agua a unos y vino a otros. Por cierto que alguno que otro le daba de más al morapio y el palleiro salía un poco torcido.

"Bastaba con dar con un enorme y amable castaño; allí subíamos todos a vivir unas increíbles aventuras de pantalón corto"

A veces Pompilio y el señor Magín, que siempre estaban subidos a la meda deshaciendo feixes para echarlos en la máquina, me dejaban subir a ayudarles. Mucho me gustaba.

Como también me gustaba el olor a requesón, a hierba, a vaca o a tierra mojada en la era después de una buena tormenta de verano; y los permanentes ladridos de los perros, que siempre hay alguno que tiene algo que ladrar, las gallinas corriendo despavoridas al vernos aparecer, el inconfundible sonido desgarrador de los carros y las partidas de petanca que jugaban los mayores al atardecer.

Hace cerca de 50 años a mis hermanos y a mí no nos hacía falta construir cabañas para esconder nuestros tesoros: chapas de Mirinda, logos de la Olimpiada de Munich 72 o cromos del Mundial del 74 no eran moco de pavo.

Bastaba con dar con un enorme y amable castaño; allí subíamos todos a vivir unas increíbles aventuras de pantalón corto y rodillas plagadas de heridas «de guerra».

Era El Árbol.

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