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El camino, Mecano y los once años

El camino, Mecano y los once años

Hay una edad y un curso que yo les doy mucha importancia. Tenía once años y cursaba sexto de EGB. Le doy mucha importancia porque en este año tuve una depresión llamémosla leve. Esto hizo que fuera un curso especial, pero también recuerdo que pronto me recuperé y que aquel acabó siendo un buen año para mí. Recuerdo que ese curso, por ejemplo, descubrí que triste se escribía mejor, y que incluso triste se leía mejor, porque ambas cosas se hacían con mucha más sensibilidad.

Aquél fue el curso en el que me mandaron leer El camino, de Miguel Delibes, del que tan buen recuerdo tengo, con su protagonista, Daniel el Mochuelo, de once años, como los tenía yo, que no quiere ir a estudiar a la ciudad, como le manda su padre, porque para él eso no es “progreso” ninguno. Él siente que de ese modo se está quebrando el destino que le había marcado Dios, que no es otro que el de vivir en su pueblo, hacer quesos como su padre y cazar con su escopeta los fines de semana.

Me pareció un libro precioso, y luego he podido hablar con otras personas de mi generación, y estaban de acuerdo en que aquélla era una novela maravillosa. El propio Miguel Delibes decía que ese libro “había nacido de pie”, ya que lo tenía en gran consideración, al lado por ejemplo de La sombra del ciprés es alargada, novela con la que ganó el Nadal, que no le gustaba y le parecía muy mala, aunque gracias a ella, también lo decía, se hizo escritor.

Pero yo haría muchas otras cosas además de leer en aquella época. Jugaba bastante al tenis, por ejemplo, y escuchaba música. Un disco que recuerdo que me encantó de aquella época fue Descanso dominical, de Mecano. Todavía recuerdo aquel disco, aunque escucho a Mecano sobre todo en cintas (soy un “antiguo” y todavía tengo un aparato para escuchar cassettes). Desde que descubrí a Mecano me ha gustado escucharlo. Tuvo un éxito apoteósico, ignoro muy bien por qué, pero como los grandes escritores o los grandes artistas en general, los “grandes” quizá, fueron ellos los que marcaron la época, no la época la que los marcó a ellos.

Otro recuerdo muy nítido que tengo de este año es el de una profesora de Historia (pero nos daba otras asignaturas, como Plástica), Inmaculada, que nos leía fragmentos del libro de Howard Carter sobre el descubrimiento de la tumba de Tutankamón. Quedé fascinado con aquello, y mi madre recuerda el entusiasmo con el que llegué a casa aquel día. Años después, bastantes años después, compré ese libro, y me pareció bastante denso y complejo. Sí, era maravilloso, pero no se podía comparar, comprendí, con la voz de mi profesora leyéndolo. Ése es uno de los recuerdos más bonitos de mi infancia, del colegio en particular.

Sin contar con mis compañeros, con los juegos, con los recreos. Las canicas, los yoyós, los cromos… Y los deportes. El deporte rey era el fútbol, aunque yo nunca fui muy aficionado al fútbol, me gustaba más el baloncesto, de entre los deportes de equipo, aunque una vez, un curso, uno de estos cursos (pudo ser séptimo de EGB, u octavo, yo creo que octavo), descubrí el balonmano. Lo veía en televisión los fines de semana, el balonmano profesional, y se me ocurrió comprar una pelota de balonmano, preciosa —la recuerdo bien, gris, pequeña—. Me fui con ella al colegio y pronto nos pusimos a jugar unos cuantos compañeros, con tal fortuna que nos presentamos aquel año al campeonato de las competiciones internas y lo ganamos. Recuerdo que me dieron un montón de medallas para el equipo en la fiesta de fin de curso. Todavía guardo una.

La verdad es que el deporte se me ha dado siempre bien, especialmente el tenis, que es lo que más jugué, pareciéndome el tenis un deporte bastante difícil, que requiere mucha práctica para pasarlo bien, o eso es lo que creo yo, al menos.

Ahora hago mucho menos deporte por un tema de alergia al sudor, o algo similar, y lo lamento mucho. Menos mal que ya no soy un niño, o un joven, pero considero que el deporte, al menos moderadamente, es muy saludable. Ahora lo que hago es caminar mucho, y el caminar se me ha revelado como un excelente ejercicio.

Debo reconocer que me costaba ir al colegio. Supongo que a mis compañeros les pasaría igual. Mi madre me decía que ése era mi trabajo, como mi padre y ella tenían el suyo, y esto yo lo entendía bien. Pero lo cierto es que ya que tenía que ir, y aunque estaba deseando que pasaran rápido las clases (quizá sea muy sincero al decir esto), era muy feliz con los compañeros, y ahora sé que aprendí muchas cosas, una verdadera base de conocimientos para toda la vida, y también que el colegio era un buen colegio, yo diría que muy bueno. Esto se ve sobre todo cuando ha pasado el tiempo. Cuanto más tiempo se ve mejor.

Era, es, un colegio grande, con muchos estudiantes, desde primero de preescolar a COU. Luego pasó a tener Universidad, y es en los últimos tiempos, según he podido ver, que ha pasado a tener más Universidad que colegio. Imagino que sería por los cambios demográficos y este tipo de cosas.

Hace poco hice una visita a mi querido colegio porque me entrevistaron en la revista de El Nuevo Debate, y las chicas que me entrevistaron, junto a la directora, me lo enseñaron tal y como está ahora. Escribí un artículo sobre la experiencia que seguro que el lector de Zenda puede leer porque se puede buscar fácilmente. Se llama “Una vuelta al paraíso”.

Fueron muchos años en el colegio, catorce, y fueron felices. Todavía acudo a las celebraciones de aniversarios que hacen, y veo a compañeros y profesores. Me gusta mucho verlos porque me retrotraen a aquellos tiempos. Cuando trato a mis compañeros de entonces me siento con ellos como era cuando compartimos las mesas, los recreos, la biblioteca, los campos de deportes…

Los libros ya eran muy importantes para mí, pero no más que el deporte, o que jugar en el campo y hacer cabañas con los amigos de la parcela, de la urbanización. Creo que tuve una formación y unas vivencias muy equilibradas entre la lectura, el estudio, los videojuegos y el jugar al aire libre con niños de mi edad. Considero que esto es muy saludable, muy bueno, y que tuve una gran suerte.

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