Benedicto XIII, el afamado papa Luna, era menudo, extremadamente culto, sofisticado y, sobre todo, terco, como buen aragonés —es a su irreductible negativa a abdicar a lo que debemos la expresión popular «seguir en sus trece»—. Fue el último santo padre de Aviñón al que el concilio de Constanza de 1414 depuso y declaró antipapa.
José Ángel Mañas, galardonado con el premio Letras del Mediterráneo, cuenta cómo escribió su nueva novela, El enigma del papa Luna (La Esfera de los Libros), que llega a las librerías el 11 de marzo y se presenta el 12 de marzo en el Club567, de Madrid
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Hay coincidencias providenciales.
Tras un breve intercambio de guasaps, Manuel me dio cita en su casa, en una urbanización por la carretera de Burgos. Allí me recibió en «el garaje», como llama a su estudio de artista, adosado a la vivienda. En la sala, en medio de un caos de libros, me miraban algunos de sus cuadros figurativos, de un estilo entre naif y expresionista, y esculturas realizadas con tocones de madera o viñas.
—Me gusta trabajar rodeado de libros. Me hace sentir acompañado. Husmea todo lo que quieras mientras traigo las cervezas. ¿Qué prefieres, con alcohol o sin?
Dije que tenía que conducir. Me trajo una Mahou tostada 0,0 y, con ella, una carpeta abultada, que abrió sobre la mesa. Dentro había tres manuscritos en A4 anillados con portadilla transparente, sin título. Con el primer trago a la cerveza me habló de su «pariente», el papa Luna.
—Mi tío Rafael, que es párroco, vive obsesionado con él. Le apasiona la genealogía. Ha indagado en los orígenes de la familia. Él asegura que los Luna de Córdoba descendemos de los Luna de Aragón. Aquí te traigo unos documentos que lo prueban y, por si te es útil, una curiosidad. Es la transcripción de un manuscrito que correspondería, según dice, al sobrino de Benedicto, Rodrigo de Luna. El códice lo encontró en el palacio de Illueca, mientras investigaba en el archivo. Se ha entretenido durante varios años traduciéndolo. El original está en latín. Él entiende lo suficiente como para hacer una versión. Es una crónica que firma este sobrino del papa, pero nunca he tenido tiempo de leerla.
—¿Me la puedo llevar?
—Por supuesto. Para mí sería un orgullo que lo usases.
Aquello me intrigó. Por lo que llevaba indagado en el tema, fuera de la Chronica actitatorum temporibus Benedicti XIII, del padre Alpartir, que había leído en la Biblioteca Nacional, no existía, que yo supiera, ningún otro testimonio en primera persona sobre el papa Luna. Lo que se sabe de Benedicto XIII es, básicamente, lo que aparece en los archivos del Vaticano.
De vuelta a casa abrí el primer manuscrito. Era el supuesto testimonio autobiográfico de Rodrigo de Luna, quien afirmaba haber asistido a la mayor parte de los hechos del pontificado de Benedicto XIII. El relato arrancaba en la asamblea del clero parisino de febrero de 1395 y terminaba en el castillo de Peñíscola tras la muerte de don Pedro, cuando el autor se puso a escribir.
La transcripción la hizo primero a mano el tío de Manuel, luego la pasó a máquina de escribir, yo juraría que con una Underwood, a juzgar por la reconocible tipografía Elite, estrecha y elegante. «Te lo presentaré cuando pase por Madrid. A él le entusiasma la historia de los Luna. Seguro que podéis intercambiar impresiones».
El tono era confesional y el estilo irregular, como corresponde a una traducción amateur hecha por un hombre nacido en los años cincuenta del siglo XX, con los modismos de su generación, pero guardaba el perfume del latín original.
Había, además, alguna que otra frase en francés, italiano o catalán, pues Rodrigo de Luna estaba familiarizado con esos idiomas, como aclaran ciertas notas de Rafael Luna en el margen, que él transcribe tal cual y que yo dejo en cursivas, igual que los latines canónicos no traducidos en la versión de Rafael.
El testimonio parece auténtico y, pese a que no he logrado cotejarlo con el original, considero que tiene el suficiente interés como para hacer una versión novelada en un estilo más moderno. Cada tres capítulos corresponden a un cuaderno del manuscrito original. La distribución en fragmentos breves numerados es añadidura mía, para facilitar la lectura; igual que las citas que abren los capítulos, de autores de época. Allí donde se queda corta la narración primigenia la he enriquecido con aportes estilísticos que, considero, no desvirtúan el original y lo hacen más legible.
Por último, no puedo no mencionar el destino de los restos mortales del papa Luna. Desde que Rodrigo termina su redacción en 1430, han sido profanados al menos dos veces.
Los primeros en profanar la tumba de Benedicto en el palacio de Illueca, donde descansaron sus restos momificados durante trescientos años, fueron soldados del bando borbónico en plena guerra de Sucesión, a principios del siglo XVIII. Varios descontrolados felipistas lo desenterraron, le cortaron la cabeza y arrojaron su esqueleto al río Aranda.
Pero más espectacular fue cuando en el año 2000 se publicó en El Heraldo de Aragón una noticia de la que se hicieron eco diarios como El Mundo, El País, The Washington Post, The New York Times, etc. Se trataba del «robo del cráneo de un papa de finales del siglo XIV», en Sabiñán, Huesca. El delito fue acompañado de cartas anónimas donde sus autores pedían un rescate de un millón de pesetas. La Guardia Civil no tardó en detener a una pareja de jóvenes lugareños que, como se supo rápidamente, escondían el cráneo en una caseta rural. El hecho se consideró casi una gamberrada, y las condenas fueron leves. Pero, como buen lector de sucesos, la anécdota me llamó la atención: esa fue la primera vez que oí hablar de Benedicto XIII.
Desde entonces llevo dos décadas interesándome por el personaje. He visitado a menudo Peñíscola. He leído todo lo que he podido sobre Pedro de Luna, ya sea textos divulgativos como el de Adro Xavier, estudios de historiadores sesudos tipo Luis Suárez, o novelas como El papa del mar, de Blasco Ibáñez. Cuando me llamaron del certamen Letras del Mediterráneo para escribir sobre un tema asociado a Castellón, fue como si se hubiesen alineado los astros. Hablé con el comité de selección de autores, y teniendo en cuenta que se me otorgaba el galardón en la categoría de novela histórica por obras de temática medieval como ¡Pelayo!, ¡Fernán González! o Berenguela, la reina que unió Castilla y León para siempre, la decisión se impuso por sí misma.
Durante la escritura de la novela no he dejado de profundizar en la época. Entremedias ha habido viajes, el trabajo de archivo necesario para alcanzar un exigible rigor histórico y todo tipo de lecturas aledañas. Documentarse, como es natural, resulta ineludible en el género histórico.
Pero este extraordinario manuscrito de Rodrigo aclara tantos aspectos de lo sucedido que, pese a mis reservas iniciales, no he podido no ceñirme a él. Pido excusas de antemano por las posibles imprecisiones (la memoria de Rodrigo, como la de cualquier ser humano, falla en ciertos puntos) y, pese a que he cotejado un máximo de detalles, puede haber errores o suyos o míos. Evidentemente, esto no es un trabajo académico. No obstante, la gran mayoría de los datos que manejo se ajustan a la realidad y quienquiera que lea esta novela se hará una idea bastante exacta de lo que fue el gran Cisma de Occidente.
La visión de Rodrigo de la personalidad de su tío es compleja, pero se ajusta a lo que sabemos de Benedicto XIII. A ese respecto no he considerado oportuno añadir nada. En cuanto a sus postreras dudas sobre su legitimidad, me parecen tan respetables como su defensa feroz del clementismo durante la mayor parte de la narración.
He considerado pertinente, para que el lector se ubique, añadir un mapa de la Europa del cisma con el periplo vital de Rodrigo.
Aclararé igualmente que la separación por «naciones» hecha en Constanza puede parecer anacrónica, pero es exacta. De las cinco grandes «naciones» cristianas —la francesa, la alemana, la inglesa, la italiana y la española—, quizá la más sorprendente, por alejada a lo que hoy es, sea la nación alemana, que incluía territorios como Hungría o los países nórdicos.
Y creo que ya es hora de dejar hablar a Rodrigo de Luna.
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Autor: José Ángel Mañas. Título: El enigma del Papa Luna. Editorial: La Esfera de los Libros. Venta: Todostuslibros.


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