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El escarabajo de las bodegas

El escarabajo de las bodegas

Cualquier noche me sorprendes en una esquina, enmarañado de pelusas, recogiéndolas, más grande que tú mismo a primera vista, y aún más negro, como si descubrirte incorporara una lupa de aumentos que te hace monstruoso y letal.

La primera reacción es el susto, sobre todo si la luz de una lámpara cae sobre ti en diagonal y proyecta tu sombra gigantesca sobre la pared, con esas patas puntiagudas que se doblan como cuchillas articuladas, y como si salieras de las películas expresionistas de Fritz Lang o o pasearas junto al Vampiro de Dreyer.

"Confías plácidamente en tu exoesqueleto, duro e impenetrable como la antracita, que te defiende de las mandíbulas agudas"

Pero, enseguida al identificarte como el dócil, remolón, lentísimo escarabajo de las bodegas, esa primera alerta se transforma en compasión. Dan ganas de ayudarte a caminar, de retirarte los obstáculos, comenzando por esa esfera de pelos de perro, polvo y moléculas de papel en que te has envuelto, obsesionado lector de los detritus.

Los has recogido, lo sé, para alimentarte de esas partículas mínimas que el resto de los seres desprecia; y vas tropezando en lo que consideras tu provecho, a veces empeñado en toparte una y otra vez contra el mismo trozo de rodapié.

No temes a la araña lobo que hace su nido en la esquina ni al escorpión que a veces se cuela en las grietas de la leña, acarreada por los que habitamos la casa, como hicieron los vigilantes de Troya. Confías plácidamente en tu exoesqueleto, duro e impenetrable como la antracita, que te defiende de las mandíbulas agudas, en esa guerra de emboscadas que sucede cada noche en la vida de los insectos.

Has preferido que tus élitros, alas soldadas a tu caparazón, reforzaran tu defensa en tierra en lugar de explorar las dimensiones del aire.

Practicas una calma bamboleante, como si caminaras sobre alambres; confías en ti mismo con la templanza que muestra el acero ante un huracán de hierba. Te dejas coger entre mis dedos y cuando te devuelvo al suelo sigues a lo tuyo, como si nada hubiese pasado.

"Lo has fabricado con todos esos deshechos que reciclas debajo de los muebles, como un alquimista ciego, empeñado en su destino oscuro y solitario en medio del cosmos"

Ni siquiera pretendes huir. No tienes la seguridad de los dioses sino la de los indiferentes a su propio acontecer. En el peor de los casos, elevas tu abdomen y proyectas una sustancia rojiza que huele peor que un zapato viejo rescatado del más húmedo de los sótanos.

Lo has fabricado con todos esos deshechos que reciclas debajo de los muebles, como un alquimista ciego, empeñado en su destino oscuro y solitario en medio del cosmos, mientras el resto de las criaturas se dedica al divertimento y al bullicio.

Pero al fin te descubro en compañía. La hembra abajo, de mayor tamaño; el macho férreamente encaramado. Sois un doble caparazón a la deriva: un doble caparazón tan obstinado que os apareáis a pleno sol, sobre la tierra, lejos de vuestros rincones; sin noción del tiempo ni el espacio, pues, vosotros, criatura duplicada, avanzáis a fuerza de tropiezos y éxtasis, tan pegados el uno al otro que ni la vida ni la muerte puede importaros.

Solo ese ser juntos: esa pasión por la unidad originaria: dos seres frágiles y furiosos, lentísimos y urgentes, que han escapado de sus fragmentos y se han fusionado como un puzle al que desesperaran las piezas perdidas.

Tres seres, mejor dicho. Mis élitros también están soldados a la espalda.

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