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Las uvas

Son las uvas maduras de la parra las que concentran el color del tiempo. Al principio, el tiempo es de un color verde muy intenso, pequeño y duro como una canica, y así nos pone a rodar. Según avanza la estación, el tiempo se hincha, va tomando transparencia, se le ve las estrías interiores de la carne, unas ganas enorme de ser promesa, realización, ya sea para los dientes o para el pico de los pájaros.

El verano parece que no tiene fin y así va hinchado la uva, y le va inyectando el púrpura de sus noches, el dulzor punzante de las estrellas propias de estos meses: las dos Osas, el Escorpión y Sagitario. Más tarde, ya avanzando septiembre, aparecen en el Este, cada vez más temprano, las Perseidas, ese racimo de uvas diamantinas alrededor del cual entona su canto en espiral nuestra galaxia.

Es el momento de recogerlas de la parra: esas Perseidas apelmazadas y turgentes que han terminado de madurar entre las hojas de la vid, que aroman sobre nuestro rostro un abecedario enigmático de clorofila.

"Los racimos se aprietan en uvas de color tostado, violáceas y cárdenas. Son la exaltación última del deseo"

Los racimos se aprietan en uvas de color tostado, violáceas y cárdenas. Son la exaltación última del deseo, la plenitud reventona de la uva antes de comenzar a marchitarse, el frescor del azúcar antes de perder su agua, y así lo saben las avispas, también las últimas del verano, que las horadan una a una hasta de que de ellas solo queda una cáscara flotante.

También lo sé yo, que las he comido, directamente de la parra, poco después de amanecer.

El último sol del verano se desliza sobre vosotras, y es entonces cuando más me conmovéis, oh, uvas dionisiacas, portadoras de un gozo intenso, sereno y detenido aún; a un solo paso de vuestra transformación inexcusable en alimento, en vino, o fruta inútil que se va encogiendo y arrugando en la misma parra donde nacisteis, o caídas ya en tierra.

Es ahora cuando asumís el color definitivo del tiempo, y sois como una sombra ruborosa, que ha alcanzado su clímax en el momento en que casi no hay testigos. Las golondrinas hace tiempo que se marcharon; y los humanos hace semanas que acabaron los juegos del ocio, y fueron absorbidos en sus asuntos.

"Ellas son el color, el olor y el sabor de ese tiempo. A eso se limitan. A fundirse con mis manos. A volverse ofrecimiento"

Solitarias y pletóricas, como libros de una biblioteca olvidada escritos con el más inspirado de los esfuerzos, aguardáis a cumplir un destino que, a pesar de vuestra entereza, desconocéis en el fondo. Púrpura color del tiempo que no tiene un para quién.

Dicen que algunas seréis deglutidas en estómagos que fabricarán la luz de aquellos que, a lo largo del año, cuidarán la parra y, dentro de otras cuatro estaciones, volverán a recogeros.

Otras, prensadas, perdida la individualidad, confundidas en una unidad sin límites, resucitaréis en forma de vino y serviréis para la redención de los amigos y para sacramentar nuestras ceremonias.

Pero, entre todas, yo prefiero las uvas que sostengo en mi mano, sin destinatario alguno, pues ya no caben más en las alacenas ni en las fuentes. Las sostengo en la mano, perfectas, exuberantes, todavía agarradas a la vid.

Cuánto tiempo más. Ellas no lo saben. Ellas son el color, el olor y el sabor de ese tiempo. A eso se limitan. A fundirse con mis manos. A volverse ofrecimiento.

No importa si hay destinatario o no. Si alguien va a venir a recoger el fruto. Somos esto. Estamos cumplidos. Y ya ha llegado el otoño.

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