El 24 de este mes se presentarán en la FLIB (Festival di letteratura italiana di Barcellona), organizada por la Associazione Culturale Le Nuvole, dos escritores que estimo enormemente: Dario Ferrari y Patricio Pron. Pero la historia que quiero contar no comienza acá; al menos, no la que he venido anotando y que, con esta noticia, con esta inesperada coincidencia, me siento obligado a compartir.
Para mí elegir las lecturas para un viaje es una cosa seria, y a la vez intuitiva. Existen autores, y libros, que con el tiempo se han ganado un lugar en esa suerte de ritual. Vila-Matas suele ser uno, pero este año sorpresivamente quedó fuera del podio. La elección se limitó a dos libros, que para un mes son pocos. Sin embargo, algo me decía que se me iba a ir un poco la mano comprando libros. No me equivoqué. Fueron 18, entre rarezas usadas, novedades y clásicos pendientes.
La elección recayó en dos textos recientes, ambos comprados en abril durante la Feria del libro de Buenos Aires: La separación, de Martín Kohan, y En todo hay una grieta y por ella entra la luz, de Patricio Pron. Antes de llegar a Italia sabía que, apenas pusiese el zapato en territorio italiano, compraría una copia de L’idiota di famiglia, de Dario Ferrari, que aún aguarda su traducción al español. Así que, en lo que a mí respecta, lo contaría como parte de ese podio junto a los dos escritores argentinos.
La nota que publiqué aquí hace un año también incluía a Ferrari —sus libros son lo único con ese nombre que puedo permitirme al momento— con su novela anterior Se acabó el recreo (Libros del Asteroide), y contaba cómo a partir de esa lectura (y las otras que se sumaron a ese verano) se fueron entretejiendo coincidencias que “representaban una elongación del texto hacia la propia realidad: la lectura como puente entre una dimensión y otra.”
Este año volvían a florecer estas señales donde lo leído se asemeja a lo vivido y viceversa. Un psicólogo lo pondría en términos más agrios, y lo definiría como el resultado de prestar demasiada atención y de mantener vigente ese mundo ficcional alternativo, incluso a libro cerrado. Pero saberlo no las vuelve menos peculiares ni menos placenteras. A principios de este año retomé muchos libros de Dostoievsky, sin darle mucha importancia a la edición, desde las muy económicas hasta aquellas que acumulan humedad en ediciones más añejadas, como los tomos de Aguilar, incluyendo las ediciones en inglés y en italiano. A partir de ese momento, y pasando por la novela de Ferrari, que con el título nos anticipaba algo, empecé a darme cuenta de la presencia del escritor ruso en las novelas de otros y hasta en la calle.
El apartamento que unos amigos me ofrecieron en Florencia para poder quedarme unos días está a dos pasos de un edificio que tiene una de esas placas conmemorativas que van contando historias. La placa decía que allí nuestro querido Fiodor había completado su novela El idiota entre 1868 y 1869. Me quedé de piedra —como un idiota— ante la insignia y pensé en ese inquietante vínculo entre la literatura y la vida.
Hay cosas que no se explican, aunque sepamos perfectamente cómo referirlas. Existe también la opción de acomodar el pensamiento y ficcionalizar las causas, y así generar un efecto deseado. Me cautiva cuando las cosas se manifiestan sin tanto trámite, como el epílogo de un cifrado interno. Me interesa esa zona incierta en la que el azar y la imaginación dejan de distinguirse con claridad: un recorrido guiado por una herencia ancestral.
A mi regreso a Manhattan, habiendo leído a Ferrari y a Pron, vi una película del año 38 en la cual Humphrey Bogart hacía de jefe de una banda de estafadores neoyorquinos que, pensándolo bien, les hacía más un favor que un desaire que los representase Bogart en lugar de, qué se yo, Boris Karloff. Pasé de la cinta de Bogart a las historias de Camilleri, y a un documental sobre l’avvocato Agnelli que hacía énfasis a la crisis italiana de los años de plomo. Comenzaba a juntar las piezas: mi fascinación por Bogart, Giovanni Agnelli, la FIAT, la Juventus, la Ferrari y esa Italia que mantiene la careta pero que se ha ido desprendiendo de la osatura. Ningún motivo especial para esto, salvo la costumbre de ver cómo unas cosas van llamando a otras.
El documental abarca la vida del abogado e incluye tragedias personales como la muerte de su padre, la de su hijo y la de su sobrino, hasta su ascenso como líder del conglomerado empresarial de la familia. Una de las crisis más importantes con la que tuvo que lidiar Agnelli fue la de los años 70, los llamados “años de plomo”. El terror creado por las Brigadas Rojas intentó acabar con el orden establecido, y la FIAT, símbolo del capitalismo italiano, venía asociada directamente con la figura del Estado.
Una semana antes de ver este documental, de elegir la película de Bogart y antes de empezar a leer las historias del comisario Montalbano, había pedido en la biblioteca pública de Nueva York una copia de una novela de Patricio Pron, a quien le he dedicado gran parte de mis lecturas de este año. Ante un libro suyo no suelo molestarme en leer la descripción de la contratapa. Con sus títulos me basta. Confirmé la selección y quedé en espera de un email que confirmase que podía pasar a retirarlo. El libro era No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles. Y podría detenerme aquí, pero sería injusto para los que no saben de qué va la novela.
La novela transcurre, sin dar mucho detalle, entre 1944 y 2014 en Italia. Es tan sólo una coincidencia, como todas las demás, una simetría continua de detalles. Haber leído la contratapa no hubiese alterado mi decisión de leerla. En todo caso, hubiese creado una anticipación y hubiese estropeado la naturalidad del algoritmo al momento de darle play al documental. Pron tiene la particularidad de llevarte a lugares que se saltan la sinopsis porque va dejando MacGuffins de aquí y de allá, a los que el lector puede prestarle atención u olvidar para luego volver a preguntar por ellos. La historia inicia en Turín en los años 70, durante los años de plomo, donde toda una serie de valores estaban en crisis y estuvo a nada de llevárselo todo por delante.
¿Pero a dónde intento llegar con todo esto? ¿Se trata sólo de una serie de preferencias que vinieron a completar los días del verano, y que seguramente no le interese a nadie, salvo a mí? Está claro que una cosa incita a la otra, y que la curiosidad escarba la superficie originando una sucesión de eventos emparentados entre sí. Una elección sensata hubiese sido leer La Historia, de Elsa Morante, luego del documental, o empezar una seguidilla de películas italianas de los años 70: las de Elio Petri con Gian María Volonté; o las de Francesco Rosi, por citar algunas. Sin embargo, el libro de Pron no venía a representar, en principio, una continuidad temática, por dos razones. Primero, si es cierto que de Pron se puede esperar lo inesperado, mi desconocimiento de esa novela y mi negativa a ojear las contratapas, la eximen como elección lógica. Y segundo, la biblioteca, en su catálogo computarizado, me hubiese podido ofrecer cualquier otro título, como primera alternativa, cosa que ya había hecho en otras búsquedas.
La novela de Pron, la más reciente, transcurre en Nueva York, y por un gesto, que no sabría si considerar lúdico o de carácter necio, decidí llevármela a Italia y leerla lejos de Manhattan. La maraña de combinaciones se fue dando de tal modo que, a mi regreso, cayera en mis manos la novela italiana de Pron. ¿Era yo quien iba trazando estas conexiones, o eran ellas las que se iban encontrando conmigo?
Lo que define el orden de mis lecturas es una mezcla de tradición y libre albedrío, una combinación de factores de los que no necesariamente debo estar enterado. Lo que une una lectura a la siguiente no requiere una continuidad, salvo la que nosotros queramos otorgarle: el lector es esa amalgama y es también recipiente de lo que escriben otros. Por lo tanto, es ese juego el que permite que las líneas vuelvan a encontrarse.
Mientras la novela de Kohan concibe el origen, el proceso y el desenlace de la separación, Ferrari y Pron aparecen juntos en la FLIB para hablar del pensamiento como frontera de lo humano, ante lo nuevo de cuyo alcance no tenemos una medida muy clara. Tal vez algún cine en Barcelona tenga en cartelera, durante esos días, alguna película de Bogart y, luego del encuentro, alguien proponga ir a verla. Eso me permitiría cerrar diciendo que todos los caminos conducen a Humphrey —o casi todos—.




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