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La Feria del Libro de Buenos Aires: Una invitación a descubrir el laberinto

La Feria del Libro de Buenos Aires: Una invitación a descubrir el laberinto

“A nadie le está dado recorrer más que una parte infinitesimal del palacio… pero lo que percibimos es ínfimo, ínfimo y precioso a la vez.” Jorge Luis Borges

Voy acumulando pasos. Recorro un túnel que desemboca en una plaza. Tengo la sensación de no avanzar, de que esos pasos no me están llevando concretamente a ningún lugar. Entré por la avenida Santa Fe, en el barrio de Palermo. Estoy en un laberinto, al parecer se promueven varios, están comprendidos dentro un laberinto madre. Más adelante se comprobaría esa sospecha inicial: los pabellones separados aleatoriamente por colores (a los cuales pocos prestan atención), un laberinto borgeano muy pintoresco, estratégicamente emplazado. La voz del mismo Borges retumba en esas paredes falsas y nos enfatiza que hace 40 años y un poco más (desde el 28 de noviembre de 1985) en su casa no volvería a sonar el timbre para que el maestro los reciba: Cosas que pasan (sólo) en Buenos Aires.

Fernando Samalea, baterista histórico del rock argentino, a los 13 años fue a tocar el timbre a la casa de Sábato. Eduardo Berti, a los 14, como nos relata en su novela Faster, improvisó una entrevista con Juan Manuel Fangio; muchos colegios llegaron a visitar la casa de Borges en Maipú al 994. Hubo una serie de encuentros, quizás de los más memorables, con Alejandro Manuel Pose Mayayo y su amigo Jorge que concluyó en libro: Borges in situ.

La lista es extensa (o laberíntica) e incluye encuentros ex situ con Ricardo Piglia que recién cumplía 18, o la del joven Alberto Manguel que en 1964 (tenía 16 años) trabajaba por las tardes como vendedor en la librería Pigmalion, de la cual Borges era un habitué. Debido al estado avanzado de su ceguera, un día le preguntó al joven librero si le interesaba ir a leerle por las noches a su departamento. No obstante la notoriedad, fueron personajes que se sentían parte de la gente.

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El espacio de La Rural es vasto. Al centro, un mástil con una bandera argentina (pleonasmo total), izada al tope de sus posibilidades: Un recinto con jurisdicción propia o algo parecido. Ese predio se asegura un zona clave en la ciudad, se impone y se desentiende del caos cotidiano que la circunda. La convocatoria, como cualquier centro de convenciones, es temática. Por el mismo predio circulan vacas y libros, por suerte no al mismo tiempo.

Si bien son 50 ediciones de este formato de la Feria, es importante mencionar la Exposición Nacional del Libro de 1928, y luego el movimiento que inicia a principios de la década del setenta, cuyo plan tenía como premisa la difusión de la lectura. Dicen que entre 1971 y 1974 hubo más de 30 ferias de libros itinerantes en distintos barrios de la ciudad y que llegó a celebrarse incluso en otras ciudades.

Hay libros, tantos libros, y tal es la consigna: perderse entre ellos en laberintos intrincados de ofertas, novedades, presentaciones y ediciones de colección. Un mar de ideas, tapas y contratapas, discursos, tonadas, Fito Páez incluido; todo un país invitado: Perú. Además de editoriales uruguayas que saltaron el charco, brasileras, mexicanas, españolas, centros culturales como el italiano y el portugués. Cada provincia argentina estuvo representada con un puesto. Libreros que te sonreían y atrapaban. Hablamos de 1.340.000 visitantes en 19 días, sin contar autores y expositores.

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En la ciudad de la furia se lee; en la ciudad dividida es imperante bajar al lugar donde se abandonan las convenciones. Esta ciudad gravita en torno a sus contradicciones, parte de eso la fortalece. Siempre ha existido esa necesidad de escribir la ciudad para sobrellevar la dualidad, esa ilusión del doble que se desliga de su reflejo. Esa disparidad la vuelve fértil, normaliza lo fantástico, y eso, como consecuencia, pide páginas, muchas:

“Esta ciudad que yo creí mi pasado / es mi provenir, mi presente.”                                     (Borges | Fervor de Buenos Aires – 1923).

“Buenos Aires era una ciudad invivible y fascinante.”                                                          (Ricardo Piglia | Respiración artificial – 1980)

“Buenos Aires se extendía como una conversación infinita”                                                  (César Aira | La villa – 2001)

“La noche de Buenos Aires tiene algo de conspiración.”                                                   (Mariana Enriquez | Alguien camina sobre tu tumba – 2013)

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La Feria es la expresión de un movimiento editorial y cultural, y de un sentimiento que está presente todos los días del año. Basta cruzar ese tramo caótico donde la Avenida Sarmiento y Santa Fe se unen para encontrarse con una suerte de islote en la que cohabitan los libreros de Plaza Italia, en medio de vías subdivididas y gente al paso. Presenciar el gesto de quien encuentra un tesoro, un ejemplar que daba por agotado, es invaluable.

El efecto Feria del Libro se propagó a las librerías fuera de la manifestación. La programación literaria, sumando las partes, se duplicó. Juan Sasturain en La Escena del Crimen; Patricio Pron en Eterna Cadencia; Martín Kohan y Gabriel Barok en Asunto Impreso; El editor Juan Casamayor en la librería Céspedes; María Negroni en Libros del Pasaje, y me quedo corto.

Por la Feria pasaron el escritor cubano Leonardo Padura; Arturo Pérez-Reverte presentó su novela Misión en París; el Premio Nobel sudafricano J. M. Coetzee, y el Nobel chino Mo Yan; Claudia Piñeiro, Andres Bajani, Lucía Solla Sobral con Comerás flores y Fernando Aramburu con Maite, entre cientos de presentaciones, charlas, debates, intercambios, cócteles, firmas de ejemplares, lecturas, ¿sigo?

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Del laberinto se sale leyendo (reza el eslogan) o con la intención de hacerlo. Para muchos leer es una práctica diaria e intensa, para otros una frontera lejana. Un profesor de la universidad, que nos enseñaba lingüística y filosofía un día nos dijo, entre algún pasaje de Saussure y alguna reflexión kantiana: “Sería bueno si al comprar un libro pudiésemos también comprar (y asegurarnos así) las horas de lectura”.

Es la voz de Borges la que nos tranquiliza en el intento de superar el laberinto o su miedo a esa figura: “Yo creo que en la idea del laberinto hay una idea de la esperanza también. Porque si supiéramos que este mundo es un laberinto entonces nos sentiríamos seguros”. Borges pensaba que, si la vida es un laberinto y estamos inmersos en él, entonces estamos a salvo porque eso implica una arquitectura, un diseño.

La Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, en el ya lejano 75, nacía con la misión adjunta de ser ese pedacito de luz al final del túnel, un faro en la oscuridad de la turbulencia política de aquellos años, donde el famoso libro de Bradbury cambiaba forzosamente de sección.

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