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El fin de ETA (una historia verdadera)

El fin de ETA (una historia verdadera)

Los días 18 y 19 de octubre de 2011 fui invitado por Gustavo Schwartz al Encuentro Internacional de Literatura y Ciencia, celebrado en San Sebastián, en el Donostia Internacional Physics Center. Mi conferencia tenía que ver con las relaciones entre la ciencia —más bien la filosofía de la ciencia— y lo que en términos generales llamamos artes. La audiencia, compuesta casi en su totalidad por profesionales de la física, alimentaba en mí el tópico de que el positivismo radical y el realismo extremo abunda entre la gente de formación científica, así que estaba prevenido de que ante posturas tan distintas a la mía iba a ser muy difícil plantear asuntos que tuvieran que ver con el carácter metafórico que algunas partes de la ciencia tienen en común con la poesía. Como, en general, rehúyo las discusiones que no conducen a parte alguna, los encontronazos estériles y situaciones que sabes de antemano que no darán ningún fruto, de algún modo, y a pesar de los desvelos de mi anfitrión, Gustavo Schwartz, en las horas previas a mi intervención, me sentía inquieto. No obstante, salvo una excepción, el acto se desarrolló sin sobresaltos y comprobé una vez más que en este caso el tópico está errado; en el quehacer de quienes trabajan en ciencia gravita un modo de pensamiento que tiene fuertes alianzas con las artes.

"Sólo instantes después nos dimos cuenta de que el objetivo de aquellos ertzainas éramos nosotros"

Fue ahí, en ese acto, donde conocí a Guillermo Martínez y a Alberto Rojo, también ponentes. El primero, matemático argentino, especializado en lógica y autor de la conocida novela Los crímenes de Oxford, que pocos años atrás había llevado al cine Álex de la Iglesia, y el segundo, profesor de física en la Universidad de Michigan, tenía ya publicados libros como La física en la vida cotidiana, o el ensayo Jardín de los senderos que se ramifican: Borges y la mecánica cuántica. Rápidamente trabamos complicidades y en lo que restó de congreso mantuvimos muchas conversaciones sobre literatura y ciencia, o acerca de aparentes contradicciones como, por ejemplo, que la cultura británica sea una de las más empiristas y positivistas del planeta, pero que al mismo tiempo en el ámbito occidental se erija en quizá la más supersticiosa y aficionada al espiritismo, fantasmas y otras variantes del pensamiento mágico.

El último día, 19 de octubre, por la tarde salimos a pasear. Las calles de San Sebastián son amables para el caminante, casi sin darnos cuenta llegamos al mar y nos detuvimos bajo los grandes cubos inclinados del Kursaal. Estábamos comentando el leve pero sugerente mareo que producen esas altas paredes  inclinadas —como si no estuvieras despierto ni en mitad de un sueño, sino en un estado de duermevela—, cuando por la gran explanada que antecede a los cubos vemos aproximarse dos hombres vestidos con lo que en la distancia nos parecieron sendas armaduras. Cuando se acercaron, pudimos identificar su atuendo como uniformes antidisturbios de la policía autonómica. Sólo instantes después nos dimos cuenta de que el objetivo de aquellos ertzainas éramos nosotros. El corazón me dio un vuelco cuando el más alto pregunta:

—¿Es usted Agustín Fernández Mallo?

Qué demonios habré hecho, me dije. Con un nudo en la garganta, respondo:

—Sí, sí.

Mete la mano en un bolsillo lateral del pantalón, extrae una pequeña libreta y un bolígrafo, me los tiende, y me dice:

—Por favor, ¿puede firmante un autógrafo? He leído todos sus libros.

"No es habitual que la policía aborde a escritores para pedirles autógrafos"

Con una confusión de alivio, halago y rubor, firmé aquel papel y escribí algo más, que no recuerdo. Alberto y Guillermo, que asistían atónitos a la escena, le preguntaron al ertzaina si podíamos hacernos una foto con él; en sus países —aseguraron— no es habitual que la policía aborde a escritores para pedirles autógrafos, a lo que el antidisturbios respondió que no, que por seguridad no podían hacerse fotos con la gente. Me estrechó la mano al tiempo que me daba las gracias, y él y su compañero giraron sobre sus pies. Dos gigantes se perdieron entre la multitud que a esas horas paseaba bajo el metálico cielo de San Sebastián.

Al día siguiente, 20 de octubre de 2011, la banda terrorista ETA anunciaba el cese definitivo de sus operaciones armadas.

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