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El gigante esclavo

Me manca lengua pa maldecir a Dios, que ansía y razones me sobran.

Lo explico por de contao, con su venia. Mi gracia, aunque asina ya pocos me mienten, fuera la de Agustín Luengo Capilla. Me nacieron, agostando 1849, en Puebla de Alcocer, al tafanario de la Siberia Extremeña. Antaño, a la Siberia, el más baldío terruño de Badajoz, la rehuían los lobos en invierno y los viajantes todo el año. Un país sin ventas ni carreteras. Sólo once pueblinos, distantes entre sí, lejos hasta del Infierno.

Mi hogar fuera tan pobre como el que más. Una casina angosta en una calle del rabal, tan empinada como mi sino, allá donde el campo te mira penar y envejecer. Tamaña estrechez no fuera la única ancá mis padres, donde siempre más faltó que hubo. Especialmente, desque enfermara yo, bien chico, de una humor —o tumor, nunca supe — que me afligiera, alargándome de huesos y cuajándome en zangarrón, un telencias de puro enjuto, con brazos y piernas como taramas.

Usted disimule mi rasa parla. Me asoma más el castúo que el castellano. Letras apenas tuve las justas, por mi corto seso, y de las cuatro reglas sólo me alcancé a las dos primeras: sumar fatigas y restar dolores a mi vida, usando cornezuelo del centeno pa no rabiar a boca abierta. Otros multiplicaron su capital por mí y dividieron a mi contra. Si la mierda fuera oro, los pobres nascerían sin culo, como dijo el sabio.

"No bien cumpliera los doce, mi porte de mostro me deparó injusta fama. En Mérida y hasta en Don Benito se comentara mi planta y chamullaran que dormía acurrucado en un pozo seco, alimentándome de ratones vivos."

De niño, anduve siempre cansino y quebrado. Entre más me alargaba el cuerpo, más me se afilaba la testa y me se anchaban las manos, torturándome. Hasta mi padre hubo de abrir bujero en la pared pa que yo, acostado, sacara las piernas por ese joche.

Con tal pinta de tarangallo, pronto se burlaron de mí rapaces, zagales, pastores, rabadanes y hasta la cabaña entera. Asina que yo me mantenía lueñe. Si algún poco ocio juntaba, me entraba a la moheda y me apañaba jergón, con támbara de hojas de encina y carrasca. Allí me complacía en chupar la mángara dulce, que el estío hace sudar a las jaras. Sólo fuera feliz allá, sin ver a naide, acechando revolares de gorriatos, currucas, luganos, rabilargos y alburracas blanquinegras.

No bien cumpliera los doce, mi porte de mostro me deparó injusta fama. En Mérida y hasta en Don Benito se comentara mi planta y chamullaran que dormía acurrucado en un pozo seco, alimentándome de ratones vivos. No extrañé, por eso, cuando a la puerta de nuestra casina paró carromato de circo.

Un luso, de apellido Marrafa, saliera de aquel vagón y se entrara adonde padre, con miras de cerrar negocio alguno. Dicho trato fuera mi cesión en pupilaje al portugués y su espectáculo. Regateo hubo, manque no en demasía. Como no sirviera yo a las faenas del campo, a los míos resultaba mano muerta y boca de más. Una pesada carga, encima de unas tierras siempre grises, debajo de unas nubes siempre pardas.

Mi patriarca pidiera doscientos reales por mí; más el portugués era pillo, ráspao, y diestro en chalaneos. Asina que ajustaron remate en setenta reales, dos paletas curadas de Fregenal, arroba y media de arroz, dos azumbres de miel, y una caneca de aguardiente de Cazalla de la Sierra.

De cómo me fuera en aquella endecha, con pasares y pesares, evito relato. Diré sólo que no todo fue cuan refieren y que el tal Marrafa destaparía en parguela. Si persiste en saber, un tal licenciado Luis C. Folgado de Torres, anotara todo con celebrada pluma en un libro (El hombre que compraba gigantes. Editorial Altera, 2013).

Sí refiero que, en 1875, y tras una estadía en Pozuelo de Calatrava, buscando vano alivio a mis quebrantos en los Hervideros de Fuensanta, llegué a la Villa y Corte acompañado de mi madre, pues mi falta de visión ya era grande y mis dolores más aún.

"Y la reina Isabel II se hizo traer a presencia a Miguel Joaquín Eleizaga, el gigante de Alzo. La augusta soberana lo invitara a comer, luego de obligarlo a mostrar la pinga, en insano deseo de comprobar si todo en él era acorde."

Con todo, el 3 octubre, el Rey Alfonso XII hiciera merced de saludarme en benévola audiencia, pues de siempre la Real Familia fuera afecta a disformes. Asina, la regente María Cristina ya recibiera en palacio a Fermín Arrudi, enorme aragonés, a quien regalara escopeta de caza. Y la reina Isabel II se hizo traer a presencia a Miguel Joaquín Eleizaga, el gigante de Alzo. La augusta soberana lo invitara a comer, luego de obligarlo a mostrar la pinga, en insano deseo de comprobar “si todo en él era acorde”.

Por fortuna, su majestad Don Alfonso, quien por entonces frisaba los dieciocho, no me forzara a tan baja exhibición y sí me convidara a merienda con chocolate. Mas pese a superar yo en estatura a los entrambos antedichos fuera arana que me regalara unas botas, como han rumoreado.

Tornando a mis dolencias, madre empeñóse en consultar médicos como si estos supieran de algo. En ese trance fuera cuando don Pedro González de Velasco, catedrático ejerciente de la Facultad de Medicina madrileña, oyera hablar de mí. El buen doctor me hizo saber con suaves modos que su ciencia era la Anatomía —llegó a diseccionar más de 8 000 cristianos— antes que otras prácticas más sanativas. Me participó también que mi mal me tornaba, poco a poco, en humana colección de enrunas. Su interés en mi persona, admitió, estribara más en mis restos que en mis arrestos por pervivir en este valle de lágrimas.

Con tal lienzo, a otro habría yo despachado a recios cayadazos. Más el doctor Velasco supiera bien cómo manejar el tris. Igual que yo, naciera muy humilde y forjara sus saberes básicos merced a la Iglesia, donde tomó órdenes menores. Luego, y sirviendo como criado a gentes de alcurnia, lograra título de Practicante, empollando por las noches. Ya con ese grado en su haber, siguiera trabajando y devorando libros, hasta recibirse de zurujano.

"Resumiendo, que mi cadáver acabara sobre fría ara operatoria, donde el doctor Velasco le sacara molde completo en escayola, para luego despellejarme con suma habilidad."

Ese común origen de casa sorda, otorgárale ventaja a su pretensión. Al final, convinimos que él me abonaría dos pesetas y media por cada día que yo siguiera vivo. Por contra, y al cascarla yo, tomara mi corambre a su capricho. ¡Cóilo que si acepté!  Diez reales diarios eran opíparo sueldo, pa mantenerme con desahogo y a mano abierta.

Fuera corto mi gozo. Antes de concluir ese año, acabaran yo y mis penas. Cuando el doctor Velasco compareció a mi velorio, madre viera forma de redondear la hijuela. Asina que, plañidera y rezadora, impetró al galeno alguna caridad, alegando que yo, aunque grande de cuerpo, fuera aún mayor trafalmeja, por mis pocas luces.

Don Pedro rebatiera apuntando que sólo en ataúd precisara más madera que atarazana, y cuando abrieran fosa —pues en nicho no cabía—, debieran los enterradores cavar grande almadén. Con todo, accediera el catedrático a aliviar pesares, con añadido de cierta dádiva, que muchos fabularon en 3.000 pesetas sin ser tal.

Resumiendo, que mi cadáver acabara sobre fría ara operatoria, donde el doctor Velasco le sacara molde completo en escayola, para luego despellejarme con suma habilidad. Al fin, sumergiría mi carcasa en ácido, pa dejar mis huesos mondos y lirondos. Asina pasé a engrosar los fondos de su Museo Anatómico por partida triple: en esqueleto, en efigie bruta de yeso y en otro molde recubierto con mi pelleja y revestido con mis ropas usuales.

Añadiré que el cátedro don Pedro había estudiado escultura anatómica. Tema no baladí, pues tal arte plástica daba los mejores copistas de la natura corpórea que nunca hubo. De paso, facultaba a la reproducción íntegra de la nuda criatura humana e incluso a constituir muestras itinerantes de venus anatómicas, por cuya contemplación pagaban —so capa de ciencia— rijosos varones, pues antaño y entre ricos se solía coitar vestidos con luengas camisas de estratégicos ojales.

"En este país de la piel de Caín, chimes decían que el médico, ido por completo el juicio, sentara a su difunta hija a la mesa a cenar, vestida de punta en blanco."

Asina que en el gabinete do yazgo hogaño, la numen del doctor ha legado en planta a ciertas bellas en cuera viva y de razas varias. Mozas que, por mor del demonio, fueran de bien torneadas zancas, nalgas tersas y busto cimarrón, y me alegran agora lo que no folgara antes.

Mi alma errante distingue hoy, cabe la urna acristalada que preserva mis huesos, los retratos del doctor Velasco y de su infortunada hija Conchita. Malhadado sino el de esa doncella, muerta a los quince años por una nefasta intervención paterna, pa curarla unas tifoideas que la consumían.

Plugo a Satán que el galeno, ciego de preocupación por la salud de su vástaga, le administrara remedio que resultó letal a la quebrada salud de la muchacha, haciéndola fenecer. El insigne cátedro no se lo perdonó jamás y, transido de dolor, resolvió embalsamar a su hija, intentando preservar su lozanía del hambre de gusanos.

Ahí arrancara una leyenda macabra, sobre la locura de un hombre bueno del que, se rumoreaba, había obtenido venia para sacar a su hija del ataúd y exponerla en una capilla reservada del museo, que era a la par su vivienda.

Como quiera que don Pedro se señalara por su fervor revolucionario durante La Gloriosa y posterior sexenio, sus enemigos le depararan todo tipo de maledicencias. En este país de la piel de Caín, chimes decían que el médico, ido por completo el juicio, sentara a su difunta hija a la mesa a cenar, vestida de punta en blanco. A más aún, que la paseara en carruaje por el Retiro. Incluso que solieran asistir juntos al teatro.

Ozenas de almas malvadas, a las que dieron pábulo gacetilleros torpes; aunque deba reseñar como muy lograda la escrita por el excelso diarista y literato Ramón J. Sender en su loado volumen La llave y otros relatos.

No le canso más. Perdone que mi soledad le robara su valioso tiempo. Un último ruego. Si alguna vez pasea por Madrid, junto a la Ronda de Atocha, lléguese al 66 de la calle Alfonso XII. Es la sede del Museo Nacional Antropológico. Haga merced de entrar a verme, que le aguardo en el primer gabinete, a mano zocata, de la planta baja.  Pues si el Cielo me ignoró en vida, ya muerto y a cachinos me despreció por completo.