En las líneas iniciales de su conocido —y pronto prohibido— Del sentimiento trágico de la vida (1913), Unamuno decidió corregir la célebre frase del año 163 a. C. «Homo sum; nihil humani a me alienum puto», «Hombre soy: considero que nada de lo humano me resulta ajeno». Convertida en aforismo, manifiesta la adhesión, no solo el interés, y la solidaridad de afecto con todo lo que concierna al ser humano. Manifiesta la humánitas, como la llamaron en Roma. Esas palabras las pronuncia un personaje anciano, Cremes, en la primera escena de Heautontimorúmenos, del comediógrafo latino Terencio. Cremes está hablando con un vecino suyo ateniense, sexagenario muy laborioso, y le intriga que ese hombre, Menedemo, siga trabajando tanto a su edad y no delegue apenas nada en sus esclavos. «¿Qué falta tan grave has cometido para infligirte castigo tan grande?», le acaba de preguntar Cremes. Es el nervio de esa función teatral de hace casi dos mil doscientos años. Inmediatamente antes, el mismo personaje le ha dejado braceando en otra duda: si existe alguien a quien le agrade imponerse sufrimientos, castigarse. Porque el título griego Heautontimorúmenos se traduce como “El que se castiga o el que se atormenta a sí mismo”.
Quedan más preguntas absolutas con esta dimensión. Por ejemplo: ¿además de determinada música, existe lenguaje más universal que la tos o que el llanto imparable, incontenible, de una criatura de pocos meses?
En su microrrelato inédito «El llanto», José Alberto García Avilés (Granada, 1965) hace que ese fenómeno de lloros de recién nacidos, un domingo a primera hora, se expanda sin remedio. El llorar infantil, contagioso, sin medida, sin tratamiento, inexplicable, resume la fragilidad humana. Esos sollozos de criaturas captan, misteriosamente, un dolor que no les pertenece aún. Estos bebés lloran no por hambre o dolor corporal, sino porque notan cerca una tristeza radical, adulta, anterior incluso al lenguaje.
Misterioso es también ese elegante joven vecino, acodado en su tentadora ventana. Me recuerda su figura al ser que sale, también silencioso, también enigmático, en ocho de los episodios del Decálogo de Kieślowski. Actúa, obra, guía, algo hace, decisorio, ¿pero qué? Este de «El llanto» acaba dormido. Rendido de cansancio. Pero ha mejorado el mundo. Lo ha podido rescatar. Raquel —bíblicamente— deja de oír el llanto de su hijo, ya no es una madre inconsolable. Aunque no se ha sumergido el peligro todavía.
Tras leer esta muestra de García Avilés no le sorprenderá, a quien no conozca aún su narrativa breve, que microrrelatos suyos figuren en las antologías más acreditadas —Fernando Valls, Irene Andrés-Suárez…— y que publicara una colección de muestras de género con el (aciago) título de Dos minutos (2008) en vez del bien pensado La maldad de las palomas.
Catedrático de Periodismo en la Universidad Miguel Hernández, de Elche, García Avilés ha publicado recientemente un ensayo muy muy útil: Águilas y colibríes: Periodistas innovadores en Europa. Esas aves representan la energía, la tenacidad y el optimismo. El seguir buscando. Abrazando, por supuesto, las tormentas.
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El llanto
Aquella mañana de domingo, demasiado temprano, todos los niños del edificio rompieron a llorar. Los padres se despertaban de mal humor e intentaban consolarlos. En el séptimo, Romualdo Canales, abogado, empujó el chupete dentro de la boca de su niña de nueve meses, sin ningún éxito. Era un llanto frenético, desolador. La madre pensó que la criatura se moría a causa de algún mal repentino. La desnudó, la volteó, le palpó todo el cuerpecito y comprobó que no tenía fiebre. Dos pisos más abajo, Raquel Esparza, maestra de escuela, probó a darle el biberón al crío, pero le escupía la leche, ante la mirada atónita de su marido. En el tercero izquierda, los padres de Isabel González, su primer retoño con apenas dos semanas, se pusieron muy nerviosos al ver a la niña berreando de aquella manera. No eran lágrimas de rabia, ni gritos de furia, como cuando los niños piden caprichosamente su alimento o sus juegos. Se trataba de sollozos lánguidos y amargos, como los del anciano que lamenta haber desperdiciado su vida.
Entonces entró y se tumbó en la cama, exhausto, como un toro antes de ser rematado en la plaza. A los dos minutos, cuando el joven se hubo dormido, Raquel sonrió satisfecha, pues su hijo, al igual que todos en el edificio, había dejado de llorar.


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