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El making of de ‘Nunca fuimos héroes’

El making of de ‘Nunca fuimos héroes’

Hay un momento clave en la vida de un escritor. Es ese momento en que por fin se produce la llamada de la editora que llevabas semanas esperando y que llegaste a pensar que ya nunca se produciría. Ese momento en que te dice, con la naturalidad de quien ya lo ha hecho tantas veces: «Oye, que vamos para adelante con la publicación de tu novela…». Y tú finges entereza y sobriedad mientras tu corazón se pone a mil por hora y tus piernas se han puesto a bailar ellas solitas el kasachok y contestas, con cierta indolencia, como si no hubieses dudado nunca de que así sería: «Ah, vale, pues estupendo». Y luego cuelgas y por fin te dejas llevar y acabas celebrándolo como un gol de final de Champions, borracho de alegría.

El vertiginoso proceso que viene después no deja de ser curioso. Es algo parecido a criar a un hijo. Todo lo que haces por él por amor tiene como objetivo principal que algún día te abandone. Por un lado, amas cada vez más a tu libro, convencido de que acertaste al decidir escribirlo y de que has logrado poner en él todo tu talento creativo, hasta el punto de que, en cierto modo, el libro y tú os habéis convertido en un solo ser. Y, a la vez, te ves sumergido en un frenesí que cada vez aleja más el libro de ti. Primeras correcciones editoriales («¡no es posible que mi texto tenga tantos errores gramaticales!»), más pruebas y galeradas (tras haberlo releído una docena de veces ya dudas de que tu libro pueda tener el más mínimo interés), propuesta de portada («¿seguro que esa foto de mujer melancólica de espaldas mirando a un acantilado resume el espíritu de mi complejo libro?»), fotos para contraportada («soy escritor, no modelo, esto es muy embarazoso»), reunión con el equipo editorial, comercial, de comunicación («¿de verdad vais a lanzar mi libro intentando venderme como el nuevo Somerset Maugham, si los lectores actuales ya ni saben quién es Somerset Maugham?«), primeros ejemplares recibidos (¿hay algún autor que no haya acariciado y olido con un arrobo fetichista su libro?), día del lanzamiento («a partir de hoy la humanidad entera se emocionará con mi gran obra»), promoción a ritmo frenético (¿yo no quería ser un autor maldito, esquivo con la prensa?), entrevistas («¡jamás dije esa estupidez que han usado como titular!»), críticas buenas («este crítico sí que ha entendido el profundo significado de mi obra»), críticas malas («¿pero ese tipo sabe leer?»), presentaciones («¡gracias por venir!, estaba aterrado de que no apareciese nadie»), primeras cifras de ventas («maldita sea, ¿cómo es posible que no esté en la lista de los cinco mil más vendidos? Bueno, da igual, yo nunca busqué el éxito comercial, qué vulgaridad, lo mío es otra cosa…»), el pánico del regreso al folio en blanco («¿seré capaz de volver a escribir otra novela?»)…

Cada nuevo paso va aumentando una irrecuperable distancia emocional entre tú y tu propia obra, haciéndola parecer escrita por otro, compartida con los lectores que sacan conclusiones que nunca buscaste de lo leído, que ya son tan dueños de ella como tú, alejándose más y más aquel momento en que erais solo tú, tus folios y tu historia soñada. De alguna manera, acabas sintiendo una mezcla de orgullo y melancolía: satisfacción por haber logrado lo que te impulsó a escribirlo desde la primera palabra (que algún día alguien se emocionase y disfrutase leyendo esa historia) pero, a la vez, nostálgico de aquellos días en que aún estabais a solas tu libro y tú, en que eras tú el único que convivía con sus personajes, sus escenarios, sus sentimientos, que antes eran solo tuyos y ahora se han marchado de ti para siempre para ser ya de todos.

Esos son mis sentimientos contradictorios con Nunca fuimos héroes. La ilusión de haber ofrecido a los lectores una historia que siempre sentí que debía y merecía ser contada y la añoranza de tantos años dándole a esa misma historia una y mil vueltas a solas en mi cabeza y en el papel.

Pero lo que un autor no debe olvidar es aquel primer sentimiento. El mejor, el más intenso. La felicidad al oír aquella frase que cambia tu vida para siempre. «Oye, que vamos para adelante…»

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Autor: Fernando Benzo. Título: Nunca fuimos héroes. Editorial: Planeta. Venta: Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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