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El mejor Comic-book de la historia (de los Comic-books)

El mejor Comic-book de la historia (de los Comic-books)

El pasado mes de junio se publicó en esta misma revista un artículo titulado La mejor canción pop de la historia (del pop). Les aseguro que al escribir aquellas líneas no estaba ni la mitad de seguro de lo que lo estoy ahora al repetir la boutade en este texto. En esta ocasión confío en recabar una adhesión, si no unánime, al menos sí mayoritaria.

Gotas de copiosa lluvia hacen ondas sobre los charcos. El haz de luz de los faros de un vehículo bate sobre el asfalto encharcado. El coche frena enfrente de un portón con una reja de herrumbrosas lanzas. En un cartel se informa: “ASILO ARKHAM para criminales dementes”. Batman se apea del vehículo y dentro del recinto le está esperando el comisario Gordon. Batman no se detiene, avanza implacable mientras Gordon intenta seguirle el paso apresuradamente. Dentro del edificio una nerviosa recepcionista le señala el camino y Batman prosigue sin detenerse. Por fin llega a una celda, un policía uniformado le saluda y le abre la puerta blindada. Dentro, un tipo de manos blancas está haciendo un solitario.

Cualquier aficionado a los cómics no habrá tardado en adivinar que se trata de La broma asesina, la magna obra del guionista Alan Moore y del dibujante Brian Bolland publicada por DC Comics en 1988 y que en España fue editada ese mismo año por la mítica Ediciones Zinco. Para escribir este artículo me sirvo de un ejemplar de aquella primera edición, un tesoro que conservo como una joya y que ha logrado sobrevivir, milagrosamente, a humedades, mudanzas, préstamos y a esos implacables agentes obsesionados con el orden y la limpieza.

"A un hipotético lector, con un todavía más hipotético conocimiento del Noveno Arte, le habrá podido surgir una súbita reticencia, quizá haya levantado una ceja con suspicacia"

A un hipotético lector, con un todavía más hipotético conocimiento del Noveno Arte, le habrá podido surgir una súbita reticencia, quizá haya levantado una ceja con suspicacia e incluso haya detenido la lectura con el firme propósito de hacer un comentario que ponga en su sitio a este advenedizo que se permite escribir a la ligera sobre cómics y, en particular, sobre una obra que es para los aficionados más sagrada que la Biblia. Los comic books son un tipo de publicación con un formato físico muy específico: 32 páginas de papel barato, plegadas y grapadas. Sin embargo, La broma asesina se editó en un formato que denominaron Prestige (antecesor de lo que luego se popularizó como novelas gráficas), que contaba con una mayor extensión (48 páginas), un papel de mayor calidad y una encuadernación con lomo cuadrado pegado (sin grapas).

Me he tomado esta licencia (como otras tantas) para diferenciarlo de aquellos cómics cuyo arco argumental se prolonga durante varios números y a fin de destacar el mérito de contar una buena historia en las pocas páginas de un solo número autoconclusivo (con 16 páginas más que el formato clásico). Un alarde de recursos que tanto el guionista como el dibujante tienen que desplegar para que, al pasar la última página, el lector tenga la saciante sensación de que acaba de leer una historia completa y, sí, absolutamente tremenda. No se puede hacer más con menos.

Se me ocurren otros gloriosos ejemplos como aquel número de Animal Man titulado El evangelio del coyote, guionizado por Grant Morrison, o los números de La cosa del pantano titulados Lección de anatomía o Ritos de primavera, guionizados también por Alan Moore, o el número sobre el origen de Nexus, de Mike Baron y Steve Rude; pero, por encima de todos ellos, está La broma asesina.

"Un arranque sublime que funciona como un severo aviso de lo que está por venir: el despliegue de un guion quirúrgico y genial a cargo de Alan Moore"

Batman ha acudido al manicomio de Arkham con el noble propósito de evitar que lo inevitable suceda: “Vengo a hablar”, dice. “He estado pensando últimamente, sobre tú y yo. Sobre lo que va a ocurrirnos al final. Nos mataremos el uno al otro, ¿verdad? Puede que me mates, quizá te mate yo, antes o después. Sólo quería sentir que había intentado hablar las cosas y evitar que ocurran. Por una vez”. Pero sus buenas intenciones se van al traste cuando descubre que con quien ha venido a parlamentar no está donde debería. En vez de estar en su celda haciendo solitarios, el tipo a quien había venido a buscar se encuentra en ese preciso instante negociando la compra de una feria destartalada. El vendedor le pregunta si es lo que busca, y él le contesta: “Bueno, es chillón, feo y los vagos lo usan de toilet. Las atracciones se han desmoronado, son peligrosas y podrían lisiar o matar fácilmente a criaturas inocentes”. El vendedor, que ve que la venta peligra, le dice: “Oh. ¿Así que no le gusta?”. Y en ese momento aparece por vez primera el rostro del Joker primorosamente dibujado por Bolland con su desquiciada, sempiterna y sonriente mueca, que le contesta: “¿Si me gusta? Me vuelve LOCO”.

Todo esto ocurre en las seis primeras páginas del cómic: el Joker se ha fugado una vez más del manicomio de Arkham, y Batman tendrá que darse prisa en encontrarlo y detenerlo antes de que pueda cometer otro más de sus atroces crímenes. Un arranque sublime que funciona como un severo aviso de lo que está por venir: el despliegue de un guion quirúrgico y genial a cargo de Alan Moore, aliado con el dibujo realista y minuciosamente detallado de Brian Bolland. Un prodigio del Noveno Arte.

La broma asesina está repleta de filigranas creativas y hallazgos que deslumbran. Desde el mismo título, un doble sentido de una expresión inglesa (killing joke) que hace referencia a aquellos chistes tan geniales que figuradamente te pueden matar de risa, pero que, tratándose del Joker, resulta más conveniente interpretar literalmente: un chiste mortal. Siguiendo por la magnífica portada de Bolland, con el Joker apuntando al lector con una cámara y pidiéndole que sonría; una amable solicitud que, una vez más, en boca del Joker suena como una amenaza. Pasando por la expresividad con que Bolland dibuja los rostros de los personajes, reflejando sus sentimientos y emociones con una maestría extraordinaria. Sin olvidar las ingeniosas transiciones entre las dos historias que se intercalan en el cómic y que se responden entre sí como un eco. O ese delirante número de vodevil en la feria. Y, especialmente, el chiste final, que obliga a releer el cómic entero e incluso a reinterpretar al propio Batman.

"El Joker está loco, sí, pero cualquiera lo estaría en su lugar, nadie se salvaría si hubiera pasado por lo que él pasó"

Según nos desvela esta historieta, el Joker (antes de ser el Joker) era un tipo bastante normal, un aspirante a humorista casado con una chica que le quiere y que se ríe con sus chistes. Viven en un cuchitril y esperan un hijo, pero él no consigue el trabajo como comediante que les permita salir de ese agujero. Desesperado, se deja arrastrar por una banda de criminales para dar un golpe. Todo sale mal, un accidente doméstico le arruina la vida y la policía desbarata el golpe. Entonces algo se quiebra en su psique, un resorte que hace saltar por el aire la razón y la cordura. Sólo un mal día ha bastado para hacer de un tipo normal y corriente un criminal demente y asesino: el Joker.

Mientras Batman se pregunta dónde puede estar, el Joker, acompañado de dos esbirros, se presenta en la casa donde el comisario Gordon vive con su hija Barbara (jefa de la Biblioteca Pública de Gotham). Sin mediar palabra, dispara a la hija, que rompe una mesa de cristal al caer herida en el abdomen. Los esbirros se ocupan del comisario y la chica se retuerce de dolor entre los cristales rotos de la mesa. Entonces, el Joker suelta un parlamento que resultaría genial si no fuera absolutamente malvado: “No se preocupe. Es una enfermedad psicológica común entre exbibliotecarias. Se piensa que es una edición de sobremesa… Aunque no es muy bueno el estado del volumen. Tiene un agujero en la cubierta y el lomo está dañado. No andará mucho por las estanterías en ese estado. De hecho, la idea de que ande por alguna parte me parece remota. Pero ese es siempre el problema de las ediciones baratas. Dios, estas discusiones literarias son tan aburridas…”. Un auténtico hijo de puta.

El Joker tiene una tesis y quiere probarla. En su demencia sostiene que todos estamos tan solo a un mal día de la locura, que el más cuerdo, sometido a un súbito e intenso sufrimiento, acabaría explotando y su cordura estallaría en minúsculos pedazos imposibles de recomponer. El Joker está loco, sí, pero cualquiera lo estaría en su lugar, nadie se salvaría si hubiera pasado por lo que él pasó. El Joker no se considera distinto a los demás, sólo le separa de los cuerdos un mal día. Solo basta un día (si es lo suficientemente malo) para enloquecer. Y para probar su tesis, rapta al comisario Gordon a fin de que le sirva de ratón de laboratorio, y lo somete a un viaje por el túnel del terror mostrándole fotos de su hija desnuda y herida de bala en el abdomen, sufriendo y retorciéndose de dolor; nada edificante.

"Kurtz está igualmente loco, pero por motivos distintos a los del Joker: es un visionario que acaba convirtiéndose en megalómano"

Aunque esta sea la tesis que sostiene el Joker, no Alan Moore, otro de los personajes del guionista sufre también una experiencia traumática que lo transforma por completo: Walter Kovacs, uno de los vigilantes de la mejor serie limitada de la historia (de las series limitadas), Watchmen. El personaje investiga el rapto de una niña, una búsqueda que lo conduce hasta un lúgubre taller abandonado. Para entrar, Kovacs tiene que sortear a dos pastores alemanes que roen unos huesos en el patio trasero. Dentro de la casa descubre una estufa de carbón y la ropa chamuscada de la pequeña. El horror lo golpea como un martillo al comprender la verdad: la niña ha sido asesinada y son sus huesos los que los perros están royendo en el patio. En ese preciso instante, algo muere dentro de él, Walter Kovacs deja de existir para dar paso a Rorschach, un justiciero contra el crimen, implacable y extremadamente violento.

En una viñeta de La broma asesina, una especialmente espeluznante, aparece el Joker sentado en un trono encima de una montaña de muñecos de bebé y flanqueado por estacas que enarbolan sendas cabezas ardientes; es un rey en la corte de la locura y el horror. La viñeta recuerda vagamente a aquel pasaje de El corazón de las tinieblas, cuando Marlow divisa el espectral palacio de Kurtz en medio de la selva y rodeado por una empalizada coronada también por resecas cabezas humanas. Kurtz está igualmente loco, pero por motivos distintos a los del Joker: es un visionario que acaba convirtiéndose en megalómano. Obcecado por obtener cada vez más marfil y adorado como un dios por los nativos, empieza a cometer atrocidades y actos de auténtica locura. Alejado de la civilización y de los controles, va degenerando hasta el desvarío y la desatada barbarie: el horror.

Cuando el Joker huye de la policía al malograrse el golpe planeado con los criminales que lo mangonean, acaba cayendo a un depósito de vertidos químicos que le queman y le decoloran la piel. Otro ilustre sádico y asesino, el juez Holden de Meridiano de sangre (la violentísima novela de Cormac McCarthy), tiene también la piel descolorida por el albinismo. En este caso no se conocen las causas de su locura sanguinaria, ni siquiera si está loco. El juez Holden simplemente encarna la maldad absoluta. No tiene miedo de nada ni de nadie y todos lo temen. Es un violador y asesino de niños, matar y torturar lo llena de dicha, no tiene un ápice de humanidad y todo en él es crueldad; además, afirma que nunca morirá.

Blanco e inmenso como el juez Holden es el cachalote que obsesiona al capitán Ahab, el atormentado y desquiciado personaje creado por Melville en su novela Moby-Dick. El capitán Ahab camina sobre una pata tallada en el hueso de una ballena porque Moby Dick le arrancó la pierna en uno de sus viajes. Es comprensible cierto resentimiento, pero su obsesión con el cetáceo y su blancura raya o supera la demencia. Moby-Dick se convierte en la némesis del capitán Ahab, en la personificación de la injusticia y la maldad, y su caza en una fijación que desemboca en locura y muerte.

"La literatura nos enseña que hay locos de muchos tipos (incluso amables) y que los caminos hacia la locura son variados e insondables"

Pero hay otros locos menos peligrosos como el Quijote, a quien de mucho leer y poco dormir se le secó el cerebro. Alonso Quijano se vuelve loco por leer compulsivamente novelas de caballería hasta que acaba creyéndose él mismo un caballero andante, convirtiéndose en don Quijote, el Caballero de la Triste Figura. Su delirio es salir a «desfacer entuertos» y rescatar doncellas; en realidad, no hace mal a nadie.

La literatura nos enseña que hay locos de muchos tipos (incluso amables) y que los caminos hacia la locura son variados e insondables. No todos los locos son el producto de un mal día ni un mal día, por malo que sea, tiene que convertir en loco a nadie. Aunque algunas películas de Hollywood han comprado esa idea, como Un día de furia o La extraña que hay en mí, donde ciudadanos aparentemente normales cruzan la frontera que separa la cordura de la demencia vesánica, desatando una sangrienta espiral de violencia.

Pero, como decía otro gran comediante, una mala tarde la tiene cualquiera, y no todos se convierten en máquinas asesinas tras una experiencia traumática, aunque nadie escape del todo indemne. El comisario Gordon, tras el macabro viaje al que lo somete el Joker, sale marcado, pero conserva sus valores y su código moral. Cuando Batman lo encuentra y lo libera (como no podía ser de otra manera en un cómic de superhéroes), Gordon le pide que detenga al Joker conforme a la ley (la más convencional de las convenciones humanas), para demostrarle que no todos son como él y que el sistema funciona (si es que en realidad funciona).

Sin embargo, en una vuelta de tuerca realmente traumática para un lector de cómics de superhéroes como yo era con catorce años, en el enfrentamiento final entre el héroe y el villano, el Joker, que cree haber triunfado con el comisario Gordon, le dice a Batman: «Una vez tuviste un mal día, ¿verdad? Sé que sí. Lo sé. Tuviste un mal día y todo cambió. ¿Por qué si no te vestirías como una rata voladora? Tuviste un mal día y te volviste loco como todos… pero no lo admitirás. Necesitas seguir pretendiendo que la vida tiene sentido, que hay una razón para toda esta lucha».

"Alan Moore y Frank Miller estaban llevando a cabo una labor de revisión y deconstrucción de los superhéroes, desacralizándolos y humanizándolos"

Y lo cierto es que el Joker acierta, al menos en parte. Cualquier aficionado al cómic sabe (y si no lo sabe, puede consultar Batman: Año uno o Batman: El regreso del Caballero Oscuro, dos obras maestras de Frank Miller) que Bruce Wayne se convierte en Batman el día en que, de niño, presencia el asesinato de sus padres por un delincuente que los atraca a la salida de un cine.

Alan Moore y Frank Miller estaban llevando a cabo una labor de revisión y deconstrucción de los superhéroes, desacralizándolos y humanizándolos. A alguien que se había pasado su infancia leyendo cómics de superhéroes y disfrutando de los universos maniqueos de la Marvel y DC, esa revelación lo horrorizó y lo fascinó a partes iguales. Que un superhéroe clásico, símbolo de la valentía y la justicia, pudiera no ser muy distinto de los supervillanos a los que se enfrentaba, fue una revelación difícil de asimilar. Batman y el Joker son complejas simetrías cuyo eje lo compone la experiencia traumática que los transformó, al primero en un héroe justiciero y el segundo en villano criminal. Nada más.

Y Batman también lo sabe. Por eso, cuando por fin derrota al Joker y trata (una vez más) de evitar lo inevitable, el antiguo aspirante a comediante (y actual criminal) le cuenta un chiste sobre dos locos que deciden escaparse de un manicomio. Los dos tipos consiguen subir hasta la azotea del edificio y, para alcanzar la ansiada libertad, solo les falta saltar el hueco que los separa del edificio vecino. Uno lo salva de un salto, pero el otro tiene miedo. Entonces al primero se le ocurre una idea: «¡Hey! Tengo aquí mi linterna. Alumbraré el hueco entre los edificios y podrás caminar sobre el rayo hasta mí». Pero el otro no está muy convencido y le dice: «¿Q-qué te crees? ¿Que estoy loco? ¡La apagarías cuando estuviera a mitad del camino!».

Batman, famoso por su adusto gesto (en justa correspondencia con la sempiterna mueca sonriente del Joker), se reconoce en él. Su rictus se convierte en sonrisa y, finalmente, en carcajada, y ambos, por una vez y quizá la última, rompen a reír como los hermanos de trauma que son.

Suenan las sirenas de la policía entre las ruinosas atracciones de la feria. La luz de los faros de los coches de policía bate sobre el suelo encharcado. Gotas de lluvia caen sobre los charcos formando ondas. ¡Tigre! ¡Tigre! que ardes resplandeciente / en los bosques de la noche, / ¿qué mano inmortal, qué ojo / pudo idear tu temible simetría?

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