El primero en amanecer soy yo, cuando subo hacia la torre entre las estrellas afiladas. El segundo es el gallo, remoto en la madrugada, abajo en el valle. Unos minutos después, un mirlo comienza a cantar muy cerca, en un arbusto, y, al mismo tiempo, en el estómago inabarcable de una noche que no quiere acabarse, aferrada a este lado del planeta que no ha girado todavía hacía el sol.
Me has acompañado desde los bosques de Roma, en la colina del Gianicolo, cuando en los atardeceres umbríos desperdigabas tu voz sobre el murmullo de la ciudad, abajo en la explanada. Aparecías en lo alto del ramaje avisándome con esa flauta invisible de algo que estaba ocurriendo más allá del esplendor de las ruinas y del cacareo cegador de los museos o del vino que manaba en las terrazas. Yo caminaba en la fronda respondiendo con un silbido a la elegancia bebop de tus solos. Te imitaba y luego supe que tú sabías imitar a todos los pájaros.
Eres el ave entera. La que contiene el saber de ruiseñores y zorzales y currucas. La que ha estudiado todas las partituras de la espesura para destilarlas en un licor de aire que suena solo a ti, alquimista negro, mago del pico amarillo, pues absorbes las corrientes magnéticas antes de devolverlas transformadas en una melodía rotunda, una melodía donde uno puede intuir, desnudado, el sentido del misterio.
No supe que te seguía hasta esta ermita, después de atisbarte de ciudad en ciudad, como en aquellas mañanas de domingo en que salía a pasear por un parque madrileño donde unos pocos árboles se elevan entre la marejada del tráfico. Entonces, encaramado en la pequeña isla verde, te empeñabas en ilustrarme, aunque yo nada entendía. Un mirlo, me decía, mira un mirlo, como aquellos de Roma.
Es ahora, entre las carrascas y los olivos, cuando te descifro al atardecer, cuando pongo toda mi atención en ti y me señalas lo que está ocurriendo en el interior de los cipreses y en las flores últimas de los almendros.
El espíritu está aquí, gorjeas, trabajando desde el envés de las cortezas, en el viento en el que patinan las nubes, y en el aleteo con el que te cambias de árbol. La vida es eterna en su fragilidad, traduzco, y su poder es fruto de la alternancia de desaparición y plenitud.
Y, sin embargo, no desapareces. Solo has sido discreto en el invierno para preparar esta primavera que, no es la luz tan solo, ni las nuevas yemas en las ramas viejas: es esa orquesta esencial de tu garganta, movimiento y quietud. Ahí se estaba creando el solsticio que viene.
Te va a escuchar el sol porque eres la culminación de la noche. Eres la tinta en la que baño mi cuerpo entero y que manará una y otra vez por mis pupilas y en mis dedos.
Tengo una luz negra en la punta de la lengua.


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