Manuel Puig

Hace poco estuve en París de pura vacación, paseando, visitando lugares que hacía años que no visitaba y tratando de recordar aquellas calles que, en mi vida biológica o en mi vida literaria —que a veces fueron o son la misma vida—, tuvieron una importancia fundamental. En esas rememoraciones apareció de repente La vida exagerada de Martín Romaña, la novela de Alfredo Bryce Echenique que leí hace treinta y cinco años y que tanto me impresionó y me hizo reír. Un París hilarante, desmañado y desmitificado al que deseé volver de inmediato, con esa impaciencia que la vejez apenas me está calmando, sin esperar a regresar a Madrid y releer el ejemplar que tengo en casa de la editorial Argos Vergara, donde fue publicada por primera vez la novela en 1981. Al llegar por la noche al apartamento que habíamos alquilado, cerca de la plaza de Bastilla, me lancé al Kindle, consumista, con el propósito de comprar un ejemplar digital —si puede llamarse así— y ponerme a leerlo en aquel mismo instante, en ese París lleno aún de mansardas y de luz. Pero La vida exagerada de Martín Romaña, una de las grandes novelas latinoamericanas del postboom, no existe en edición digital.

Vida exagerada-minUn par de semanas después empecé a leer Varados en Río, un libro heterodoxo e inclasificable de Javier Montes que acaba de aparecer. Entre sus muchas virtudes está la de incitar a otras lecturas: libros que llevan a libros. Habla de escritores que estuvieron exiliados —y varados— en Río de Janeiro, y uno de esos escritores es Manuel Puig, a quien yo vi una sola vez hace centenares de años en la sala Boccaccio de Madrid durante una presentación de una novela suya que no puedo recordar y a quien he leído poco. Montes encarece mucho su última novela, Cae la noche tropical, y lo hace tan sugestivamente que a las tres de la mañana me entraron ganas de empezar, con él, a leerla. Cogí de nuevo el Kindle y la busqué: no existe versión digital. En ninguna lengua. El beso de la mujer araña está digitalizado en inglés y en chino mandarín, pero no en castellano. Cae la noche tropical, en ningún idioma. Lo busqué entonces en edición tradicional (no para comprarlo, porque los libros de pulpa de celulosa prefiero comprarlos en las librerías, por placer y también por solidaridad romántica) y descubrí que sólo había a la venta ejemplares de segunda mano. Es decir, que Cae la noche tropical (y casi todas las novelas de Manuel Puig, por cierto) están obsoletas, caducadas, fuera de rango.

"Lo que se puede conseguir por cero euros nadie lo compra por diez, pero tampoco por cinco ni por dos."

¿Qué está pasando en el mundo editorial para que las cosas sean como son? O, mejor dicho, ¿qué está pasando en el mundo a secas? ¿Cómo es posible que una novela que fue bandera hace no tanto, de un autor aún vivo, y todas las novelas de otro autor que murió —en 1990— en olor de multitudes literarias, no estén en esos catálogos digitales que iban a cambiarnos la vida y a amplificar las bibliotecas hasta el infinito?

No soy apocalíptico —más bien soy integrado—, pero la primera razón es apocalíptica: la fugacidad del mundo moderno es devastadora. Nada dura: las películas se consumen en dos fines de semana de cartelera, los libros aguantan en las mesas de novedades un mes como mucho. Los productos se vuelven antiguos, obsoletos, antes de que el gallo cante tres veces. Por eso es probable que a nadie le interese ya Manuel Puig y que La vida exagerada de Martín Romaña, tan delirante, hoy ni siquiera sea nominalmente conocida por un lector joven culto.

La segunda razón es más prosaica: la piratería. Lo que se puede conseguir por cero euros nadie lo compra por diez, pero tampoco por cinco ni por dos. Componer la edición digital de un libro (de un libro ya publicado en los tiempos analógicos) exige escanear el texto, corregirlo y convertirlo a los distintos formatos. Es un proceso no muy caro (podría estar, si no me equivoco, entre los 500 y los 2.000 euros, dependiendo de la extensión del libro), pero ¿quién lo va a emprender con la certeza de que no recuperará la inversión?

Hoy ya nadie habla de la voracidad de las multinacionales culturales sanguinarias (Sony, Universal, Warner, Penguin Random House, Planeta, Paramount, Walt Disney, Metro Goldwyn Meyer) porque ha quedado manifiestamente claro que las multinacionales liberadoras y benéficas (Google, Apple, Telefónica) son mucho más perversas. Yo aún aguardo que alguien pida disculpas por las imbéciles soflamas anticapitalistas que se lanzaban hace unos años para defender la piratería. Sí se sigue sosteniendo, en cambio, contra toda evidencia, que la culpa es de la industria cultural, que no hace nada. Veremos cómo son los resultados económicos de Netflix en España. Los de Filmin ya los conocemos: desastrosos.

Mientras tanto, ese mundo idílico que nos habían prometido, en el que durante un viaje a París, a las tres de la mañana, podías ponerte a leer el libro que te apetecía con un solo clic, está resultando falso.