UNO
Cuanto más dinero gano, más juego a la lotería. Es culpa de Hacienda. El dinero es incomprensible, siempre parece que tienes poco, que ganas poco, que Hacienda te empobrece. La lotería son loterías, hay muchas y variadas y en algunas puedes creerte deductivo. La quiniela es deductiva. El Real Madrid ganará, y el Barcelona y el Atleti. Luego hay empates que parecen necesarios, y victorias a domicilio amparadas por porcentajes y estadísticas.
Lo hago en la web de Loterías y Apuestas del Estado. Es una web fantástica, teniendo en cuenta que forma parte de la administración pública española. Funciona. Una alegría que te da esta web es que, cuando te sales y vuelves, tus tentativas apostadoras permanecen. En todas las demás webs públicas, todo se borra en cuanto cambias de pantalla.
He apostado cientos de veces.
Acierto cosas.
Cuando acierto cosas, la web de LAE es muy amable, y te avisa tres veces: por correo electrónico, por SMS y en la propia web, en el apartado de mensajes. La Seguridad Social apenas te avisa cuando te pasa el cuotazo regulador de autónomos, por ejemplo.
Entonces llega ese aviso, primero por email. Dice “Apuesta premiada”, y hay tanta palabrería en el título y en el cuerpo del mensaje que tu conocimiento del premio no puede ir más allá de su simple existencia. Entonces pinchas y has ganado 4 euros.
Sin embargo, puedes no pinchar, puedes contemplar el mensaje de “Apuesta premiada” durante algunos minutos, algunos días o la vida entera. Mientras no pinches, has ganado 1 millón de euros. Tampoco estarían mal treinta mil.
Me recreo a veces no pinchando, cuando llega ese mensaje que suele saldarse con 4 euros (tres aciertos en la Bonoloto). Mi ignorancia es millonaria, mi paciencia me pone a la altura de Amancio Ortega, un día bueno que tenga. La lotería se juega para soñar, y está muy bien pensado que los premios se anuncien con tanta cautela y tanto misterio, pues mientras no abras el mensaje, hay un sueño tan vívido que lo puedes tocar con la punta de los dedos. Es como si jugaras la lotería de la lotería, a cara o cruz.
*
DOS
Compro un periódico porque incluye un cuadernillo de articulistas famosos. Es el ABC. Hace años que no compro prensa escrita, y llevar por la calle un periódico en la mano tiene algo de volver de un mercadillo, una ferretería o el Rastro. Leo en el cuadernillo los artículos de hace décadas, firmados por señores muy de derechas. El propósito de la compra no iba más allá, pero el ejemplar corriente de ABC me tienta un instante, y lo abro.
Paso dos o tres páginas, y me canso. Soy incapaz de entrar, estar o leer. El periódico, de unas sesenta páginas, me resulta inaccesible, un poco como muchos papeles juntos llenos de cifras que alguien se hubiera olvidado en un banco. La obligación de alzar una a una las páginas se vuelve disuasoria, la linealidad de esta gimnasia, el exceso de letras, el tiempo secuestrado. Estoy echado a perder como lector de periódicos. Como estudiante que debe seguir sentado en su pupitre.
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TRES
Se cae mi hijo de lo alto de un castillo en el parque. No lo veo caer, pero lo oigo caer. Llora estrepitosamente. El castillo es una estructura de madera con un pasaje transversal de cuerdas trenzadas. Se ha caído desde ahí, desde las cuerdas, deduzco. Es una caída desde metro y medio de alto.
Cuando los niños lloran es mejor que cuando no lloran. Da menos miedo.
Pero miedo da.
Corro hacia él y lo encuentro tirado en el suelo, llorando y quejándose de dolor en el pecho. Lo que sigue: ambulatorio, taxi, Urgencias Pediátricas (tengo tiempo en medio del sofoco de considerar muy desacertado el nuevo nombre de las Urgencias Infantiles). Revisiones. Esperas. Scanners. Todo bien y para casa. Tres horas en el hospital.
Después de un puñado de desgracias mayores, sé que a nadie le importa lo que te pasa. Pero si casi te pasa algo, importa todavía menos. La desgracia esquivada se narra a su conclusión, y el propio hecho de estar narrándola desactiva cualquier solidaridad. Casi me estrello contra un camión en la carretera, por ejemplo. No te has estrellado, porque está aquí contándomelo. Hay que hacer un gran ejercicio de empatía para entender de verdad el susto que se ha pegado alguien que casi muere en un accidente en la carretera.
Sin embargo, lo peor siempre ha sucedido, durante un instante. Hay un territorio donde la adversidad no ha completado su dibujo, y uno realmente afronta el más funesto de los escenarios. Mi hijo, en el suelo, después de caerse de una altura muy peligrosa, podía tener algo grave. Cuando lo cogí en brazos, estaba desmayándose. Ese momento es el peor de la vida, y luego dejó de serlo. Pero cuando lo vi desmayarse, casi desmayarse, en mis brazos, no sabía que la caída no era nada.
Esto quiere decir que experimentamos grandes desgracias también cuando no suceden. En medio de la ambigüedad, todo es igual de terrible. Entonces uno puede observar cómo reaccionaría en una gran desgracia verdadera.
Cuando a uno de mis hijos le duele la tripa por la noche, yo no sé qué tiene. Sólo sé que la tripa puede doler por muchos motivos, y normalmente el dolor se disipa. Sin embargo, cuando le duele mucho, muchísimo el vientre, entras en especulaciones más aparatosas. ¿Qué sabe uno? No he sufrido apendicitis, ni he visto a nadie quejarse por lo que luego fue apendicitis; por lo tanto, si mis hijos tuvieran apendicitis, yo no sabría si la tienen o no. Es verlos sufrir demasiado lo que me da alguna pista. Pero ¿cuánto es sufrir demasiado?
Por eso yo creo en el padre exagerado, la madre pesimista, apuntar alto en la sospecha. En medio de la angustia, no hay manera de calibrar sus contornos, su gravedad o ligereza. Todo es gravísimo y anodino al mismo tiempo, y nadie sabe nada.


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