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El oráculo imprudente (Arresto domiciliario 96)

El oráculo imprudente (Arresto domiciliario 96)

Hay dos tipos de diarios: secretos e indiscretos. De más está decir, Cuarentenario, que perteneces al segundo grupo, puesto que la presente clasificación es menos un asunto de contenido que de almacenaje. Como supongo que será evidente, nada debe de hacer a un diario más secreto que su presunta naturaleza escabrosa, aunque sigo pensando que hace falta ser bruto para contarle a una hoja de papel –y no digamos a un archivo electrónico– las cosas que ningún otro mortal tendría que saber. Ahora, con tu permiso, me pondré en el lugar del monstruo subrepticio.

Si anduviera por ahí estrangulando gente, o tuviera a mis padres encadenados en un sótano lóbrego, haría cualquier cosa menos escribirlo. Y no sólo por el peligro implícito que semejante prueba supondría en las manos de cualquiera, sino porque además el acto de escribir me obligaría a hacer reflexiones incómodas en torno a las extremas monstruosidades que ya me había enseñado a ver como normales. Tener que poner orden en pensamientos de por sí aterradores me empujaría a radicalizarme, pues si hasta ayer obedecí a mis peores instintos –o al Espíritu Santo, o a Satán, o a mis voces internas, es igual– ahora he de darle voz al raciocinio, que de por sí es tramposo y tiende a coquetear con los abismos. Contra lo que suponen algunos falsos doctos, la escritura no está ahí sólo para decir lo que uno cree saber, como para indagar lo que aún no sabe. ¿Qué más querría saber sobre sí mismo quien trabaja ganándose cadenas perpetuas?

"La escritura no está ahí sólo para decir lo que uno cree saber, como para indagar lo que aún no sabe"

Más que un autorretrato, el diario quiere ser una radiografía y le sobran los medios para conseguirlo. Puede que por ahora no te cuente de las ambulancias cuyos aullidos llegan de allá afuera, pero igual la ansiedad acumulada encontrará la forma de manifestarse, como incluso el secreto mejor guardado va dejando a su paso huellas que no por más etéreas y sutiles son menos delatoras. ¿No es la ficción, por cierto, un secreto imperfectamente almacenado? Ya la pura elección de un ángulo específico para contar las cosas lo deja a uno a merced de los rayos equis.

Un diario no es un álbum de recortes, de antemano creado para ejercer la improductiva perversión de la nostalgia. Nadie te garantiza que al cabo de veinte años lo releas y no experimentes aquel viejo sonrojo que hacía insoportables ciertos momentos de la pubertad. Dirás que te escribo esto porque ayer me atreví a abrumarte con un ya-no-fragmento-de-novela, cual si fueras un álbum de recortes donde lo mismo caben servilletas que tarjetas postales que poemas de amor, pero puedes creerme que no ha sido así. Claro que en tu lugar yo trinaría de celos contra ese libro inmundo que llegó antes que yo y ya debía haberse ido a la imprenta, pero es bueno que sepas que hace días me fui a vivir allí y muy difícilmente pasan por mi cabeza otros asuntos. Si digo que es mi libro es porque yo soy suyo, como tú eres mi diario y mi correclusa es mi correclusa y aquí estoy a las órdenes de los tres, ya comenzando a hablarle a la pared con el pretexto de que tengo un diario. Así que ya lo sabes: ¡Shhh!

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