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El ‘otoño alemán’ de Stig Dagerman

El ‘otoño alemán’ de Stig Dagerman

Otoño de 2022

Einstein decía que ignoraba cómo iba a ser la tercera guerra mundial, pero que estaba seguro de que la cuarta se libraría con palos y piedras. Y precisamente ahora, en este otoño de 2022, puede que estemos más cerca que nunca de averiguar cómo podría ser esa tercera guerra. El señor Putin parece empeñado en darnos respuesta a esa incógnita y hacernos sentir la angustia y el miedo de llegar a conocerla. De momento, en Ucrania reinan la muerte y la destrucción, y afrontan la perspectiva de los meses más duros de su historia; en los países pobres, se cierne la amenaza de la hambruna por desabastecimiento de grano; en el resto de Europa, las autoridades recomiendan a los ciudadanos, en especial a los de Europa Central, y más en especial a los alemanes (son mayoría y están peor abastecidos de combustible para combatir el frío), que este otoño de 2022 y el subsiguiente invierno se aprovisionen de edredones y mantas para estar en casa con la calefacción reducida al mínimo posible. En el otoño de 1946 los dos objetos de deseo de la población alemana eran las patatas y el carbón, porque se pasaba mucha hambre y mucho frío. Han transcurrido desde entonces 76 años y la historia insiste con terquedad en querer repetirse. Y, lo peor, no es descabellado considerar que ese otoño de la inmediata posguerra alemana sea un aceptable purgatorio en comparación con lo que tendríamos después de una tercera guerra mundial de la que Einstein decía desconocer sus particularidades. El escritor sueco Stig Dagerman (1923-1954) nos da testimonio de ese purgatorio en su libro Otoño alemán.

Otoño de 1946

En ese otoño de 1946, año y medio después del final de la Segunda Guerra Mundial, Stig Dagerman fue enviado a Alemania por el periódico sueco Expressen con el encargo de tomar el pulso a la realidad sobre el terreno y escribir acerca de las consecuencias de la guerra en el país vencido. El resultado fueron trece artículos, recopilados en el citado libro Otoño alemán (1947) y considerados una obra maestra del periodismo literario, que dieron a conocer a Dagerman al gran público y lo consagraron como un escritor excepcional. Tenía entonces sólo 23 años y ya estaba reconocido internacionalmente como un brillante narrador gracias a las novelas La serpiente (1945) y La isla de los condenados (1946), y al libro de relatos Los juegos de la noche (1946).

"Dagerman, que había afrontado y analizado la guerra como novelista, intelectual y activista político con seriedad y brillantez, se siente golpeado por una realidad que, a su juicio, pone en su sitio su trabajo anterior como analista"

Para un escritor como Dagerman, la guerra era ya un tema central en su obra antes de viajar a Alemania. No sabemos qué expectativas tenía o qué idea o imagen se había hecho de lo que se pudiera encontrar en aquella Alemania, pero el impacto que le causó lo que vio pareció superarlo con creces, a juzgar por el posterior desarrollo de su vida y su carrera literaria. Seguro que estaba bien informado, que sabía que sólo el último año de la guerra había costado la vida a 660.000 civiles masacrados por los bombardeos en alfombra de los aliados, que muchas ciudades alemanas quedaron reducidas a escombros, que buena parte de las infraestructuras del país habían sido destruidas y que los alemanes lo estaban pasando mal, muy mal; además, su esposa era una alemana refugiada en Suecia con el fardo de la desdicha de su país envenenado por el nazismo. Pero esto era información sobre una realidad de la que aún no había sido testigo (Suecia, como país neutral, no se vio especialmente afectada por la guerra). Sin embargo, había una realidad de la guerra que sí había sufrido, le había interesado el ánimo como una cornada, hasta el extremo de que sus dos novelas publicadas antes de su viaje a Alemania están marcadas por la la angustia y el temor derivados de la guerra. En La serpiente da cuenta de esa angustia, experimentada por varios personajes jóvenes especialmente preocupados por el conflicto que estaba asolando Europa; La isla de los condenados (1946) es una fantasía de acabamiento de carácter simbólico donde la angustia es asumida por los personajes, náufragos en una isla, como la única dieta espiritual de que disponen. Y por supuesto, esa angustia no tiene nada de romántica, como algunos críticos la tildaron en La serpiente y el mismo Dagerman desmintió: “Para mí, que soy […] un analista de la angustia, ha sido necesario […] encontrar una solución dentro de la cual cualquier máquina social pueda funcionar sin tener que recurrir a la angustia o al miedo como fuentes de energía. […] Mientras que el romántico hace suya la angustia con fatal alegría” 1. Estas palabras son las del escritor y anarcosindicalista, convencido de que el Estado es la causa de algunos de los peores males de la Humanidad, entre ellos la guerra.

Dagerman, que había afrontado y analizado la guerra como novelista, intelectual y activista político con seriedad y brillantez, se siente golpeado por una realidad (consecuencia de la guerra) que, de alguna manera, a su juicio, pone en su sitio su trabajo anterior como analista. Y esa realidad era tan simple como el hambre y el frío. Ha analizado la angustia con recursos retóricos de primer orden, ha indagado en el alma humana hasta la médula con las herramientas del existencialismo y, cuando se ve en un sótano alemán con el suelo cubierto por un palmo de agua y habitado por varias familias con niños que son enviados por sus padres a la calle en busca de comida… qué: Pequeño hombre, ¿y ahora qué? 2, podría haberse preguntado, parafraseando el título de una novela de Hans Fallada escrita en los albores del nazismo. Por supuesto no sólo el hambre y el frío, pero sí prioritariamente, porque hasta las más sublimes aspiraciones quedan reducidas a nada cuando se tienen hambre y frío. Durante los meses que estuvo en Alemania le llegaban elogios encendidos de la crítica de todo el mundo sobre La isla de los condenados, publicada unos meses antes, elogios a los que él responde mientras ve la desdicha en la cuenca del Rhur: “Quería morir de vergüenza, pero ni siquiera eso era posible” 3. La realidad impacta con la visión interior produciendo una fractura.

Lo que vio Dagerman en el Otoño alemán

El lector actual poco advertido quizá podría caer en la tentación de acercarse a la lectura de Otoño alemán con la idea de encontrarse el milagro alemán en marcha, o al menos la puesta en marcha de ese milagro alemán del que tanto se habló en las décadas de los 50 y 60 y puso los cimientos de lo que hoy es la locomotora de Europa. Después de todo, ya había transcurrido más de año y medio del final de la guerra, tiempo de sobra para que se hubieran movilizado los recursos suficientes y el visitante ya se encontrara hecho parte del trabajo de retirada de escombros y viera un paisaje urbano de excavadoras, hormigoneras y grúas en pleno proceso de reconstrucción. Obreros en plena actividad. Gente yendo y viniendo en atareado ajetreo vital. El pleno fragor reconstructivo cuya sola visión alegra el espíritu del derrotado como pocas cosas, pues la reconstrucción forma parte de la superación del pasado traumático. Una visión mínimamente esperanzadora.

"Durante los meses que Dagerman permaneció en Alemania, auscultó lo quedaba de corazón en el Tercer Reich derrotado: un latido de vida alimentada por un instinto de supervivencia apenas un poquito más fuerte que la indiferencia pura"

En lugar de eso, lo que el lector se encuentra a través de la mirada de Dagerman son los efectos de un Armagedón que no culminó su propósito, una Alemania congelada en el mismo primer día de posguerra, salvo por las ruinas humeantes y los cadáveres abandonados. Ahora las ruinas ya no humean, pero siguen siendo las mismas ruinas, y una vez retirados los cadáveres, queda la gente, que bien podría calificarse de cadáveres andantes. Año y medio después del final de la guerra, los vencidos están aún más vencidos y aseguran pasar más hambre y más frío que con Hitler, y Dagerman debe reconocer, con esa sensibilidad suya que prioriza lo humano, que no sólo tienen derecho a expresar esa queja como realidad arrojadiza contra las fuerzas militares aliadas de ocupación, sino que además tienen razón: “Ahora comen dos rebanadas de pan al día, mientras que con Hitler comían cuatro” 4.

Durante los meses que Dagerman permaneció en Alemania, auscultó lo quedaba de corazón en el Tercer Reich derrotado: un latido de vida alimentada por un instinto de supervivencia apenas un poquito más fuerte que la indiferencia pura: “Piensan que tienen tan pocos motivos para vivir que sólo es la sensación de tener aun menos para morir lo que los mantiene con vida” 4.

Recorrió el país mezclado con la gente en trenes atestados de viajeros, trenes sin ventanillas y viajeros sin esperanza; trenes que llevaban al país refugiados hambrientos del Este, o alemanes del norte expulsados por alemanes del sur, o alemanes de la ciudad de viaje al campo en busca de patatas o carbón, o simplemente alemanes que iban de un sitio a otro con la esperanza de que la ruina que fueran a encontrarse no fuera tan ruinosa como la que dejaban atrás. Convivió con familias instaladas en sótanos inundados donde las ratas corrían y nadaban bajo la amenaza de acabar ensartadas en un espeto puesto al fuego, o familias que habían convertido los urinarios públicos en sus hogares. Asistió a las pantomimas de los juicios de los tribunales de desnazificación, que ofrecían al ciudadano un entretenimiento tan bueno o mejor que el teatro, y además gratuito. Visitó las grandes ciudades alemanas, casi todas reducidas a escombros (Essen, Hamburgo, Colonia, Múnich, Núremberg, Francfort, Düsseldorf, Hannover, Berlín), e hizo de la ruina un leitmotiv que, a fuerza de intención descriptiva y de variación, acaba convertida en imagen literaria de notable belleza, como lo es para el pintor de Hannover: “Hay montones de casas feas que se han convertido en bellezas después de los bombardeos” 4. En especial le atraen algunas ruinas humanas, como la guía alemana de origen judío, un trasunto de su propia esposa que tuvo que abandonar España tras la victoria de Franco: “Es una mujer fuerte y amargada que perdió todo cuanto tenía durante el bombardeo de Hamburgo; la fe y la esperanza las perdió durante el bombardeo de Guernica. […] Estas personas son las ruinas más bellas de Alemania” 4. Fue testigo de la primera campaña electoral de posguerra, en la que los partidos se afanaban inútilmente en perforar la coraza de indiferencia de un electorado hambriento. Una evocación particularmente interesante es la del mitin que el prestigioso líder socialdemócrata Schumacher dio en la Königsplatz de Múnich, uno de los espacios simbólicos más siniestros del nazismo, y que da pie a un análisis sobre uno de los mayores problemas de Alemania: la fragilidad del límite entre reivindicaciones justas de intereses nacionales y el nacionalismo encarnizado que llevó al país a la ruina.

"Habló y confraternizó con personas de todas las clases, edades y colores, y vio que, por encima de las diferencias sociales, políticas o de cualquier otro tipo, todas estaban fuertemente unidas por un vinculo: el del sufrimiento"

Pero no sólo había indiferencia, también había un número sorprendente de personas dispuestas a aceptar cualquier cosa para sobrevivir. Así, vio con tristeza que la realidad de gran parte de la juventud alemana eran el mercado negro y las bandas de atracadores. Que el mercado negro o el robo eran la única opción de supervivencia de muchos ciudadanos. Que las jóvenes y no tan jóvenes alemanas se veían obligadas a pintarse los labios para los soldados aliados a cambio de un poco de comida. Constató que, incluso cuando todo el mundo pasa hambre, se mantiene la injusticia de la diferencia entre las dos clases sociales imperantes: la de los pobres y la de los menos pobres. Tomó el pulso a la política, el comercio, la economía, el arte, la literatura, la educación y otros aspectos de la vida pública y privada de los alemanes con agudeza y sensibilidad. Habló y confraternizó con personas de todas las clases, edades y colores, y vio que, por encima de las diferencias sociales, políticas o de cualquier otro tipo, todas estaban fuertemente unidas por un vinculo: el del sufrimiento, el puro sufrimiento, un sufrimiento que incluso algunos cultivaban como vindicación de la grandeza del pueblo alemán.

La culpa y el castigo

Pero por qué infligir ese sufrimiento a una población que llevaba ya varios años padeciendo los espantosos tormentos de los bombardeos “que todavía perviven [en cada uno de los habitantes de las grandes ciudades] en forma de amargura, histeria, tedio existencial y ausencia de amor” 4. Los aliados, y también no pocos alemanes, lo justifican como castigo por su nazismo, por su complicidad en la crueldad alemana iniciada con los bombardeos de Conventry. Dagerman considera esa prolongación de la crueldad como jurídicamente injustificable “puesto que la miseria alemana es colectiva, mientras que la crueldad alemana, a pesar de todo, no lo fue” 4. Y esta es otra cuestión capital que aborda el libro con la sensibilidad que caracteriza a Dagerman: la de la culpa colectiva alemana, que todavía hoy se sigue debatiendo y dando lugar a estudios. Dagerman niega la mayor al juzgar imposible que esa culpa pueda ser colectiva. (¿Los aliados pretendieron emular al Dios bíblico que no encontró suficientes justos en Sodoma y Gomorra para librar a estas ciudades de la destrucción?)

"En opinión de los comunistas, la desnazificación se tenía que haber hecho en 1945, cuando los soldados rechazados del Este y los prisioneros liberados de los campos de concentración quisieron hacer una revolución anti-nazi. Pero los aliados lo último que querían era una revolución"

Piensa que la obsesión de los aliados por la erradicación del nazismo de la población alemana muestra una mentalidad poco seria, pueril e hipócrita (ahora se sabe que también fue cínica: reclutaron a numerosos técnicos, científicos y militares nazis culpables de verdad, algunos de ellos criminales en toda regla, para aprovecharse de sus conocimientos). Los juicios de Núremberg ya se habían celebrado y los declarados culpables habían sido ejecutados o encerrados. Numerosos militares, funcionarios y partidarios declarados estaban prisioneros en campos de concentración, como Günther Grass y el ex-papa Ratzinger, quienes además de estar prisioneros en el campo de Bad Aiblin (Baviera), eran alimentados con la dieta de castigo Morgenthau, de menos de 900 calorías diarias, lo que los llevó a pesar 45 kilos. (Tenían entonces 18 años; Grass estuvo enrolado en las Waffen-SS, la rama militar de la SS, los últimos cuatro meses de la guerra. Ratzinger había pertenecido a las Juventudes Hitlerianas. Grass da cuenta de este episodio en Pelando la cebolla 5).

En las páginas en que aborda la cuestión de los tribunales de desnazificación (los célebres Spruchenkameran que para la población ejercían una atracción de doble filo), donde se juzgaban los casos de sospechosos de nazismo (los colaboracionistas, llamados Mitläufer, compañeros de viaje de Hitler), que fueron una parte considerable de los ciudadanos del Tercer Reich, se leen algunas de las anécdotas más curiosas derivadas de esa obsesión. Los acusados se enfrentaban a penas que iban de una multa de unos cientos de marcos a dos o tres meses de cárcel. Todos llevaban a varios judíos (previamente comprados con una gratificación) como testigos de su inocencia. Y por supuesto si los acusados estaban protegidos por las autoridades de ocupación, eran absueltos, como en los casos de los señores Siner y Walter, verdaderos colaboradores del régimen nazi. Más sangrante aun es el del fiscal de uno de estos tribunales que previamente había sido fiscal nazi y que se había aprovechado de su condición para enriquecerse. En opinión de los comunistas, la desnazificación se tenía que haber hecho en 1945, cuando los soldados rechazados del Este y los prisioneros liberados de los campos de concentración quisieron hacer una revolución anti-nazi. Pero los aliados lo último que querían era una revolución.

Quizá lo más interesante a este respecto es el argumento que esgrime Dagerman sobre la cuestión de la culpa colectiva: “Lo importante en el momento de la verdad es el reconocimiento del principio del deber de obediencia [al Estado]. Cuando este principio ha sido reconocido, se ve pronto que el Estado que exige obediencia dispone de medios para obligar a la obediencia incluso en los casos más repulsivos. La obediencia al Estado no puede ser objeto de distinciones” 4. El argumento puede ser discutible, en especial en los casos extremos, pero el anarcosindicalista Dagerman no era precisamente sospechoso de ser un defensor del Estado.

Literatura y sufrimiento. Una sensibilidad

El último capítulo del libro, “Literatura y sufrimiento”, lo dedica a los artistas y poetas que ha conocido este otoño alemán, “y no porque pasaran más hambre o sufrieran más que otros, sino porque tenían conciencia de las posibilidades del sufrimiento, porque habían intentado medir la distancia entre el arte y el sufrimiento” 4. Dagerman ambienta sus meditaciones durante el viaje en el avión que despega de Hamburgo, sobrevuela Alemania y se va alejando del país, quizá como imagen de la distancia que hay que poner entre lo que ha visto y lo que escribe o va a escribir.

"El analista, el narrador puede dar sus propias respuestas a esos misterios, pero no puede saber si son acertadas o no: tiene que limitarse a dejar constancia de ellos, y es en su forma de dar cuenta de ellos donde revela toda la emoción y la tragedia"

Uno de los riesgos del acercamiento al mal y al sufrimiento que ocasiona es el de caer en la obscenidad. Dagerman tiene un encuentro con un matrimonio alemán al que cede el protagonismo al final de libro. Los dos esposos han estado prisioneros en sendos campos de concentración. La mujer se jugaba la vida por pertenecer a un Rilkegruppe que se reunía en una esquina del campo para recitar poemas de Rilke. El marido estuvo ocho años en Dachau y su estado físico es lamentable: con el pelo blanco y su andar tambaleante, aparenta veinte años más de los que tiene. Una imagen viva de las consecuencias de la crueldad y el sufrimiento de los que ella quiere escribir. No considera relevante escribir sobre su propio sufrimiento, sino del de su marido. Está obsesionada con ello. El marido no entiende o no quiere entender por qué, y no le cuenta nada. Después de un año, todo lo que ella ha conseguido que le cuente el marido es la experiencia terrible de haber tenido que estar dos días con sus noches, junto con el resto de los prisioneros, de pie, a la intemperie, bajo una lluvia torrencial, porque había habido una fuga. “El que no aguanta está perdido” 4. Cuando capturan al fugado y lo traen de vuelta al campo, le atan un enorme tambor al cuerpo y le obligan a tocar su propia marcha fúnebre marchando ante los prisioneros durante horas. “A media noche cae al suelo y esa es la última vez que lo ven. […] Es un episodio terrible, pero no basta para un libro, y ella nunca conseguirá saber nada más. El sufrimiento ya se vivió, ahora debe dejar de existir. Este sufrimiento era sucio, repugnante, bajo y mezquino, y por tanto no se debe hablar ni escribir sobre él. La distancia entre la obra literaria y este sufrimiento extremo es demasiado corta; solo cuando el tiempo lo haya purificado será hora de hablar de él. Y, sin embargo, esta mujer sigue esperando, cada vez que se encuentra a solas con su marido, poder oír las palabras que le den fuerza para mojar la pluma en el sufrimiento” 4.

Es significativo a este respecto que haya elegido como final la experiencia de estos dos esposos. Cada uno de ellos acarrea un pesado secreto en su alma, un misterio que no quiere desvelar: el esposo, el de su sufrimiento en el Lager, del que no quiere hablar; la esposa, el misterio del porqué de su empeño en escribir sobre el sufrimiento de su marido. El analista, el narrador puede dar sus propias respuestas a esos misterios, pero no puede saber si son acertadas o no: tiene que limitarse a dejar constancia de ellos, y es en su forma de dar cuenta de ellos donde revela toda la emoción y la tragedia: que la comunión espiritual con el otro es un anhelo tan necesario como imposible de satisfacer.

"Esa hermosa objetividad supone para Dagerman dar prioridad siempre a lo esencial del ser humano, es decir, a aquello que lo caracteriza como tal y sin lo cual queda despojado de humanidad"

Desde el punto de vista formal, destacan la sensibilidad y la habilidad de Dagerman para dar con la distancia justa entre el hecho y su reconstrucción, entre la realidad y su representación, entre la emoción y su expresión. ¿Cuál es esa distancia? La distancia que permite el respeto de quien mira por lo que ve y a la vez la implicación en ello. Dagerman no da muchas pistas de sus sentimientos ante la desdicha que presencia: por un lado, no son sus sentimientos los que debe plasmar, él no es quién para ponerlos a la altura de los que ve; por otro, no puede permanecer al margen del sufrimiento ajeno. La opción narrativa es la llamada “hermosa objetividad” con que escribió este libro, a juicio de Graham Greene: “En lugar de frases emotivas, se sirve de una selección de hechos con los que, a modo de ladrillos, construye emociones” 4. Justo al principio del libro habla de las condiciones en que vive la gente, que son tachadas por los observadores foráneos de indescriptibles, un adjetivo que Dagerman rechaza de plano porque “indescriptible” es lo que no se puede describir por ser tan extremo o exagerado, y reclama de quien escucha que ponga su imaginación al servicio de una emoción extra propia por la vía retórica de una adjetivación exagerada. Dagerman, en cambio, dice lo justo: “La carne de dudosa procedencia que de alguna forma consiguen procurarse […] no es indescriptible: es absolutamente repugnante” 4.

Esa “hermosa objetividad” supone para Dagerman dar prioridad siempre a lo esencial del ser humano, es decir, a aquello que lo caracteriza como tal y sin lo cual queda despojado de humanidad. Y al encontrarse una colectividad deshumanizada por la vía del sufrimiento, y además como castigo, todo lo que puede hacer es dar testimonio de ello con la menor contaminación posible de efectos, con imágenes claras, con ironía e incluso con humor negro, pero también dejando su propia imaginación en ese interregno de intimidad donde el juicio queda en suspenso por la misma razón que hay experiencias que no se pueden compartir. Así, mientras el avión se eleva por encima de Fráncfort y del sufrimiento alemán, “un pensamiento más que cualquier otro se apodera del viajero: ¿cómo sería tener que quedarse, tener que pasar hambre todos los días, tener que dormir en sótanos, tener que luchar en todo momento contra la tentación de robar, tener que tiritar siempre de frío, tener que sobrevivir constantemente a las peores experiencias? […] Empezamos a sobrevolar el mar y desde este suelo de mármol movedizo hecho de nubes y de luna, nos despedimos de esta Alemania otoñal, helada hasta la médula” 4.

La estrella breve de Stig Dagerman

Stig Dagerman nació en Älvkarleby, una población rural cerca de Estocolmo (1923), y murió en la ciudad de Enebyberg (1954). Hijo y nieto de obreros anarcosindicalistas, cursó escasos estudios formales y desde su adolescencia estuvo vinculado a la organización sindical sueca Sveriges Arbertaren Centralorganisation (SAC), en cuyo periódico, Arbentaren, comenzó su actividad literaria bajo la influencia del periodista Albert Jensen. Con sólo 20 años escribió su primera novela, La serpiente (1945), reconocida por la crítica internacional y traducida a numerosos idiomas; a ésta siguió la Isla de los condenados (1946), calificada de obra maestra del simbolismo y como “la fortaleza volante de la problemática de los años cuarenta” 6. Su precocidad literaria y la brillantez de su escritura le valió ser considerarlo el niño prodigio de las letras escandinavas. Su escritura estuvo influida por los novelistas americanos y europeos de la década de 1920. Figuras como Camus, Malraux, Steinbeck, Faulkner o Hemingway, con quienes mantenía correspondencia, lo celebraron como uno de los grandes. Pero su estrella fulguró apenas cuatro años, de 1945 de 1949, en los que escribió toda su obra: cuatro novelas, cuatro obras de teatro, un volumen de cuentos y numerosos poemas, artículos y ensayos. Transcurrido ese tiempo, se apagó y sólo emitió el destello de una breve obra maestra del autoanálisis titulada Nuestra necesidad de consuelo es insaciable… (1952), que puede considerarse su testamento vital y una carta de despedida escrita antes de su suicidio, tras cinco años de silencio conviviendo con la depresión y la incapacidad de reencontrar su veta creadora. “Ya no puedo hacer nada: no puedo escribir, ni reír, ni hablar, ni leer. Me siento completamente fuera de juego. […] No sé por qué vivo. No veo fin a esta acumulación de días ridículos” 3. Escribió a una amiga poco antes de morir.

"Como si la experiencia vivida durante el otoño alemán de 1946 le hubiera obligado a reconocer la inutilidad de la cultura frente a la barbarie desatada por las furias"

Federica Montseny, amiga de Dagerman, escribió una emotiva semblanza del escritor poco después de su muerte. En ella se pregunta el porqué del suicidio de un hombre, de tan solo 31 años, que lo tenía todo. Y escribe: “Su sensibilidad de niño no pudo hacer corteza” 1.Este comentario conmovedor de la entonces ex ministra española hace alusión a uno de los rasgos más relevantes del escritor, ya mencionada aquí: su extraordinaria sensibilidad, anteriormente mostrada en su obra al tratar la angustia y el temor causados por la guerra, y que con la experiencia del otoño alemán quedó profundamente impresionada. El escritor Per Olov Enquist alude al choque de esas dos experiencias como lo que ocasionó el conflicto del que finalmente no pudo salir airoso. Tras Otoño alemán hubo un año de silencio que Olov Enquist califica de agujero negro. “Después de Alemania, la alegría de escribir ya no estaba” 3, escribe Dagerman a su editor. Durante ese tiempo el tema del suicidio ya debía de estar en su cabeza, pues después se refugia en un pueblo de la Bretaña francesa y en seis semanas escribe la novela Niño quemado (1948), la más leída y su mejor obra para el canon actual. En ella se plantea el suicidio como solución a la vergüenza de vivir “en el país de los perros pequeños, [donde] la indecencia es peor que la inmoralidad. Ahí donde no se sabe que sólo hay una cosa inmoral: querer hacerle daño a alguien conscientemente” 3. Esta obra, sencilla, realista, pura, conmovedora y misteriosa sobre un adolescente que ha perdido a su madre, muestra una realidad completamente alejada de la visión simbolista y existencialista de sus obras anteriores. Como si la experiencia vivida durante el otoño alemán de 1946 le hubiera obligado a reconocer la inutilidad de la cultura frente a la barbarie desatada por las furias y el escritor se viera necesitado de volver la mirada a la realidad inmediata como materia de transmutación artística. Pero el reconocimiento es a regañadientes, y la angustia que antes “campaba a su anchas en su literatura, se queda encerrada en su pecho como un negro depredador” 3, en palabras de Lasse Bergström. Y el negro depredador debió de comenzar su trabajo de zapa tras Complicaciones nupciales (1949), su última novela, después de la cual no pudo concluir ninguno de los proyectos que comenzó.

Para alguien como Dagerman, con anhelos de absoluto y de libertad, y a la vez consciente de la imposibilidad de satisfacerlos por las vías religiosa, intelectual o política, la incapacidad artística en la que acabó sumido debió de ser la puntilla.

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"La lectura de Otoño alemán es un recomendable aviso a navegantes en este proceloso mar de la actualidad bélica. Cómo fue posible la deriva que llevó a Alemania a su autodestrucción sigue siendo objeto de estudio"

Para completar el cuadro hay que mencionar el papel de la política en la vida de Dagerman. Su ideal político fue uno de los engranajes del mecanismo de la conciencia del escritor: en él basaba la posibilidad de ser libre. Convencido de que la superestructura del Estado es la responsable de parte de grandes males del hombre, de sus neurosis derivadas de la coerción y falta de libertad, siempre fue fiel a las ideas anarcosindicalistas, que propugnan las micro colectividades autónomas. Ellas podrían ser el elemento que el ser humano pudiera dominar, “como Thoreau dominaba el bosque de Walden” 1, y así conseguir la libertad. Un ejemplo que admiraba mucho fueron las colectividades de Aragón y Cataluña. Su primera esposa, Annemarie Götze, había vivido en España hasta la derrota de la República y las había conocido personalmente. Sin embargo, era consciente de la dificultad de hacer funcionar una sociedad anarquista con el modelo económico del sindicalismo, y consideraba que su aportación política como escritor no podía ser más que simbólica: “[…] el modesto papel de gusano de tierra en el humus cultural que, sin él, quedaría estéril a causa de la sequía de las convenciones” 1. “Pero ser militante político de lo imposible […] es, a pesar de todo, un papel que me satisface a la vez como ser social, como individuo y [como escritor]” 1. Un consuelo del que quedó despojado con su atasco creativo y que le llevó a la conclusión de que “el suicidio es la única prueba de la libertad humana”, como declara en Nuestra necesidad de consuelo es insaciable…, escrito poco antes de un intento fallido de quitarse la vida. En esta obra, en la que aborda el suicidio (como si siguiera la pauta de que es la única cuestión filosófica importante, a la que alude Albert Camus en El mito de Sísifo), expone su situación anímica, intelectual y artística, y disecciona con precisión quirúrgica las causas por las que su vida es un desconsuelo, hasta llegar a una siniestra paradoja: si no se puede vivir con libertad “en las formas congeladas de nuestra sociedad, [donde] el suicidio es la única prueba de la libertad humana” 1, entonces “el garaje, las puertas cerradas y un coche en marcha” 3.

La lectura de Otoño alemán es un recomendable aviso a navegantes en este proceloso mar de la actualidad bélica. Cómo fue posible la deriva que llevó a Alemania a su autodestrucción sigue siendo objeto de estudio. Lo cierto es que en unos pocos años una banda de criminales logró adueñarse del poder del Estado y llevó al país a su destrucción, con la complicidad de parte de su propio pueblo. Otoño alemán, al mostrarnos esa destrucción en una sociedad que había alcanzado las más elevadas cotas culturales, económicas, sociales, tecnológicas y científicas, nos pone ante los ojos la fragilidad de los “grandes logros” de nuestras democracias y sociedades acomodadas. Que nuestros tataratataranietos sobrevivientes de la tercera guerra mundial salgan de las cavernas para protagonizar una cuarta guerra con palos y piedras, como una versión inversa de 2001: Una Odisea en el espacio, no es una fantasía muy consoladora, y por desgracia tampoco es improbable.

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REFERENCIAS

[1] Nuestra necesidad de consuelo es insaciable…, de Stig Dagerman; editorial Pepitas de calabaza, Logroño, 2021; traducción del sueco de José María Caba. Anexos: “Stig Dagerman, un escritor anarquista”, de Marc Tomsin; “El anarquismo y yo”, de Stig Dagerman, 1946; “Stig Dagerman o la tragedia del genio”, de Federica Montseny, 1954.

[2] Pequeño hombre, ¿y ahora qué?, de Hans Fallada; editorial Embolsillo, Madrid, 2012; traducción de Rosa Pilar Blanco.

[3] Niño quemado, de Stig Dagerman; editorial Nórdica libros, Madrid, 2021; traducción del sueco de Neila García Salgado. Prefacio de Per Olov Enquist

[4] Otoño alemán, de Stig Dagerman; editorial Pepitas de calabaza, Logroño, 2021; traducción del sueco de José María Caba, revisada por Jesús García Rodríguez.

[5] Pelando la cebolla, de Günther Grass; editorial Alfaguara, Madrid, 2007; traducción de Miguel Sáenz.

[6] La isla de los condenados, de Stig Dagerman; editorial Sexto Piso España, Madrid, 2016; traducción del sueco de Carmen Montes Cano.

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Josey Wales
Josey Wales
2 meses hace

Hitler no llegó al poder por arte de magia. Contó con el apoyo electoral de trabajadores y empresarios, clases medias y campesinos que no estaban locos ni eran criminales. Obviar las causas de su triunfo es empeñarse en el error. Cuando los nacional-socialistas ganan las elecciones, la República de Weimar estaba ya muy deteriorada.