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El Palace de Madrid rinde homenaje a las coproducciones internacionales rodadas en España

El Palace de Madrid rinde homenaje a las coproducciones internacionales rodadas en España

Sastrería Cornejo abrió sus puertas en la Cava Baja madrileña en 1920. Al principio solo era un negocio dedicado al alquiler de disfraces y trajes de ceremonia y etiqueta. Como entonces, en las calles aledañas, funcionaban varios teatros de zarzuela —el género chico asistía al fin de su edad dorada— aquellos espectáculos fueron los primeros que vistió Cornejo. En el cine, donde verdaderamente estaba el destino de una casa que hoy es una de las principales sastrerías de alquiler de vestuario de época del mundo, se fueron introduciendo poco a poco. Su gran oportunidad llegó a comienzos de los años 60, con las producciones internacionales rodadas en España por Samuel Bronston.

En aquellas cintas, que fácilmente podían contar con siete mil figurantes, sí que había gente que vestir. Ese fue el “big time” —que decían los técnicos estadounidenses al hablar de las coproducciones internacionales rodadas en España— de Cornejo. Pero no solo por la cantidad, también por la altura de aquellos para quienes cosían. Uno de los hitos de la empresa, que los empleados veteranos cuentan a los bisoños, fue descubrir la perfección de las medidas de Ava Gardner. Debió de parecerles como si Afrodita se hubiera bajado del Olimpo para ir a la calle de la Magdalena, donde se había trasladado Cornejo, presta que le tomasen las medidas. Y eso fue lo que hicieron para el vestuario de su creación de la baronesa Natalie Ivanoff de 55 días en Pekín (Nicholas Ray, 1963).

"Articulada en torno a las grandes coproducciones internacionales aquí rodadas, la exposición no se centra únicamente en las de Samuel Bronston"

Casi sesenta años después hasta el próximo 27 de agosto, el hotel Palace rinde tributo a la actriz que sintetiza mejor que nadie aquel “big time” de las coproducciones internacionales rodadas en España, con el cóctel Ava —vodka, batida de coco, curaçao y azúcar—, aperitivo que abre el menú que complementa la exposición —organizada en colaboración con Cornejo— El palace se viste de cine.

Articulada en torno a las grandes coproducciones internacionales aquí rodadas, la exposición no se centra únicamente en las de Samuel Bronston. Doctor Zhivago (David Lean, 1965) fue obra de la Metro y el italiano Carlo Ponti. No en vano fue en Italia donde vio la luz la primera edición del original homónimo, una de las novelas fundamentales del siglo XX, mientras su autor, Boris Pasternak, seguía sufriendo los rigores del estalinismo en la Unión Soviética. Llevada a la pantalla con un acierto que consta en los anales, la magia del cine convirtió Canillas -un popular barrio madrileño- en una calle de Moscú y el paisaje soriano en los montes Urales. En la Rotonda del Palace se recuerda Doctor Zhivago con uno de los vestidos lucidos por Tonya (Geraldine Chaplin) y un traje de Yuri (Omar Shariff). Ya en la mesa, se impone evocar aquel amor perdido en la revolución soviética con el tartar Rusia: sardina ahumada, remolacha, col y caviar de trucha.

Fue tan grande la sintonía que hubo entre nuestro país y ese productor estadounidense de origen moldavo que fue Samuel Bronston que Patrimonio Nacional le permitió rodar en el Palacio Real de Madrid y convertirlo en el de Catalina la Grande de Rusia.

Vestuario de 55 días en Pekín

Bronston era un personaje popular. Sus estrenos, siempre en la Gran Vía, eran auténticos acontecimientos en los que se mezclaban los prohombres del Régimen con las estrellas españolas e internacionales. Dio trabajo a mucha gente. Pero, sobre todo, trajo mucha felicidad. Con las mismas que convirtió Las Rozas —hoy una zona residencial de Madrid, entonces un pueblo de la carretera de La Coruña— en el Pekín que en 1900 asistió al levantamiento de los bóxers, sus películas fueron la maravilla del cine de los sábados durante todos los años 60. Este verano, el Palace recuerda aquella dicha antigua con uno de los vestidos que Cornejo confeccionó para la emperatriz Tzu-Hsi (Flora Robson) de 55 días en Pekín y con el rollito Pekín 55, un manjar de pato que ya deleitaba los paladares de la dinastía Yuan (1271-1368).

"También centenario, el Palace era el hotel donde solían alojarse todos los actores que protagonizaban aquellas entrañables cinta"

También centenario, el Palace era el hotel donde solían alojarse todos los actores que protagonizaban aquellas entrañables cintas. Más de medio siglo después, vienen a dar prueba de ello las firmas de aquellas estrellas que aún se conservan en los libros de registros de la casa.

La caída del imperio romano (Anthony Mann, 1964) volvió a traer a España a Sophia Loren. Sin embargo, la túnica que se muestra en la Rotonda no es la que lució la actriz italiana. Fue vestida por una figurante del foro de la Ciudad Eterna. Ahora bien, tanto la túnica como el peplum de un legionario, que se exhiben juntos, son piezas únicas. De hecho, sirvieron de inspiración al vestuario de Gladiator (Ridley Scott, 2000), como el remake del filme de Mann que es.

Ya en su momento, los decorados de La caída del imperio romano fueron utilizados por Richard Lester para el rodaje de Golfus de Roma (1966), una parodia que supuso el final de esa eclosión del peplum que sucedió al estreno de Espartaco (Stanley Kubrick, 1960).

La caída…, que no respondió a las expectativas en la taquilla, fue la cinta que marcó el principio del fin de Bronston. No obstante, el menú del Palace también le rinde tributo con unas ruedas de pulpo con gachas de polenta, salsa garum y lascas de pan ácimo. Al parecer, todo está basado en la dieta de aquel imperio.

"Vestidos por Cornejo, tanto el traje de doña Jimena (Sophia Loren), como la cota de malla de El Cid, también se pueden admirar"

Antes incluso que el turismo, las producciones internacionales rodadas en nuestro país a partir de Pandora y el holandés errante (Albert Lewin, 1951) supusieron cierta salida a la autarquía. Aquello fue un romance entre una pantalla, que encontró una España dispuesta a facilitárselo todo para sus rodajes —hasta el ejército aportaba figurantes— y los técnicos y actores de dicho cine, fascinados con España como lo estuvieron Washington Irwing, John Dos Passos y tantos otros grandes amigos extranjeros, que siempre ha sabido ganarse “el país donde lucía el Sol”, que lo llamaban los poetas ingleses que combatieron en las brigadas internacionales.

Aquel idilio, aquel “big time”, alcanzó su máxima expresión con El Cid , cuando el mismísimo Ramón Menéndez Pidal dio el visto bueno al guion que en 1961 se disponía a rodar el gran Anthony Mann y Charlton Heston —don Rodrigo en aquella ocasión— aseguró, con gesto circunspecto, que procuraría estar a la altura de las circunstancias porque sabía lo que El Cid es para los españoles. Resulta todo tan entrañable que importan poco cuantas pegas quieran ponerle los expertos en el poema que —a decir de Menéndez Pidal, precisamente— es el pórtico de la literatura española.

Sesenta años después del estreno de El Cid en el madrileño cine Coliseum, el buen cinéfilo —y no digamos el niño de entonces—, degusta con especial deleite la paletilla de cordero asado, con hojas tiernas y cebolletas dulces, que en gentil tributo a la cinta de Mann pone fin al menú del Palace. Vestidos por Cornejo, tanto el traje de doña Jimena (Sophia Loren), como la cota de malla de El Cid, también se pueden admirar. Y cumple hacerlo con la debida emoción.

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