Paso por la Graja de Campalbo y siempre vuelve la misma noche: la de San Antón, en Casas Bajas.
El baile estaba cerca, en un local que daba a la calle. Dentro hacía calor; fuera el aire cortaba.
La música no paraba. Entrabas y salías sin darte cuenta, sin decidir del todo dónde quedarte.
En algún momento alguien me presentó a una chica.
No me dijo su nombre. Era de la Graja de Campalbo. Asintió al decirlo.
Nos quedamos mirándonos un momento. Sonrió apenas, con una familiaridad inesperada, y no apartó la mirada.
La orquesta tocaba “España cañí”.
—¿Bailas?
—Bailo.
Comenzamos a bailar. La música empujaba —como antes las hogueras y el vino— y por un instante nada más parecía importar.
No recuerdo la música, pero sí la mano: la izquierda, no la derecha, y la sensación de estar haciendo algo que no sabía hacer del todo.
En algún momento dejó de parecerme extraño. Hablamos poco, lo justo.
Tenía una forma de escuchar que no era de aquella noche. Respondía despacio, sin prisa.
—¿De la Graja?
—De la Graja de Campalbo.
No añadió nada más.
Entonces sonó “El gato montés” y bailamos otra vez.
Después se perdió entre el gentío, entre el humo y las voces que empezaban a confundirse. Creí reconocerla un par de veces, pero no era ella. Durante un rato no supe bien dónde estaba. Dejé el cubalibre sin terminar.
La busqué en las calles de alrededor, en las esquinas donde aún sonaba la música, preguntando —no sé a quién— por una chica de la Graja de Campalbo.
Nadie supo decirme nada.
No estaba allí. La música seguía, pero ya no era la misma.
Volví a casa.
El macho estaba en la cuadra, de pie, apenas moviéndose, con los ojos a medio cerrar, como siempre.
Todo estaba en silencio.
El mundo seguía en su sitio.
Y, sin embargo, algo había empezado a quedarse.
No se ha ido.


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