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El reto de los acentos y los asistentes digitales

El reto de los acentos y los asistentes digitales

El inglés nunca fue mi fuerte cuando era estudiante. Mi exposición a esa lengua no fue nunca mucho más allá de los discos de los Iron Maiden que tenía en casa, o las pocas horas que le dedicamos en el colegio a decir eso que tan bien recogió Emilio Aragón en una de sus canciones: “Hey, mister waiter, I want to eat”. No fue hasta los 33 años, cuando con el reto de tener que dar mi primera conferencia internacional en Ámsterdam, en la meca de las conferencias de hackers para nosotros, la mítica BlackHat, que me decidí a poner solución y punto final a esta limitación personal y profesional en mi vida.

Me fui a vivir a Londres una temporada, pero lo más importante, comencé a vivir en inglés todo. Mi teléfono, mi ordenador personal, las películas y series de televisión, todo, pasó a estar en versión inglesa, para escuchar por primera vez el acento de Robert De Niro o de Harrison Ford directamente desde su garganta. Sus expresiones, su forma de actuar en pantalla con sus entonaciones y declinaciones. Con la cuidada elección de sus palabras. Estaban trabajando con su voz, y por tanto podían sacar mucho más de sus papeles de lo que yo consumía habitualmente en una versión —muy dignamente— doblada al español.

"Me encanta escuchar los acentos de los diferentes actores llegados de todo el mundo a la meca de Hollywood"

Me encantó esa sensación, y desde entonces consumo todo el material anglosajón en su propia lengua. Me encanta escuchar los acentos de los diferentes actores llegados de todo el mundo a la meca de Hollywood para hacer su carrera, teniendo el regusto de su acento de origen. O del origen de su familia que le contagió en su infancia. El punto de hispano que tiene Javier Bardem en Piratas del Caribe cuando dice “hey, amigo”, o descubrir que Arnold Schwarzenegger realmente dice “hasta la vista, baby” en un español muy suyo. Viggo Mortensen, que es un trotamundos transnacional, con su especial tono de voz, o el gran Leonardo DiCaprio, que es capaz de adaptar el ritmo de su voz a la escena sin que se note. Su actuación en ¿A quién ama Gilbert Grape?, que casi le da su primer Oscar, es mítica por cómo consigue expresarse en un papel tan difícil, el de Arnie Grape, que tiene una leve discapacidad intelectual como punto focal en su vida.

Hasta la vista, baby.

Ya no digamos cómo cambia ver las escenas con personajes hablando en múltiples idiomas de Breaking Bad, cuando aparecen hispanos hablando en español con norteamericanos hablado en inglés, y nos encontramos a ambos traduciéndose unos a otros. Ver esas escenas dobladas al español es una forma directa de desconectar del pacto que como espectadores hacemos ante cada narración audiovisual.

"Mi acento cuando hablo en la lengua del “yes”, “maybe” y “cookies” siempre llevará ese punto de Madrid. De Móstoles"

Los acentos dan color a la representación de la vida. Nos gusta sentir cambios en las voces. No disfrutaríamos una canción sin cambios de ritmo. O una ópera solo con barítonos. Necesitamos graves, agudos, diferentes tempos y diferentes ritmos. Es parte de cómo nuestros sentidos se regocijan de placer haciendo su trabajo. Como el gusto que siente un goloso como yo al degustar un buen helado de chocolate.

En Internet, en las redes sociales, los adolescentes, y los no tanto. Los llamados “millennials”, “centennials” y, por qué no, los “viejennials”, hacen vídeos con el famoso “reto de los acentos”, donde dicen una frase igual, pero con diferentes acentos. Italiano, argentino, catalán, austriaco, indio o neozelandés. Es divertido, y tienen miles de millones de visitas los vídeos de los que juegan a esto de imitar acentos y hacerlos reconocer por los visitantes de sus canales.

Los pollos hermanos, de Breaking Bad.

Yo, después de haberme ido a Londres a aprender inglés, conseguí comunicarme y eliminar esa limitación en mi vida, pero mi acento cuando hablo en la lengua del “yes”, “maybe” y “cookies” siempre llevará ese punto de Madrid. De Móstoles. De “egque”, de esas maneras de vivir de la guitarra carabanchelera, y de los diecinueve días y quinientas noches que llenaron mi oído con placer. Voces y acentos que devoré con fruición y se quedaron para siempre en mi cabeza.

"Los Google Assistant, los Amazon Alexa, Apple Siri, o nuestro querido Aura, que está en los servicios de Telefónica. Todos ellos hablan, con su propio acento, y son parte de nuestras familias"

Y me encanta. Es mi identidad. Como mi gorro cuando doy una conferencia. Como cuando me equivoco de esa forma que solo sé hacer yo. Mi acento es parte de la riqueza cultural de mi gente. Es parte de lo que llevo de donde vengo. No me importa no pronunciar con acento británico algunas de las palabras de su lengua. Igual que disfruto del acento argentino y cubano cuando hablan mi lengua.

Cada acento se crea en función de la riqueza auditiva y musical que te haya acompañado en la infancia, en el día a día de tu vida, y hoy tenemos uno, o varios, nuevos miembros de las familias. Son los asistentes digitales que hablan con su propio acento. Los Google Assistant, los Amazon Alexa, Apple Siri, o nuestro querido Aura, que está en los servicios de Telefónica. Todos ellos hablan, con su propio acento, y son parte de nuestras familias.

Aura, asistente de Telefónica.

Los niños los escuchan y aprenden de ellos no solo lo que dicen, sino con qué acento lo dicen. Aprenden inconscientemente su acento. Su forma de decir las cosas. Tal y como nosotros aprendimos a decir expresiones de nuestros familiares y amigos, o de los personajes que veníamos por la tele, “¡te da cuén!”. Acentos construidos por servicios cognitivos, basados en modelos de inteligencia artificial creados por compañías, casi todas norteamericanas, que hablan con un acento particular y concreto a nuestros hijos y familiares.

Se hizo mítico el vídeo de la familia canadiense con Google Home, que fue grabado por la cámara de vigilancia del bebé de Google Nest en el que se puede ver que la primera palabra de la niña es “Google”. Porque es un miembro más de la familia que habla. Porque está ahí en su habitación. En su mundo. Porque el bebé sabe que si le habla responde. Y esa niña quería comunicarse con él.


Por supuesto, si esa niña mantiene la relación fluida como van a mantener las nuevas generaciones con los asistentes de voz, inevitablemente capturará parte de su acento. De su tono de voz. De su forma de hablar y de expresarse. Tendrá un poco de “acento Google” en su manera de decir las cosas. Y lo mismo pasará con los niños que tengan en la familia un Alexa. O un Siri al que preguntan cosas o cómo resolver un problema del colegio. Serán niños con acentos de asistentes digitales.

"Todos ellos hablan de forma diferente, lo que hará que unos niños aprendan con acento Google, otros con acento Alexa y otros con acento Siri"

Lo curioso de todo esto es que las empresas que fabrican estos asistentes digitales registran las voces, y hacen de la forma de hablar de ellos una forma de identidad única de empresa. Una forma de marca, así que todos ellos hablan de forma diferente, lo que hará que unos niños aprendan con acento Google, otros con acento Alexa y otros con acento Siri —entendemos que los de familias de capacidad adquisitiva mayor—, y aquí en España algo de acento Aura si tienes Movistar.

En el futuro, como cada país va a ser más de Alexa que de Google, o más de Siri que de otro, veremos cómo esos acentos impactan en algún porcentaje a la forma de hablar de los italianos, argentinos, mexicanos, colombianos y españoles. Llegaremos a estar viendo una película en versión original para no perdernos nada de los matices que ponga con la voz a su actuación esa nueva estrella rutilante de Hollywood y diremos: «Mmm, no sé de dónde es, pero se le nota un poco de acento Siri en la forma que tiene de expresarse”. ¿Apostamos?

Saludos malignos.

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