Inicio > Libros > Juvenil > El tiempo (II): El desorden de tu nombre

El tiempo (II): El desorden de tu nombre

El tiempo (II): El desorden de tu nombre

En la entrega anterior aprendimos que el tiempo es un concepto subjetivo y que no existe un tiempo absoluto. También que cada región del espacio tiene su propio tiempo y que en el universo se solapan pasado, presente y futuro.

Por extraño que suene todo esto, no es lo único sorprendente que nos vamos a encontrar.

El fin del tiempo

Dentro del espacio podemos movernos en infinitas direcciones, volviendo a voluntad sobre nuestros pasos sin ninguna dificultad. Es posible caminar hacia el norte y luego retornar por el mismo camino hacia el sur. Todas las direcciones del espacio son iguales.

El tiempo, por el contrario, es unidireccional y solo puede recorrerse en un sentido. Esta afirmación no tiene nada que ver con viajar al pasado (todavía no hemos llegado a ese punto); se refiere más bien a la imposibilidad de revertir procesos que suceden de forma natural y que están íntimamente ligados a lo que llamamos “paso del tiempo”. Por ejemplo, todos nosotros nacemos, envejecemos y morimos. Es imposible pensar en recorrer la secuencia al revés (como Benjamin Button): morir, envejecer y nacer. Un golpe de viento arranca las hojas de un árbol y las arroja desordenadas sobre el suelo. Nunca sucede que otro golpe de viento las recoge, las ordena y las vuelve a colocar en el árbol.

"Este comportamiento caprichoso de la naturaleza tiene que ver con algo que se conoce con el nombre de entropía."

Las cosas pasan de una forma irreversible. Los procesos que avanzan siguiendo la línea del tiempo no recorren nunca el sentido contrario. A pesar de que no existe ley física alguna que obligue a ello, ¿por qué todo sigue siempre ese curso?

Este comportamiento caprichoso de la naturaleza tiene que ver con algo que se conoce con el nombre de entropía.

La entropía es un recurso que los científicos utilizan para conceptualizar el desorden. Un sistema ordenado tiene una baja entropía y, por el contrario, cuando el sistema está muy desordenado hablamos de él en términos de alta entropía.

Una taza de café, por ejemplo, es un sistema de baja entropía. Todas las partículas que componen su materia están ordenadas y dan una forma también ordenada al objeto. Si la taza cae al suelo se rompe en varios pedazos y quedan esparcidos por el suelo, convirtiéndose automáticamente en un sistema de alta entropía.

"El universo surgió en el momento del Big Bang desde una forma de mínima entropía y evoluciona progresiva e inexorablemente hacia el desorden."

El universo surgió en el momento del Big Bang desde una forma de mínima entropía y evoluciona progresiva e inexorablemente hacia el desorden. La entropía crece con el tiempo de forma natural.

Todo lo que sucede en el mundo de forma irreversible (los trozos del suelo no se reorganizan para formar de nuevo la taza, las hojas del árbol no retornan a sus ramas, etc.) es debido a la tendencia natural de evolución del universo hacia el desorden. Es cierto que en este proceso de crecimiento de la entropía han surgido estructuras perfectamente ordenadas, como las galaxias, los planetas y los propios seres vivos, pero no son sino efectos colaterales. Recientes teorías apuntan a que estas estructuras organizadas, nosotros mismos, son y somos catalizadores que ayudan a extender el desorden en el universo. 

La tendencia natural al desorden, al aumento de la entropía, dibuja lo que se denomina “flecha del tiempo”, la que marca la dirección de nuestro destino. Procedemos de un universo perfectamente organizado en sus orígenes (el del Big Bang) y terminaremos nuestro viaje en un universo uniformemente desorganizado. Uno y otro marcan los extremos de la flecha del tiempo. El movimiento acabará y nuestra secuencia de fotogramas se detendrá cuando el universo alcance su estado de máxima entropía. Será el final del tiempo.