Los cuentos de nuestra infancia nos enseñaron que existían los buenos y los malos. El mundo era más sencillo, con unas reglas a seguir que prometían un bonito final. Ser buena, ser amable, ser trabajadora, contar con todas las virtudes posibles y alejarse de la mezquindad, el egoísmo, la pereza, defectos asociados con los villanos que están condenados a la muerte o a una vida plagada de miserias.
En los relatos, esos vacíos se manifiestan también en el plano físico, pero cada uno tiene una forma y una simbología distinta. Un hueco en una dentadura perfecta indica el paso del tiempo y el envejecimiento, y la vergüenza que despierta es consecuencia del juicio del otro sobre nosotros. Es imposible sentirse hermoso, sobrevivir a los años, cuando tu propia sonrisa te demuestra que nunca volverás a ser el que fuiste.
Una casa abandonada en plena construcción es una ruina que nunca sirvió a su propósito, un lugar lleno de encanto, de posibilidades, donde todo es posible. Terminarla, ordenarla y habitarla es acabar con la fantasía de la niñez y la ambición de la adolescencia, matar la libertad experimentada y enfrentarse a una edad adulta plagada de responsabilidades inesperadas.
Un agujero excavado con tus propias manos en la tierra puede ser una conexión con esta y una forma de escapar de un mundo que te rechaza. La asfixia de estar bajo tierra, con todo a punto de desmoronarse, puede ser el orgasmo perseguido, la pérdida de control frente al abismo.
No es de extrañar que las protagonistas de cada relato sean mujeres, todas ellas perdidas en los dos pilares en los que la sociedad las ha impulsado a fundamentar sus identidades: la pareja y la familia.
En muchos casos, las mujeres de los relatos sienten que las han empujado y que nunca han sido capaces de detener la inercia. Era el camino esperado, el de enamorarse, casarse y tener hijos. Sin embargo, nunca se sabe cuándo las familias perfectas pueden desmoronarse, ya sea en una cena regada en vino y mentiras; o en unas vacaciones en el paraíso, en pleno contraste con la realidad que anuncian las noticias cada día.
Y, cuando no hay hijos a los que alimentar, hay parejas a las que satisfacer. Parejas que eliminan tus rasgos únicos a golpe de láser; parejas que deciden tus propias venganzas; parejas que te quieren y, al mismo tiempo, te hacen luz de gas durante toda su vida.
La inercia no se detiene, un empujón llevó a las protagonistas hasta el lugar donde están y todas ellas siguen adelante mientras ese agujero se hace más y más grande. Algunas de ellas ni siquiera se dan cuenta de esos vacíos, silenciadas por el peso de la rutina, de lo que deben ser, de no ser capaces de identificarse. Y, las pocas que se descubren en ella, que tienen la posibilidad de detenerse, prefieren dejarse llevar.
Era todo el mismo hueco es una reflexión profunda, en ocasiones visceral, de quiénes somos en realidad. En un mundo en el que todos tenemos que cumplir un papel, en el que las mujeres siguen encadenadas a ciertos roles y ciertos patrones de comportamiento, la soledad y falta de una identidad propia son capaces de destruirnos.
Sobre si hay una moraleja o no en estos cuentos, eso depende del lector o lectora. Es posible que los leves momentos de esperanza sean falsos, espejismos de todo lo que podríamos haber sido y nos negamos a nosotras mismas, pero también está la opción de percatarnos de esos huecos, de lo que nos han hecho, y rellenarlos con algo que sea verdaderamente nuestro.
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Autora: Eider Rodríguez. Título: Era todo el mismo hueco. Traducción: Ander Izagirre. Editorial: Random House. Venta: Todos tus libros.


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