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El verdadero procedimiento policial (12)

Buenos días, queridísimo lector. Ya es un hecho que te han calado mis dos anteriores artículos. Y lo es porque estoy recibiendo decenas de correos pidiéndome más sobre este tema. Déjame decirte que eres un morbosillo, pero para qué te voy a mentir: eso me gusta.

Pero dejémonos de preámbulos y entremos en materia, que para eso estás leyendo esto con unas palomitas recién hechas y una botella de Ruavieja a tu lado —si no es así, hazte un favor, deja el artículo, consigue lo que te he dicho y vuelve a empezar, pero ahora en condiciones—.

Bien, empecemos. Seguimos con la serie sobre asesinos en serie, puede que muchos consideréis que éste sobre el que os voy a hablar debería haber sido el primero. Razones no os faltan para considerarlo así. Y es que este elemento está considerado como el peor —o más prolífico, llámalo como quieras— asesino en serie de toda la historia de España.

Hablamos de Manuel Delgado Villegas, «El arropiero».

Pero antes de entrar en sus crímenes, quizá sería mejor entender un poco mejor su pasado. No para justificarlo, sino para, quizá, tener un poco más claro qué le hizo ser como era —aunque mucho me temo que nada nos hará llegar a entenderlo del todo. Nunca. Jamás—. No sería justo decir, quizá, que cumple una de las máximas peculiaridades de todo asesino en serie, sobre todo de los que nos venden en series y en cine, y es que Manuel tuvo una infancia durísima. Está bastante llena de claros y oscuros, por lo que no es posible relatarla al dedillo, pero lo que sí se sabe es que su educación se basó en las soberanas palizas que su padre le propinaba porque sí. Eso sin duda marcó el carácter y la forma de actuar de Manuel, que entendía que todo en la vida se solucionaba a base de golpes. Sigo diciendo que eso no justifica nada, pero sí es cierto que si no entiendes otro concepto y, además, vives en una sociedad de pocos medios y en la que en lo que ves en casa, es lo que hay, tampoco se le puede pedir mucho más.

"Era muy fuerte, demasiado para un niño de su edad. Esa fuerza fue una característica que le acompañó de por vida. Muchos decían que era sobrehumana."

Cabe destacar que, gracias a su padre recibió el apodo por el que pasó a la historia negra de España. Éste vendía arrope en mercados y por la calle. ¿Que qué es el arrope? Quizá así lo defina mal, pero es una especie de mermelada hecha a base de frutas, pero sin azúcar. El más común es de higos, aunque también se hace de melocotón, calabaza —sé que la calabaza no es una fruta—. Primero se le conoció como «El hijo del arropiero», aunque después acabó heredando el mote en propiedad.

Además, Manuel no era un niño demasiado despierto, por llamarlo de algún modo. Fue a la escuela durante varios años, pero nunca consiguió aprender a leer y a escribir. Apenas sabía dibujar su nombre y con mucha dificultad. Eso hizo que mucha gente le diera de lado, labrando un poco más su carácter. Como ya he hablado antes, Manuel sólo entendía de golpes. Eso le valió para lograr el respeto —y el miedo, por qué no decirlo— de otros niños, que recibían una somanta por parte de Manuel si no hacían lo que éste quería. Era muy fuerte, demasiado para un niño de su edad. Esa fuerza fue una característica que le acompañó de por vida. Muchos decían que era sobrehumana. Periodistas que tuvieron la oportunidad de entrevistarlo años después en los diferentes psiquiátricos por los que pasó así lo certificaron. Algunos hasta lo calificaron de circense, viéndolo partir en dos unas botas con sus propias manos.

Hay otra característica que muchas veces aparece en asesinos de su calaña. No es otra que tartamudeaba. Sí, está comprobado que muchos asesinos en serie eran tartamudos y es que esa inseguridad que les producía el no poder hablar con una chica, digamos, para ligar con ella, la trasladaban a su psicopatía y les llevaba a cometer violaciones al entender —a su manera— que era la única forma de mantener una relación sexual.

La última acción que le llevó a moldear el asesino que llevaba dentro fue el odio que generó hacia su padre al enviarlo a Mataró junto a su abuela. Él lo entendió como un desentendimiento de éste por él, lo que le generó más odio interior e hizo que la bestia quedara desatada.

Una vez hemos visto algunas cosillas —no todas, por supuesto, seguro que más factores influyeron en sacar el monstruo—, pasamos a ver qué hizo durante su vida criminal.

A los 18 años ingresó en la legión. Quería huir de la vida de miserias que le había perseguido. Allí aprendió un movimiento de kárate que luego empleó para arrebatar muchas vidas: «El tragantón». Era un golpe dado con el canto de la mano en el cuello que oprimía la glotis y producía la muerte por asfixia. Acabó desertando al tiempo, ahí comenzó un largo vagabundeo por España, Francia e Italia. En ese camino dejó una larga lista de cadáveres. El primero conocido sucedió en Cataluña, más en concreto en las playas de Llorach. Se acercó a un hombre que dormía apoyado en un muro y le golpeó con una piedra en la cabeza. Luego le robó todo lo que llevaba encima. Se discute mucho si lo mató para robarle o le robó porque lo mató. Con este personaje es difícil de saber, pues fueron tantos y tan variados sus crímenes que es algo muy difícil de decir.

El arropiero explica su golpe de karate

El arropiero explica su golpe de karate

"Podría tirarme horas hablando sobre más crímenes atroces de «El arropiero», de hecho, se le atribuyen cuarenta y ocho"

En su segundo cadáver hizo por primera vez —que se sepa— un acto que, aparte del número de víctimas que dejó, le hizo ser recordado como uno de los más macabros. Y es que una vez mató a una pobre chica en Ibiza, abusó sexualmente de su cadáver. Era su primera práctica —reconocida, repito— de necrofilia.

Sí, Manuel fue un necrófilo reconocido —por él mismo—, hasta el punto que la historia que te voy a contar, es algo fuerte. Yo te aviso. Manuel se encontraba en esos momentos en Mataró. Quería sexo y lo quería ya. En una de sus andanzas se topó con Anastasia, una mujer de 68 años que tuvo la mala suerte de cruzarse en su camino. Con un ladrillo golpeó su cabeza, haciendo que ésta perdiera la vida de inmediato. Manuel agarró el cuerpo —apenas pesaba unos cuarenta kilos y medía alrededor de un metro cuarenta— y lo llevó hasta los alrededores del puente de una riera. Allí lo dejó en el suelo y comenzó a tener sexo con él. El acto no acabó ahí, pues tapó el cuerpo con un plástico y unas piedras —para que no se volara— y volvió durante los próximos cuatro días para seguir cometiendo el acto. Nada le detenía hacerlo, ni siquiera que el cuerpo de la pobre mujer se estuviera descomponiendo ya. Dejó de hacerlo porque unos niños descubrieron el plástico y eso puso en peligro que lo pudieran detener.

No sé si me sigues leyendo, ni siquiera si has leído el anterior párrafo anterior entero. Tranquilo/a si te ha sonado repugnante. Eres humano.

Su último asesinato —ojo, ojito, me he saltado muuuuucho, pero es que es imposible— fue el que puso a las autoridades encima de él. Empezó una relación con una mujer de treinta y ocho años, llamada Antonia y con un retraso conocido. Vivía en El Puerto de Santa María y todos allí llegaron a conocer a la pareja por sus innumerables problemas. Alguien denunció la desaparición de la muchacha en una comisaría y la policía, tirando de hilos, llegó a saber que estaba en relaciones con Manuel. Éste, en comisaría y tras fuertes presiones no sólo acabó confesando el asesinato de ésta —a la que estranguló con sus propios panties mientras mantenía relaciones sexuales con ella en un bosque cercano—, sino que confesó una larga lista de muertes que éste tenía en su haber y de las que se sentía muy orgulloso.

Imágenes de la película de El arropiero

Imágenes de la película de El arropiero

Es curioso cómo tardó casi seis años y medio en tener un abogado que lo quisiera defender y, cuando éste mantuvo un encuentro con Manuel, dijo que si lo soltaban tardaría cuatro o cinco horas en volver a matar, que lo mejor era que estuviera encerrado.

Como muchas veces pasa, no llegó nunca a ser condenado por estos crímenes, pues alegó una larguísima lista de problemas mentales que le llevó a deambular por psiquiátricos hasta que murió en 1998. Es curioso que muriera de una enfermedad pulmonar debido a que fumaba un cigarrillo tras otro en esas instituciones.

Podría tirarme horas hablando sobre más crímenes atroces de «El arropiero», de hecho, se le atribuyen cuarenta y ocho, variando según la fuente a la que se consulte, pero este tío da para un libro completo y el ordenador se me está quedando sin tinta. Tan sólo quería acercarte la figura de Manuel para que comprobaras que, lo que muchas veces se nos muestra en la ficción, se queda corto. Y es que este hombre lo supera todo con creces.

Y con esto y un bizcocho, cuéntame lo que te parecido en mi twitter (@BlasRGEscritor) o en mi correocho (joder, qué malo que ha sido esto último) (BlasRuizGrau@Hotmail.com). Nos vemos en el próximo, pajarillo. Y ahora: vueeeeela, vuela, vuela, vuela…

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