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El viajero de la Vía Láctea (IX): Mitos y pérdidas

El viajero de la Vía Láctea (IX): Mitos y pérdidas

Fernando Benzo publica en Zenda una serie de artículos, con el nombre de El viajero de la Vía Láctea —jugando con el título de su última novela, Los viajeros de la Vía Láctea, en los que relata sus experiencias musicales. 

Parto de una afirmación tan horrenda como cierta: a la mitología le gusta alimentarse de la muerte prematura. Dicho de otro modo, también podría recurrir con antipático cinismo al título español de aquella película de Zemeckis, La muerte os sienta tan bien. Y es así hasta tal punto que a veces, con algunos mitos, uno se pregunta si serían hoy tales sin su final anticipado y dramático, si una vida más larga no les habría negado el Olimpo y les habría arrinconado en el olvido o la decepción.

Tomemos como referencia al Club de los Veintisiete, todas esas estrellas de la música cuya muerte prematura coincidió a esa misma edad. Jimi Hendrix, Janis Joplin, Kurt Cobain, Amy Winehouse, Jim Morrison, Brian Jones y muchas otras víctimas de esa edad maldita en el rock. ¿Estamos seguros de que, de haber llegado a la edad de jubilación, todos estarían tan mitificados como están? ¿Sería su biografía tan legendaria y seductora? ¿No habría el riesgo de que alguno hubiese acabado de coach de un reality de talentos o participando en el Mira quién canta yanqui o británico, si es que lo hay? ¿Iban ya directos a convertirse en mito, o fue el hachazo de la muerte temprana lo que les convirtió en tales? ¿Qué es antes: mito o muerte?

"Admitámoslo: Lennon no noqueó a McCartney en el aprecio de los maníacos del cuarteto hasta que Chapman le tiroteó a la entrada del Dakota"

Voy más allá con otros casos ¿Habría mantenido James Dean el nivel mítico con esa capacidad interpretativa reducida a una mirada de adorable chico atormentado si su carrera se hubiese prolongado más allá de tres películas? ¿Y Marilyn? ¿Seguiría incendiando nuestras fantasías si la hubiésemos visto convertirse progresivamente en una señora de labios recauchutados, personalidad errática y silueta de caderas desenfrenadas? ¿Nos seguiría enterneciendo una Lady Di que fuese ya por su tercer o cuarto matrimonio, ahora con un cantante country o con un magnate de las conservas en escabeche? ¿Porqué habrá siempre más camisetas y pósters con el retrato del Che que con el de Fidel? Hasta me plantea dudas alguno de mis mitos personales. Admitámoslo: Lennon no noqueó a McCartney en el aprecio de los maníacos del cuarteto hasta que Chapman le tiroteó a la entrada del Dakota. Y siempre será mejor recordar a John madurando como un atractivo newyorker cuarentón que ver a Paul convertido en la abuela de Paul.

Kurt Cobain

Vale, quizá sí, es feo e incorrecto pero cierto: la muerte prematura ayuda a la mitificación. Pero, aun así, me resisto a caer en este texto en esa trampa macabra. No pienso dejarme llevar ni por una fascinación funeraria ni por un morbo luctuoso. La vida es siempre preferible a la muerte, por muy bien que pueda sentar esta. La muerte es siempre una putada, no te hace ni más grande ni mejor y, si llega antes de tiempo, es además canalla, traidora e injusta. Siempre preferiré a los mitos —como a todo el mundo— vivitos y coleando, con todos sus defectos, su decadencia, sus vicios y sus contradicciones, sus rehabilitaciones y sus desintoxicaciones, sus arrugas o sus retoques. Siempre preferiré que este viaje por la Vía Láctea que es la vida sea lo más largo posible y que, cuando toque irse, tarde, muy tarde, ya se ocupe la posteridad de dar cobijo a quien merezca ser recordado.

"Nuestro pasado musical tiene dos grandes verdugos. Carretera y droga"

Pero, dicho eso, es también de justicia pararnos a recordar a los que se fueron antes de tiempo. En toda revolución —musical, social, política, como sea— hay un listado de bajas prematuras que merecen un parte de guerra o un homenaje a los caídos. Y así debe ser también en este recorrido que intento hacer por la historia de nuestra música ochentera, sin caer en la trampa de que alguien quede engrandecido por el solo hecho de haberse ido antes de tiempo y sin ignorar ese lado oscuro de la fiesta que fue la pérdida de tantos que no llegaron a su final.

Nuestro pasado musical tiene dos grandes verdugos. Carretera y droga. Dos aspectos que forman parte de la imaginería del rock, de la estética y el espíritu del músico, de las escenas cotidianas que uno les imagina, de la envoltura maldita y aventurera de la estrella y que se cobran un precio muy alto a cambio de colaborar en la forja de leyendas.

Nino Bravo

Uno imagina al músico, a la banda, tirando millas de concierto en concierto, dormitando en la furgoneta, recorriendo carreteras siempre oscuras y estrechas, compartiendo con envidiable camaradería un cigarro, una charla, una cabezada y el recuerdo de la última actuación y la emoción de la próxima. Una imagen con un toque Kerouac pero en comarcales castellanas y en veranos de bolos encadenados. Lo que no nos gusta imaginar es la curva traicionera, la somnolencia al volante, la velocidad innecesaria, la vaca que se cruza, el abuso o el mono que impiden discernir al conductor, la juerga que debió acabar antes o el despiste tontorrón. Pero ahí están y ahí se quedaron tantos. Una tradición dramática esta del músico y la carretera que ya venía de Cecilia (que, por cierto, también murió a los malditos 27) y Nino Bravo y que continuaría con Tino y tantos otros.

"Hay también cronistas de aquel tiempo que gustan de situar el final de la movida en mayo del 83, la noche del 14, en que Eduardo se fue"

Eduardo Benavente, ex Pegamoide, había iniciado no hacía mucho junto a Ana Curra la aventura musical de Parálisis Permanente, una banda con un sonido más gótico, más oscuro y arriesgado, menos accesible del que habían elegido sus antiguos compañeros, reconvertidos en Alaska y Dinarama. Murió en mayo del 83 en una carretera riojana. No entraré en predicciones inútiles de hasta dónde o por dónde le habrían llevado su talento y su carisma. Pero sí resalto su nombre en este recuerdo a los mitos prematuros porque hay quienes afirman que aquella noche del 83, con su muerte, aquel accidente de coche cerraba el círculo iniciado por otro. Ya se mencionó en artículos anteriores que hay quien sitúa el origen de la movida en el concierto homenaje a Canito, líder de Tos y víctima también de la carretera, en el 80. Pues bien, hay también cronistas de aquel tiempo que gustan de situar el final de la movida en mayo del 83, la noche del 14, en que Eduardo se fue. Así, la movida habría sido un viaje por carretera con principio y final marcados en el calendario por la aleatoria maldad del asfalto. No sé si eso ayuda al mito de todo ello o no, pero de alguna manera surge una atractiva lógica interna, una conclusión cerrada aunque sin moraleja, una indefinida épica fatalista que aporta coherencia al relato, en ese círculo que cierran ambos accidentes. Es así obligado resaltar el nombre de Benavente como símbolo del final de una era, de la fugacidad de un tiempo que comenzó y terminó en noches de carretera sin fortuna.

Las drogas, las malditas adicciones, también se cobraron sus deudas. Socia asesina de la carretera, su parte de bajas es igualmente extenso.

Enrique Urquijo y Antonio Vega

No removeré aquí ni tristezas ni miserias. Me limitaré a hacer recomendaciones de historias que narran sin duda mejor de lo que pueda hacerlo yo la factura que pasan las adicciones. Ya escribí en otro artículo previo lo que significaron Antonio y Enrique, Vega y Urquijo, ambos unidos por la genialidad y la sensibilidad pero también por la esclavitud de la adicción. Parafraseando de nuevo a Los Limones y sus «Cientos de bares», leamos por Antonio, leamos por Enrique. Ahí está el libro de A. J. Ussía Vatio, imprescindible, sin mitomanías autocomplacientes, sin cebarse pero también sin dulcificar, anticipando el final sin necesidad de narrarlo, ofreciendo un retrato preciso de lo que es la vida del músico adicto. Uno lee sobre Antonio pero puede extrapolar lo que se cuenta a esos otros del club de los 27, a muchos otros antes y después que él. Lectura imprescindible si se quiere evitar pensar esa tontería de que la muerte (o las adicciones) os sienta tan bien. Y en cuanto a Enrique, seré de los primeros en leer en cuanto salga Siempre hay un precio, el libro de Álvaro Urquijo que está al caer. A quienes lo vivieron dejo la palabra.

"Se llamaba Toño Martín y era cantante de Burning. Toño murió en el 91 víctima de una sobredosis"

Pero también aquí me detengo en un nombre concreto de entre los muchos que podrían ser resaltados. Se llamaba Toño Martín y era cantante de Burning. Toño murió en el 91 víctima de una sobredosis. Es fácil encontrar en internet el excelente artículo que publicó Carlos Marcos en El País el pasado 19 de septiembre sobre él. A ese emocionante artículo me remito como relato de ese letal vínculo que a veces se da entre droga y rock y que ha destruido a tantos. Cedo la palabra a Marcos porque merece la pena leerlo, con su dureza y su melancolía, porque no mitifica sino que retrata con precisión a este roquero de raza que se preguntaba junto a Pepe Risi qué hacía una chica como tú en un sitio como este. Toño y Risi, la pareja musical de Burning, ambos ya fallecidos, misma causa y mismo día, un 9 de mayo aunque de años distintos, son el mejor símbolo de la actitud vital de rock and roll, sin engrandecimientos facilones, perfecta personificación del merecido homenaje a los guerreros del escenario caídos en batalla.

Germán Coppini

A otros fue la enfermedad o la tristeza lo que se los llevó antes de tiempo. La placa de ese monumento imaginario en recuerdo de aquellos a los que se les negó la vejez contendría muchos nombres. Berlanga y Kike y Silvio y Bonezzi y Flores y Coppini. Y tantos que olvido ahora. No son necesariamente mejores que los que sobrevivieron los que han llegado al final de la carretera más o menos ilesos, o los que esquivaron o vencieron la tentación del estupefaciente. Pero es obligado recordarles para tener claro que no todo en aquel pasado fue luz y brillo, diversión y gloria, que la fotografía real tiene también sus esquinas de sombra y sus silencios.

Al final, una vez pasados los años, una vez elevada la vida a leyenda y construido el mito, pueden escribirse muchas palabras inútiles pero, sobre todo, lo que quedará será la música que todos ellos hicieron, que seguirá sonando en el futuro. Y de ese futuro negado a todos ellos, que es nuestro presente, ya tocará escribir en la próxima entrega, última jornada de este viaje.

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