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Elogio de la subjetividad

Si pensáramos, por ejemplo, que la anatomía de un poema puede sobrevivir al margen de las muchas variaciones que imponen la tierra y el tiempo, libre de esa expansión, casi siempre ligera, del odio entre quienes no quieren heredar la palabra limpia y prefieren corromperla; si asumiéramos que ese mismo poema, arbitrado seguramente con el mejor de los impulsos, puede llegar a trascender sin desvestirse en medio de la nada ni penetrarnos con esa rebeldía voluble tan asociada al milagro y la conversión; si consintiéramos que a ese poema se le erigiera un pedestal de mármol para que el cieno y las templadas deformaciones del sonido no puedan malograr su lectura ni sugerir nuevos armisticios semánticos que aviven y actualicen sus costuras, entonces deberíamos admitir, y proclamar después, que la literatura, toda la literatura, ha muerto. Y que las nuevas creaciones, más allá de su impacto y de su fulgor, nacen para morir, para disolverse en las curvaturas del olvido, al igual que la historia se convierte en palabra y en cemento, y sus protagonistas, en el débil resplandor que exhalan sus obituarios. Nada peor podría sucedernos. Con nada peor podríamos corresponder al hecho literario, siendo este, como bien señaló Anatole France, la gran fuente de pasión y conocimiento a la que podemos abrazarnos como especie, sin temor a no ser dentro de esa estéril y larga cronología de la que nada sabemos más allá del recuerdo y de sus múltiples imperfecciones.

"Debemos acudir a su perfil biográfico, que es, por otro lado, el origen de un todo superlativo que permitió a France tamizar las sufridas incógnitas del hecho literario sin caer en el dogmatismo"

La vida literaria, obra publicada por la editorial Cabaret Voltaire, no es solo una recopilación de los principales artículos de crítica literaria firmados por el autor francés a lo largo de su dilatada carrera, sino también un ejemplo —aunque para nosotros tardío— de que la aproximación al hecho literario solo es posible si aceptamos su carácter permeable, y si nosotros, lectores y críticos, asumimos que nuestra propia permeabilidad es el motivo y el espacio vital de cualquier creación, el cauce por el que esta puede prolongarse, lejos de su estatus inicial y libre de las congestiones impuestas por su momento histórico. El propio Anatole France es un buen ejemplo de lo anterior. En la introducción que suscribe Lydia Vázquez Jiménez se incluye la mención que de él hace el Dictionnaire des écrivains de langue française: «Anatole France, “mandarín”, “maestro oficial”, “gran conciencia universal” a principios del siglo XX, parece haber desaparecido del horizonte literario. Ignorado por la crítica universitaria, reducido a la cuota obligada en antologías y manuales escolares, a menudo ausente en librerías y bibliotecas, este premio Nobel ha pasado del pináculo al olvido, sin merecerlo en realidad, ya que ni el exceso de honores ni esta indignidad le son justos».

Para conocer las razones de semejante curva descendente, debemos acudir a su perfil biográfico, que es, por otro lado, el origen de un todo superlativo que permitió a France tamizar las sufridas incógnitas del hecho literario sin caer en el dogmatismo, abrazando con explicitud la pasión y la sencillez, y defendiendo —contra todo pronóstico— que la subjetividad y sus muchas vertientes periféricas son la única herramienta con que el crítico puede discernir la verdad insuficiente del autor y su obra.

"Su vocación impresionista fue fruto de ese gusto volátil y accidental por la conversación, por el descubrimiento inesperado, por la asociación emocional de significados y paisajes distantes"

Nacido en París el 16 de abril de 1844, François Anatole Thibault creció en un entorno decisivo para su formación intelectual. Hijo de un librero y comerciante de libros antiguos, su relación cotidiana y familiar con las grandes obras de la literatura —y con joyas menores igual de relevantes— fomentó una erudición extraordinaria que se consolidó durante su etapa como funcionario en la biblioteca del Senado francés. France era ya un lector profesional, con un marcado gusto por el conocimiento y el placer, por la exploración intelectual y la sinonimia, por el debate y la divagación siempre frenética, entre quienes pueden, a fuerza de saber, refundar los gruesos atavismos por medio de la intertextualidad. Su relación sentimental con Léontine Lippmann, más conocida por su nombre de casada, Madame Arman de Caillavet, no hizo sino acentuar su ruptura con el dogmatismo y con las visiones rigoristas que asimilaban el hecho literario al resto de las ciencias. Madame de Caillavet fue una influyente anfitriona de salón en el París de la Tercera República, que brindó a France un espacio refinado en el que legitimar su condición literaria y disfrutar, a la vez, de un modelo de sociabilidad basado en la persuasión, la libertad de movimiento y la subjetividad; factores, todos ellos, que apuntalaron una visión vigorosa y a la vez polémica de la crítica literaria.

El diletantismo —etiqueta peyorativa con la que muchos sectores de la época desacreditaron equivocadamente la visión crítica de France— no fue, en su caso, sinónimo de laxitud o de relajación frente a lo concreto. Su vocación impresionista fue fruto de ese gusto volátil y accidental por la conversación, por el descubrimiento inesperado, por la asociación emocional de significados y paisajes distantes. El crítico, al igual que el lector, es un cauce amplísimo por el que la obra adquiere un nuevo lenguaje, una resonancia alejada de sus parámetros fundacionales, que le permite no solo explicar su esencia más profunda, sino también sobrevivir a la mirada inicial que le sirvió de germen.

"Los textos viven gracias a la percepción del lector y prolongan su vigencia porque, al intentar explicar los pormenores de su alma, mudan la piel y se redescubren en un discurso inédito"

“El buen crítico es aquel que narra las aventuras de su alma en medio de las obras maestras”, diría France. Y el alma, como bien sabía su maestro Ernest Renan, es escéptica, tolerante y profundamente consciente de la relatividad de las creencias. Y dado que el ser humano está encerrado en su propia conciencia y no tiene acceso —ni pretende tenerlo— a la verdad de la obra, sino solo a su propia percepción de ella, la imposición de dogmas estéticos es injustificada. “Señores —admitió France—, voy a hablarles de mí mismo a propósito de Shakespeare, de Racine, de Pascal o de Goethe”. Para ello, podríamos continuar nosotros, será necesario profundizar en lo anecdótico, abrir con sumo placer las ventanas de la periferia y manifestar, con la verdad que se extrae del lirismo, un dolor solo descubierto a través del verso ajeno.

A diferencia de su gran detractor Ferdinand Brunetière, editor de la poderosa Revue des Deux Mondes, no es lícito concebir una ciencia de la literatura al modo del positivismo de Auguste Comte o de las teorías evolutivas de Charles Darwin, y menos aún reducir la crítica literaria a la clasificación de las obras, al análisis de su valor moral o a la determinación de su lugar en el marco de la evolución histórica. Los textos viven gracias a la percepción del lector y prolongan su vigencia porque, al intentar explicar los pormenores de su alma, mudan la piel y se redescubren en un discurso inédito, que nada sabe de absolutismos y que será, con toda seguridad, la antesala de una nueva metamorfosis vital.

"Hay dos artículos dentro de esa selección que iluminan especialmente el espíritu diletante de France. Uno está dedicado a Gustave Flaubert, con motivo de la publicación de su Correspondencia; y el otro, al poeta maldito Charles Baudelaire"

La recopilación de textos realizada con muchísimo acierto por Cabaret Voltaire incluye, entre otros, artículos dedicados a los hermanos Goncourt, a Balzac o a George Sand; textos, todos ellos, en los que la aproximación a la figura literaria está exenta de laberintos, subterfugios e imágenes tan soberbias como tangenciales y subjetivas. Así, mencionando a un sujeto anónimo y extravagante, comienza su texto dedicado al maestro Balzac: «Un día, mientras leía en una librería del barrio latino, vi en una esquina de la tienda a un joven de cabellos largos, muy efusivo. Su cara me resultaba familiar, pero no era capaz de recordar su nombre. Estaba hojeando un libro; su mirada, su sonrisa, los pliegues móviles de su frente, sus gestos exagerados, todo en él hablaba antes de que hubiera encontrado a alguien con quien conversar».

Pero hay dos artículos dentro de esa selección que iluminan especialmente el espíritu diletante de France. Uno está dedicado a Gustave Flaubert, con motivo de la publicación de su Correspondencia; y el otro, al poeta maldito Charles Baudelaire. Respecto al primero, su aproximación inicial solo puede ser física y, por supuesto, monumental: «Era un domingo de otoño de 1873. Fui a verlo, muy emocionado. Me puse la mano en el corazón mientras llamaba al timbre del pequeño piso donde vivía entonces, en la Rue Murillo. Él mismo salió a abrir la puerta. Nunca había visto a nadie como él en mi vida. Era alto, de hombros anchos, grande, impresionante y estruendoso; llevaba con mucho estilo una especie de levita marrón, una prenda de auténtico pirata». Después, tras examinar las misivas del novelista francés, y criticar por igual su pesimismo y su entusiasmo por las cosas humanas y naturales, termina diciendo: «Encuentro a mi Flaubert, en su Correspondencia —cuyo primer volumen acaba de publicarse—, tal como lo vi hace 14 años en el pequeño salón turco de la Rue Murillo: rudo y amable, entusiasta y aplicado; un teórico mediocre, un infatigable trabajador y un hombre honesto».

"El alma, término tan etéreo y, a la vez, aborrecible, está plagada de subjetividad, de apetencias y singularidades, de muros que nos defienden de la corrección con una transparencia tan insoportable como reveladora"

Por otro lado, su exégesis de Baudelaire —una reprobación honesta y sincera, tierna y a la vez voluptuosa de su malditismo, de su predilección por los infiernos, como si solo en ellos cupiera la verdadera beatitud— merece un colofón como el que suscribe France: «¿Acaso no es grande, magnífico? ¿Acaso no se puede extraer poesía de la realidad vulgar? Y observen ustedes, de paso, hasta qué punto es clásico y tradicional el verso de Baudelaire, a la par de pleno. Nunca me decidiré a ver en este poeta al autor de todos los males que asolan la literatura actual. Tuvo grandes vicios intelectuales y perversidades morales que desfiguraron la mayor parte de su obra. Admito que el espíritu baudelairiano es aborrecible, pero Las flores del mal maravillan y seguirán maravillando a todos aquellos que se sienten arrebatados por la luminosa imagen portada en las alas del verso. Fue un hombre detestable, estoy de acuerdo, pero como poeta fue divino».

El alma, término tan etéreo y, a la vez, aborrecible, está plagada de subjetividad, de apetencias y singularidades, de muros que nos defienden de la corrección con una transparencia tan insoportable como reveladora. El alma, prisión perpetua para Anatole France, muy similar a los estadios de la indefensión y el olvido, reanuda su marcha tantos años después con una colección que, gracias a Cabaret Voltaire, brilla como un acto perfecto de justicia poética.

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Autor: Anatole France. Título: La vida literaria. Traducción: VV.AA. Editorial: Cabaret Voltaire. Venta: Todos tus libros.

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Roberto López
Roberto López
3 horas hace

Las sufridas incógnitas del hecho literario sin caer en el dogmatismo. Exacta definición a mi entender. Muy buen artículo además. Un abrazo.