No voy a citar ni el título del libro ni quién lo firma, y que me perdonen los cánones de todo comentario libresco, porque su autor es un experto en marketing y no le hace falta la promoción: el contenido de esta obra se basta y sobra para que se hable de él, que es lo que le gusta a quien lo ha escrito: un expolítico mexicano de altísima talla que vuelve a la carga con una batería de ideas a cual más simplista y envuelta en un paquete de lugares comunes que dan vergüenza ajena. Digamos primero que este nuevo libro trata de abordar la riqueza cultural de México desde, aclara su autor, la perspectiva indígena, y ensaya, según él, a desmontar la historia que “inventaron” los conquistadores, los invasores de Mesoamérica, cosa que, señala, se ha mantenido durante las épocas del dominio de las oligarquías, que es todo tiempo posterior. Lo afirma sin empacho y a pecho abierto desde su rancho en Palenque, una finca de poco más de diez mil metros cuadrados, donde está retirado desde que gobernó para millones de personas. Para este expolítico, una de las cuestiones centrales de lo ocurrido en ese pasado remoto que se niega a asimilar para mirar correctamente el presente y el futuro —sin bilis ni resentimientos y sin pretextos—, es que se trató de una invasión violenta, motivada por la avaricia tanto de la Corona española como de sus crueles soldados, encarnaciones del demonio que oprimieron a las poblaciones indígenas que, destaca, tenían nobleza espiritual y no conocían más que la fraternidad. El libro, al que este señor ha dedicado un año de arduo trabajo, es una exaltación suprema de los valores que atribuye a las comunidades indígenas, de las que dice que no conocían el apego al dinero, la explotación ni el egoísmo, y cuya extensísima lista de valores y virtudes lo sitúan en lo que podríamos denominar una especie de supremacismo indígena. Por ejemplo, sostiene que es un mito que las culturas prehispánicas practicaran el canibalismo y los sacrificios humanos, ya que para el autor no existen evidencias de ese extremo. “Los bárbaros”, apunta, “eran otros, no los indígenas mexicanos”. El supremacismo indígena que defiende este ensayo se apoya en la idea de que entre los pueblos que vivían en ese Edén llamado entonces Anáhuac no existía lucro ni acumulación; la propiedad de la tierra era comunal; había trabajo comunitario y se practicaba la ayuda mutua, sin el pago de una contraprestación; no existía el trabajo asalariado; no existía la esclavitud, y había una inclinación de la gente hacia la honestidad —la corrupción, asegura, vino con la Conquista, cuyo motor principal fue la avaricia—. Otra de las virtudes que destaca este singular ensayo es el enorme conocimiento que tenían los pueblos sobre ciencias, artes, arquitectura y medicina, y también la sensibilidad para relacionarse con mutuo respeto entre las personas, y si bien las comunidades debían entregar un tributo a los gobernantes, como una suerte de impuesto, se trataba, indica, de una de tantas formas de organización y gobierno. Así pues, todo era maravilloso en ese tiempo idílico y el mundo perdió para siempre, por culpa de esos malditos conquistadores, un ejemplo de humanidad que de no ser por la desgracia histórica que como una maldición se cernió sobre lo que después sería México, hoy sin duda desparramaría su grandeza en todos los rincones del planeta, donde estos seres humanos dotados de una superioridad excelsa servirían de ejemplo y guía, y los mexicanos, ese pueblo surgido de los despojos de aquel episodio histórico, no conocerían ni la corrupción ni la miseria y no existirían políticos mentirosos y ni siquiera los narcos que hoy campan a sus anchas con una violencia heredada seguramente de aquellos crueles soldados. Pero no hay que ponerse pesimistas, resume el expolítico convertido ya en ideólogo número uno del supremacismo indígena: a los esfuerzos de los conquistadores por aniquilarlos los indígenas sobrevivieron porque amaban tanto su libertad, que prefirieron huir a los montes y vivir en precarias circunstancias con tal de no dejarse dominar del todo, y su lucha de supervivencia ha trascendido los siglos. Por eso, “gracias a ese sincero amor por la libertad que nos heredaron nuestros antepasados, los mexicanos siempre hemos salido triunfantes cuando se ha tenido que enfrentar invasiones, dictaduras y oligarquías”, porque “la honestidad era un distintivo de los antiguos pobladores y se ha conservado como forma de vida en la mayoría de los mexicanos”, ya que “no existía la avaricia en el México prehispánico”. De modo que si queremos saber a ciencia cierta en qué nos ayuda y protege el legado de las antiguas civilizaciones, concluye el autor, “pensemos nada más que, por ello, los mexicanos somos trabajadores, honestos, creativos y fraternos”. Y todo lo demás, no se rían, es pura miseria humana.
CODA
Según se comenta en México, un senador consentido del anterior gobierno y líder del partido político hoy en el poder, compró 17 mil ejemplares del citado libro del ideólogo del supremacismo indígena y le regaló a cada senador de su bancada un ejemplar. El senador, dicen los comentarios, hizo cuentas y desembolsó siete millones de pesos (unos 318 mil eurazos). Ante los cuestionamientos por el noble gesto, el político generoso salió al paso y explicó que la editorial le había hecho un “descuento extraordinario del 77.7 por ciento”, y que “solo” gastó 670 mil pesos (unos 30 mil 500 euros) que salieron de parte de sus ahorros anuales. Un mexicano de pro, sin duda.


El ex político mexicano autor de ese libraco es un ignorante o un manipulador contumaz: Los mexicas sí practicaron la antropofagia, sí existía la esclavitud en muchas culturas indígenas prehispánicas y sí existieron guerras entre los pueblos indígenas, no eran sociedades edénicas o paraísos terrenales ni vivían en el mítico “comunismo primitivo”. Y al llegar los españoles al actual México con Hernán Cortés a la cabeza, muchos pueblos indígenas se aliaron a los españoles para luchar contra los mexicas (Aztecas), sus enemigos, como los Tlaxcaltecas (quiénes después, armados y entrenados a la española, actuaron como tropas auxiliares en la conquista de las Filipinas), los Chichimecas y otros pueblos indígenas.
La animosidad contra España de muchos ignorantes o demagogos que desconocen la complejidad de la formación histórica durante trescientos años de las Repúblicas Hispanoamericanas, no se ve en estos “ex políticos mexicanos metidos a historiadores” contra Estados Unidos, que en el siglo XIX, por fuerza o por maña, le arrebató poco más de la mitad del territorio a México, prevalido Estados Unidos de su abrumadora superioridad tecnológica militar y en su poderío económico. En Estados Unidos inventaron el revólver en 1846 y en la Guerra de 1848 entre México y Estados Unidos los ejércitos mexicanos armados con viejos fusiles de un tiro y recarga de boca fueron aplastados por los norteamericanos con sus modernos revólveres calibre .44 de largos cañones de seis tiros de fácil recarga, que usaban por pares. Sí la diferencia de poder de fuego era abrumadora: 12 tiros a 1 en favor del soldado de Estados Unidos contra el soldado mexicano. Resultado lógico: Los mexicanos fueron barridos en esa guerra desigual, como la que enfrentaron en el siglo XVI los distintos pueblos indígenas contra los conquistadores españoles. La diferencia es que España mezcló su sangre y pobló, trajo su lengua, su fe y su alma a América y forjó a los pueblos hispanoamericanos. Somos los descendientes de los conquistadores y los conquistados, de los esclavizadores y de los esclavizados, de los colonizadores y los colonizados, de todo lo bueno y todo lo malo. Es nuestra historia, es nuestra realidad y es infantilismo no aceptarla. No vemos a los demagogos mexicanos reclamando a los gobiernos de Estados Unidos que le quitara la mitad de su territorio original a México, ni siquiera le reclaman los maltratos a los pobres migrantes mexicanos que desde hace décadas intentan vivir en Estados Unidos con el sueño de ser “ciudadanos americanos”, es decir, con el sueño de ya no ser mexicanos, para no vivir en la pobreza extrema, en la precariedad, en una sociedad asolada por la violencia criminal de los carteles de la droga, de los extorsionadores, secuestradores y asesinos, quienes reciben de sus gobernantes el inexplicable plan de “Abrazos, No Balazos”, aunque uno de los héroes modernos de Hispanoamérica, Emiliano Zapata, jamás aprobaría tal desvarío porque él siempre le enseñó al pueblo que sí era necesario y justo, para defenderse de sus explotadores y de quienes buscan matarlo de hambre y mengua, “el pueblo tenía que empuñar las armas y echar mucha bala”.
Todo supremacista está errado y el autor del libraco del “Supremacismo Indígena” está plagiando a los antiguos Caribes, quienes eran temidos navegantes y guerreros que habitaban las costas de Tierra Firme en Islas del Mar Caribe (así nombrado por los españoles por este pueblo indígena) quienes tenían un grito de guerra que gustaría a los descerebrados neonazis: “Ana karina rote” en cristiano “Solo los Caribes somos hombres”, seguido de su desarrollo irracional: “y los demás son nuestros esclavos”. Muchísimos pueblos indígenas se aliaron a los españoles para luchar contra sus enemigos Caribes. Aunque la realidad compleja y variada del mundo indígena precolombino parece inabarcable para mentes simples, primitivas y fanáticas de los descerebrados políticos demagogos cultores de la falsificación histórica y el Supremacismo Indígena. Quizás tanta mediocridad como la que exhibe el innombrado “ex político mexicano” explique que la mayoría de las Repúblicas Hispanoamericanas vivan en el atraso, la pobreza y la precariedad, porque sus incapaces políticos negados a la industrialización (?Acaso desconocen los ejemplos de Corea del Sur, de Taiwán, de Singapur, etcétera) se dedican a la demagogia con la fracasada utopía comunista marxista o quieren revivir otras ideologías sepultadas por la realidad, como los supremacismos raciales, algo absurdo en pueblos surgidos del fecundo mestizaje étnico y cultural de Hispanoamérica, con sus raíces indígenas, españolas y negras, que nos salva del criminal racismo, una grave tara moral, un atavismo salvaje que puede terminar en Genocidio.