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Elogio de lo salvaje (y 2): La ilusión de burlar la muerte

Elogio de lo salvaje (y 2): La ilusión de burlar la muerte

Una reproducción ampliada de la imagen que abre esta segunda entrega de nuestro elogio desmedido de lo salvaje preside desde hace años cuanto escritorio he ocupado. Podría ser su título El triunfo de la Muerte, como el cuadro de Brueghel, y bien pudiera representar la amargura de la impotencia. La conciencia repentina de que la fe y los anhelos que nos mantienen y empujan son ilusorios, pese a ser también imprescindibles. Obtuvo la imagen un joven José Demaría Vázquez, Campúa, en la plaza de toros de Talavera de la Reina el 16 de mayo de 1920. Muestra al torero Ignacio Sánchez Mejías doblado por el dolor ante el cadáver de José Gómez Ortega, Joselito. Pero ¿por qué veo yo en esta severa imagen el fracaso inevitable de los no menos inevitables anhelos?

Uno, que es mítico, primitivo y sin civilizar, recorrió en la primera parte de este elogio la geografía más destacada de la Fiesta y, al paso, recomendó algunos trabajos literarios sobre el asunto que nos conmueve.

La lidia a pie y la muerte del toro bravo cara a cara.

De poder a poder.

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Difícil habilidad que cien años después de tomarse la imagen que comentamos sigue siendo arriesgada, pues no garantiza el éxito, pese a que haya costado siglos depurar su técnica. Tristemente célebre, como el caso de Joselito, el del joven francés Yiyo, empitonado en el coso de Colmenar Viejo por un toro herido de muerte justo antes de derrumbarse una tarde aciaga de 1985. O en lance trágicamente similar, el reciente de Víctor Barrio este mismo verano en la plaza de toros de Teruel. La tragedia acompaña desde siempre a la Fiesta, escueta ritualización, terrible y fiel, estricta y rigurosa, del juego que, cuanto vive, lidia con La Muerte.

"Si como acontecimiento merecieron Los Toros a Tierno el calificativo de nacional es porque La Fiesta concierne transversalmente a elementos de todo el cuerpo social sin diferencia de clase, oficio o economía."

No se vive para nada: se vive para morir, fatal circunstancia que la Fiesta de los toros —paradójica Fiesta de la Vida, como se verá— viste de ceremonioso rito. Sobre la extraña necesidad de ritualizar eso que don Arturo Pérez-Reverte ha llamado la regla del juego, es decir, la posibilidad de morir sin remedio en el momento más impensado, trata el profesor don Enrique Tierno Galván en su breve ensayo Los Toros, acontecimiento nacional. Publicado en 1951, como recordábamos en la primera parte de este elogio, lo rescató Turner en 1989 con lucido prólogo, titulado Glosa reverencial, que firmaba don Jesús Aguirre. El entonces Duque de Alba disputaba con altura e ironía, negando algunas afirmaciones del Viejo Profesor y alabando otras de sus «atinadas lucubraciones». Claro que por entonces don Enrique llevaba tres años muerto y no pudo rebatir, lamentable circunstancia que nos privó de un sabroso diálogo que hubiera enriquecido el conocimiento de nuestra Fiesta Nacional: siempre que disputan los sabios sale ganando el conocimiento.

Curro Vázquez

Curro Vázquez

Distingue Tierno en la relación social los «hechos sociales», los «actos sociales» y los «acontecimientos sociales». Los «hechos» serían inevitables, como la relación de pareja, la prole o la muerte; los «actos», realizaciones reflexivas y definitorias de una sociedad, como el Estado, las escuelas, las elecciones municipales o las asociaciones vecinales, mientras que los «acontecimientos», que no son necesarios ni constitutivos, tendrían carácter meramente emocional y arrastrarían sólo a una parte del cuerpo social para el cual, eso sí, serían vitalmente definitorios: un club deportivo, un partido de fútbol, la ópera, el rock’n’roll, los parques de atracciones o, cómo no, La Fiesta, un “acontecimiento” nada menos que “nacional”. La ópera, el rock o el fútbol serían, según esta lógica, “acontecimientos” de orden “internacional”.

Si como “acontecimiento” merecieron Los Toros a Tierno el calificativo de “nacional” es porque La Fiesta concierne transversalmente a elementos de todo el cuerpo social sin diferencia de clase, oficio o economía. Y, sobre todo, porque «ausentes otros estímulos y símbolos» que permitan «vivir psicológicamente la unidad social de la nación», los toros adquirieron a partir del siglo XVIII, al estructurarse La Fiesta en base al toreo a pie, «el papel de acontecimiento capital y director», lo que explicaría «su inmenso y acelerado auge».

"Estamos ante una celebración de la vida y de la muerte sin simulación: aquí se mata y se muere de verdad.."
 

Tierno ahonda en el viejo tema del carácter igualador que tiene esta celebración. «Todos los que sin riesgo miran al torero jugándose la vida son en ese momento (…) inferiores a él». La Fiesta hace evidente que «todos los hombres son iguales salvo en un caso: el de la actitud personal en el juego con la muerte».

Andrés Roca Rey

Andrés Roca Rey

La Muerte, la Descarnada, la Parca, la Dama Negra, la Dama de Luto o, ya más francamente, la Puta Perra, es el destino inevitable de cuanto vive, tema recurrente desde Ulises, lo menos, gran burlador de la muerte que llegó a viajar al mismísimo infierno para volver más consciente, más maduro y más hecho: sólo entonces pudo alcanzar su ansiada Ítaca. La Edad Media concreta el tema en el “topos” literario de la Danza de la Muerte, esa que todos bailan, ricos y pobres, reyes y parias, del primero al último. Jorge Manrique inmortalizó la idea en sus celebradas coplas.

…allegados, son iguales
los que viven por sus manos…

e los ricos.

El cineasta Ingmar Bergman recreó con brillantez la Danza de la Muerte en su película El Séptimo Sello, como ya hiciera en el siglo XVI el holandés Brueghel en El triunfo de la Muerte, cuadro apocalíptico que fascinó a Felipe II hasta el punto de que no paró hasta conseguirlo para sí y hacer que lo acompañase, dicen, hasta expirar su último aliento. La Muerte asusta al ser consciente, pues lo arranca de cuanto es para llevarlo al vacío, a un desconocido e inenarrable Más Allá, el Reino de las Sombras: la Nada, en suma. Sólo el Mito, un conocimiento irracional, pero que es conocimiento al fin, consuela de la evidencia ineludible. El Cristianismo, por ejemplo, conjuró La Muerte introduciendo la Esperanza, virtud teologal y concepto revolucionario en la Historia de la Humanidad pues dio sentido y destino a la Vida individual de cada hijo de vecino. El fulgurante éxito del Cristianismo desde su misma aparición radica en que por primera vez en la Historia del Mundo se definía a cada individuo en particular como creador de su propia biografía, como un ser capaz por sí solo de hacerse digno a los ojos de Dios y merecedor, por tanto de la Vida Eterna, en un «burlador» de la Muerte, que no otra cosa es el Héroe legendario, desde Rama a Supermán pasando por el propio Ulises: un ser «triunfante» por «burlador» de la Muerte.

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La idea de la Fiesta como «burla» de la Muerte es de Tierno, que la extrae de su observación del gran héroe nacional español, el «burlador» por antonomasia, el don Juan de Tirso de Molina. Tierno equipara a don Juan con la figura del torero, «burlador» de la Muerte como él, sumo sacerdote que convierte la vida y la muerte en una verdad protocolizada que exalta la primera, la Vida, para conjurar la segunda, para «burlarla», alejarla, exorcizarla y apartarla, como también recordara Max Aub en unos párrafos de sin igual hondura encastrados en la primera novela de su ciclo Campos, que no voy a citar porque no tengo el libro a mano, mala suerte.

Estamos ante una celebración de la vida y de la muerte sin simulación: aquí se mata y se muere de verdad. Arturo Pérez-Reverte lo expuso con magisterio marca de la casa en el Vigésimo Sexto Pregón Taurino que inauguró la temporada 2008 de la sevillana plaza de la Real Maestranza de Caballería el 23 de marzo de aquel año. En el teatro Lope de Vega de la capital hispalense, la voz autorizada del padre de Alatriste proclamó el Domingo de Pascua de 2008 que «si la muerte no jugase la partida de modo equitativo, parejo, nada de todo esto tendría sentido, y el espectáculo taurino sería sólo eso: un espectáculo. No el rito trágico y fascinante que permite asomarse, para el observador atento, a los grandes misterios de la existencia, de la muerte y de la vida».

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José Tomás

XXVI Pregón Taurino. Editado por la Fundación Real Maestranza de Caballería (Sevilla, 2008)

En los Toros aprende «el observador atento» maneras, comportamiento, actitud ante la Vida, que es como decir también ante la Muerte. Un aprendizaje que compite francamente con el propuesto por la sobrenatural oferta cristiana. Tal vez por esto, el enemigo tradicional de La Fiesta haya sido la Iglesia de Roma. Hay noticias de prohibiciones de todo tipo desde las fiestas de toros bajomedievales hasta que en 1567 el mismísimo Papa, Pio V a la sazón, publicase su celebérrima De saluti gregis, bula que amenazaba con toda clase de males y prohibía expresamente la Fiesta «so pena de excomunión y anatema». Pero, claro, los españolísimos Austrias gozaban con los toros y Felipe IV llegaría a matar uno personalmente, bien que a caballo, en la plaza Mayor de Madrid, hazaña muy celebrada en su momento. En un libro hoy inencontrable, Luces sobre una época oscura (El toreo a pie del siglo XVII), publicado por Everest en 2010, Gonzalo Santonja dedicó un capítulo entero, Papas en busca del error, a historiar cronológicamente la guerra sorda librada por «la gavilla eclesiástica antitaurina, inasequible al desaliento».

Y es que la búsqueda de una pureza prístina y virginal en la Vida es antigua. Hoy el puritanismo vuelve una vez más con redoblado brío a nosotros. Cada vez más gente en nuestro mundo rehúsa visibilizar la dualidad vida-muerte, pese a ser universal, ineludible y absoluta. La visión de esa muerte inevitable se le hace insoportable a una sociedad urbana, alejada de una Naturaleza que idealiza tontamente y a la que confiere una personalidad tan aséptica, fría e impostada como los estantes de sus centros comerciales. Y no. La implacable Naturaleza es la encarnación más real, tangible y visible de la dualidad Vida-Muerte.

La fiesta de los Toros, eminentemente ganadera, es en puridad la de una sociedad consciente de criar animales para matarlos y comérselos, como la nuestra, obviedad que conviene recordar, pues se olvida con demasiada frecuencia que tenemos que hacerlo, aunque sea en lejanos mataderos de los que la carne sale desangrada, deshuesada y lista para exponerse estuchada en limpios envases de plástico. La Fiesta de los Toros, salvaje ceremonia de homenaje a esos animales, nos recuerda que, expuestos a la muerte como estamos, también matamos con objeto de seguir viviendo un poco más. Y que cuanto vive, civilizado y todo, exige la muerte porque de la muerte se alimenta exactamente igual que se alimenta el salvaje. Y que sólo sin vida no hay muerte. Y que cuanto vive debe lidiar sin remedio con ella hasta que un día le toque a cada individuo lidiar solo con la propia en la hora suprema de toda vida consciente de sí. Esa hora fatal en la que no cabe dar la vuelta ni huir ni escapar, sino aguantar y mirar de frente sin permitir, a ser posible, que se note el miedo. Cuando ya no haya «mañana ni esperanza posible», en palabras inmortales de Federico García en su cada día más imprescindible Poeta en Nueva York. Cuando, a la vuelta de la esquina, te espere oscura la Nada.

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