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En busca del patriarcado 15 – La aventuras de la China Iron

En busca del patriarcado 15 – La aventuras de la China Iron

En fin. Escribiremos. Como la mayoría. Como si nada hubiera pasado. Como si no hubiese cambiado la cabeza de gran parte de la gente, que ahora lleva una máscara en la cara como si fuera necesario, como si estuviera bien, como si algún dato científico respaldara que sirve para algo más que para calmar la ansiedad del aterrado. Escribiremos como si los Foucaultianos, que se pasaron la vida hablando del biopoder, no se hubieran tragado también el sapo. Pandemia mediática, enloquecedora y criminal, porque si usted se sienta a leer algo sobre pruebas diagnosticas se dará cuenta de que las cifras son un fiasco, que hemos vivido una pandemia a ojo de buen cubero. Y si se sienta a leer otro poquito sobre los estragos del stress se dará cuenta de que nunca, jamás, sabremos cuánta gente murió a causa del virus y cuánta a causa de ese mal que pocos se han dedicado a estudiar (nunca se hicieron autopsias). ¿Cuánta por el virus y cuánta por la desidia del Estado, por protocolos incoherentes e inútiles, por el terror que sembraron los medios 24 horas al día? ¿Cuántos por la inmoralidad de laboratorios, científicos y profesionales de la salud? Y dejemos acá lugar a duda, que en pie alguna conciencia quedará, aunque no haya podido ser escuchada. Dejemos lugar más que nada para no morir ahora mismo de desesperanza. Y cuántos… cuántos habrán muerto de esto último… Pero me estoy yendo por la rama y esta es una revista sobre literatura, eso que poco tiene que ver con lo que pasa allá afuera, así que vamos al grano, que acá no ha pasado nada, ahorrémonos la mala sangre, sigamos escribiendo reseñas que a nadie importan, novelas para entretener a la gente, si lo otro, total… pa qué…

"Las aventuras de la China Iron es una novela original, una buena idea. Su autora ni tiene ego inflado ni constancia terrorista"

Decía entonces que la constancia es un peligro para la literatura, sí, como las armas, en manos de ciertas gentes, puede ser el eje del mal. Y no me refiero a los que, como Sabato, por ejemplo, escriben libros cuyos párrafos pueden disparar a un depresivo al suicidio, no, eso no está nada mal, dijera Barletta, siendo que los que sobran en la tierra son los humanos (salvo contadas excepciones). Me estoy más bien refiriendo a aquellos escritores mentecatos, de ego inflado infradotado, que creen tener una historia digna de ser contada por el solo hecho de tropezar en la esquina con una zanahoria. ¡Y como son constantes la escriben! Y gracias a su constancia luego son llamados y elegidos, tras cartón, para ser jurados y críticos de trabajos ajenos, dios nos guarde, y acá ya me voy a ir deteniendo antes de que me dé el ictus del desasosiego, porque no quiero llegar a imaginar la calaña de quienes convocan a los mentecatos constantes para ser jurado de algo, dios nos libre, dios me libre, del karma de analizar con lujo de detalle todo lo que se cruza. Si ya lo decía Menard: no hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil.

En fin. Las aventuras de la China Iron es una novela original, una buena idea. Su autora ni tiene ego inflado ni constancia terrorista. Te va llevando lindo con su manera hilarante de criticar al patriarcado, al mundo de los machos ya no tan machos, que allá lejos y hace tiempo, a finales del siglo XIX, todavía lo eran; aún nadie los denunciaba por cumplir con el rol que les tocó en suerte. Gabriela Cabezón Cámara es hilarante y feminista, pero no una feminista gritona, quejosa, de esas que dan ganas de ponerlas en mute porque se pasan de irracionales, de sordas, de necias, tanta necesidad de confirmarse su creencia comprobable con estadísticas sesgadas. Gabriela es un espécimen diferente: simpática, divertida, sincera, elocuente, y luego militante. Esta escritora constante no odia, reflexiona (dios la bendiga).

"El buen hombre era honesto y laburante hasta que la injusticia social lo convierte en matrero y asesino, así que lo perdonamos"

La China Iron es la mujer del gaucho Martín Fierro, y el gaucho Martín Fierro es el ícono de la poesía gauchesca argentina, emblema de la argentinidad, según Leopoldo Lugones. Fue escrita en 1872 por José Hernández que, según la autora, que lo mete de personaje en su novela, es un coronel plagiador que no hace más que maltratar a los gauchos que recluta en su estancia. Hay una segunda parte del poema, escrita en 1979, que se denomina “La vuelta de Martín Fierro”, larga y tediosa.

Leyendo el Martín Fierro en Berkeley es que la autora se da cuenta de que no había una sola voz de mujer en el poema, y así empieza a gestarse la China: cómo sería la historia esta si la hubiera contado una mujer, se preguntó. Las aventuras de la China Iron, publicada en 2017, le valió el ingresó a la short list del International Booker Prize 2020, galardón literario que premia a la mejor ficción traducida al inglés de todo el mundo. Esta vez los mentecatos jurados acertaron. También fue elegido por el diario El País (todos de pie) entre los 20 mejores publicados en Latinoamérica ese mismo año. Y ya vamos a lo que importa:

La primera parte del Martín Fierro cuenta las tragedias por las que pasa Martín, un gaucho bueno que tenía su vida buena, hijos, hacienda y mujer, pero viene el ejército y se lo lleva a la leva a luchar para su patria, en donde lo explotan y humillan hasta decir basta. Bastante actual el argumento: el buen hombre era honesto y laburante hasta que la injusticia social lo convierte en matrero y asesino, así que lo perdonamos (a menos que asesine a una mujer, eso sí que no). Gabriela rescata a este personaje femenino que apenas aparece en el Martín Fierro y lo convierte en protagonista de su novela. China se les dice a las muchachas de campo, a las criollas de clase humilde allá en mis pagos.

"A partir de ahí vive libre pero presa, presa de miedo a perder la libertad, la nueva vida de placeres y felicidad"

¿Qué pasó con la mujer cuando el bruto de Fierro fue reclutado? De todo. A sus catorce años, tras quedarse sin marido y sin sustento, le deja los críos al primero que se le cruza y se embarca en un viaje en carreta, la exótica Liz y ella solas a campo traviesa. Liz es una inglesa preciosa con la que terminará conociendo una nueva vida, las buenas cosas que el mundo tenía para ofrecerle, pero que ella, encarcelada en el rol de mujer del gaucho bruto, desconocía por completo: el sexo verdadero, la ropa linda, la comida rica, la libertad, la danza, el lenguaje… “No sabía que podía andar suelta, no lo supe hasta que lo estuve…”. Y cuando cae en cuenta de la vida que se estaba perdiendo, recién entonces siente el golpe de la carencia. Eso que suele pasar a los que menos tienen, cuando ven cómo vive el más pudiente es que se les da la revelación, y con ella el resentimiento, que es el motor del mundo, dijo alguien por ahí. “Fueron las sábanas y el cotton, mi enagüita de silk que era de China, la verdadera China con chinas de verdad, los pullovers… Todo era suave y era cálido y me acariciaba y sentía una felicidad a cada paso. Cada mañana cuando me ponía la enagüita y arriba el vestido y el pullover me sentía por fin completa ahí en el mundo como si hasta entonces hubiera vivido desnuda, más que eso, desollada. Recién entonces sentí el golpe. Los golpes del dolor de la vida a la intemperie, antes de estar arropada en esos géneros”.

A partir de ahí vive libre pero presa, presa de miedo a perder la libertad, la nueva vida de placeres y felicidad. De perderla a Liz, de tener que volver con el monstruo a la jaula. Aquí se da la paradoja de los neuróticos. Salvando las distancias, suele verse este fenómeno bien claro en el poderoso y el célebre, la enfermedad del poder y de la fama en esto se basa: en el miedo a volver a la vida de antes, sin privilegios, sin lujos, sin tribuna zonza que mire y festeje cada monería, cada huevada que posteamos en Instagram. La China se entera en la estancia de Hernández, a donde terminan con Liz, de que Fierro anda por la zona y teme, porque no vaya a ser que tenga que volver a ser su China ¡y antes muerta!

"¿Por qué a la mujer se le dio por renegar del rol que la condenaba a vivir para el hombre y los hijos, para el hogar y la limpieza, pero no a él del suyo"

Corta su pelo como varón y empieza a gustar de la inglesa que la corresponde en sentimiento, y tienen unas agarradas divinas en esa carreta paraíso repleta de cosas ricas y finas y confortables. Y acá un punto interesante que me carcome la templa: la China supo liberarse de su rol aciago, de lo que le tocó en suerte por nacer mujer, el destino la ayuda algo y ella luego sabe seguirle el tren, pero, ¿y Fierro? ¿Por qué a la mujer se le dio por renegar del rol que la condenaba a vivir para el hombre y los hijos, para el hogar y la limpieza, pero no a él del suyo? A él no se le ha dado por renegar de ser quien debía salir a la intemperie a conseguir el pan, ni de la familia que lo “exprimía”, de esa vida pesada y peligrosa, tanto que a veces ni alcoholizado era capaz de soportar (los varones se suicidan mucho más que las mujeres). ¿Por qué? ¿Por qué no se le dio al hombre por estallar, siendo que le tocaba arriesgarse para encontrar el alimento día a día? ¿Siendo que su vida tampoco es color de rosas?

Pues el final de la historia nos responde, al menos en la novela. El gaucho Fierro rompe sus cadenas y se enamora de Cruz, el sargento encargado de apresarlo pero que, ante la bravura con la que lo ve defenderse, de pronto, grita: «¡Cruz no consiente que se cometa el delito de matar ansí un valiente!». Y la China se alegra mucho con esta noticia, porque definitivamente la salva de lo que tanto temía, y nos regala así el final deconstruido: “No podía saber si era cierto, yo lo había tenido a Fierro encima mío lo suficiente como para saber que tan puto no era. Bien mirado, él me había tenido a mí, y yo misma había estado horas antes abajo de una concha que me dejaba sin aliento si se le antojaba. Esa distancia, esos gustos nuevos que habíamos conocido el padre de mis hijos y yo, me alejaban de la tapera”. ¿Hacia qué nuevas taperas nos dirigimos? Pues vaya usted a saber si no es mejor ni saberlo.

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