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Enterrad bien a nuestros muertos, de Manuel Ruiz Amezcua

Enterrad bien a nuestros muertos, de Manuel Ruiz Amezcua

Zenda publica un poema de Manuel Ruiz Amezcua acompañado de unas palabras del hispanista Christian de Paepe.

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ENTERRAD BIEN A NUESTROS MUERTOS

(2020 y 2021) 

Para Maribel, y para todos sus compañeros sanitarios. Por salvar tantas vidas con tan pocos medios. Y por luchar heroicamente contra un enemigo más que poderoso. Muchos han perdido su vida en ese empeño.

Derramáronse todos como una neblina
GONZALO DE BERCEO

Como todos los muertos de la Tierra
FEDERICO GARCÍA LORCA

¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?
FRANCISCO DE QUEVEDO

Muertos sin alas y muertos sin ojos,
muertos sin cuerpo y muertos sin nadie,
aún no habéis tenido vuestra tumba,
aún no habéis tenido vuestra muerte.

Os mostraremos la luz en la oscuridad.

No tuvisteis un dios,
ni siquiera una mano
en la hora del olvido.

Diremos no a vuestro silencio
y a todo lo que os separa
de lo eterno.

Porque la luz es dulce
y es grato para los ojos
contemplar el sol.

Lo peor del silencio
es su pasión de muerte.

Enterrad a los muertos
y tocáreis lo extraño
y visitaréis lo desconocido.

Enterrad bien a nuestros muertos
antes que no haya compasión
por el rastro de su vida,
por el grito de su muerte.

Enterrad a los muertos, y dirán
todo lo que ocultáis de ellos.
Todo lo que ocultáis a todos.
Todo lo que no hicisteis por ellos.
Todo lo que no hicisteis por sus cuerpos.
Todo lo que no hicimos lo diremos.

Escuchad en silencio
todo lo que murmuran de vosotros,
todo lo que esperaban de nosotros.

Tantos muertos juntos tienen razón
y se levantarán contra nosotros.

Enterrad a los muertos dignamente.
Los dejasteis morir sin dignidad.
Y volverán un día, volverán
a decir su verdad.

Nunca perdonarán el abandono.
Nunca perdonarán tanta tristeza.
Nunca perdonarán tanta miseria.

Enterrad mejor a los muertos,
porque están en el sitio equivocado.
En el miedo a la enfermedad
y en el miedo a la muerte,
y en el laberinto de la locura.

Enterrad a los muertos.
Nunca enterraréis su memoria.

No hay lugar en el mundo
adonde no llegue ella.

***

CONTRA NOSOTROS*

La memoria, arma de los inocentes

En el gran atlas universal de la terrible historia de la humanidad figura un mapa de una verdad particularmente extraña: la cartografía de la miseria y de la infamia humanas. El centro de este mapamundi del ‘dolor de nuestros muertos a través de los siglos’, lo ocupa, como leyenda cifrada, ‘un hospicio sin consuelo’. En la zona todavía en blanco del doble folio una mano acaba de registrar un nuevo jalón de la triste marcha secular de las desgracias: 2020 y 2021. La mano es la de un poeta español, cuyo nombre habla de Dios pero cuya palabra es de humanísima raíz. Su desplegada filacteria reza: Enterrad bien a nuestros muertos.

La condición del poeta-cronista está hecha de palabras. Palabras a los muertos, de duelo y consuelo, palabras a los vivos, de indignada rabia. Su discurso: elegíaco y profético, de tradición clásica. Eco lejano de sus colegas de la vieja ley y del mundo grecolatino, con resonancias más cercanas de los poetas mordaces de su propia lengua y de su propio tiempo. Su verbo: llanto puro, honda sabiduría, inspirada profecía, llama de fuego, acalorado enfado, vehemente denuncia, memoria dolorida, bálsamo y luz.

Palabras a los muertos.

Frente a nuestros muertos de la maldita pandemia, esa enfermedad de todos en todo el mundo, el oficio del poeta es levantar la voz. Y levantarla más aún frente a los muertos con su muerte deliberadamente ocultada, tachada adrede, profanada por la mentira y el silencio. La primera palabra es para quienes se la quitaron en el momento más álgido de su vida, el de su muerte. Quién sabe si jamás la tuvieron en vida, su palabra propia, esos miles y miles de muertos anónimos, desposeídos de todo. Sin alas para escaparse del montón de perros apagados de la Tierra y volar a lo alto. Sin ojos que nadie vino a cerrar en la hora señalada del tránsito. Despojados incluso de sus cuerpos, sin esa mano ni divina ni humana para la sábana blanca de su agonía. A esos muertos exiliados y abandonados en los hospicios, residencias, pasillos sin salida y salas de espera sin esperanza, no se les concedió a veces ni siquiera descansar en paz. Como a los que cayeron en tierra extraña en las trincheras de esa otra pandemia de las guerras sin paces, donde la vida y la muerte alzan sus espadas, se les robó el acto supremo de la vida, la muerte, su muerte.

El poeta-testigo se niega a tantas ausencias, tanta oscuridad, tanto silencio. Con indignada piedad se adelanta, celebrante de una liturgia ancestral de presencia, de luz en las tinieblas, de palabras en el olvido. En este epicedio, esa tentativa de hacer resurgir a los muertos a la luz del sol y a la alegría de la palabra, la voz del poeta (vv. 1-4) llega con palabras claras, directas, de uso cotidiano, sin remilgos metafóricos o simbólicos, con la regularidad y fluidez del endecasílabo y del heptasílabo, con olas repetidamente monótonas de paralelismos y anáforas. El oxímoron del único verso suelto (v. 5) brilla como un relámpago en la eterna noche oscura.

Antes de clamar a los vivos (vv. 18-50), el poeta se para a contemplar esa grata luz del sol vivificante, contrastada con las pretensiones letales del silencio. Extraño claroscuro de vocales y consonantes. El discurso elegíaco se arropa de sentenciosa sabiduría y de razonamiento (vv. 13-17), resuenan máximas y aforismos. El verso es breve, didáctico, apodíctico, contundente, de arte menor, de marca mayor.

Palabras a los vivos.

Ahora la palabra del poeta-profeta es saeta de fuego. Se lanza, exhortativa, imperativa, ‘contra vosotros y esa vuestra ignorancia voluntaria’. El mandamiento es lapidario, duro, hasta seis veces repetido, encabezando anafóricamente sendas estrofas, en cadena aumentativa, en crescendo:

Enterrrad a los muertos
Enterrad bien a nuestros muertos
Enterrad a los muertos dignamente
Enterrad mejor a los muertos.

El poeta-profeta no aparta la mirada, no se queda de perfil. Ha de decir lo que siente. Avisa. Acusa. Denuncia la mentira de cuanto se ha ocultado y se oculta en partes oficiales, comunicaciones de prensa y estadísticas tramposas. Denuncia la falta de asistencia, de dignidad, de empatía oficiales a pesar de la entrega total y la lucha heroica de tantas almas caritativas. Llama a examen de conciencia colectiva, a confesión pública.

En su visión apocalíptica de juicio final ve cómo los muertos ‘se levantarán contra nosotros’. Si al principio el profético vituperio parecía dirigirse a ‘vos-otros’, en el verso final (v. 29) de la estrofa más extensa (vv. 24-29), la perspectiva sobre quiénes son esos vivos interpelados por el poeta, se invierte. ‘Vos-otros’ somos ‘nos-otros’, incluyendo a todos, incluso a sí mismo, dentro de los culpables:

Todo lo que no hicisteis por ellos.
Todo lo que no hicimos lo diremos.

Se cumple otra vez ese particular principio entre filosófico, ético y poético, de que todo – persona o cosa, emoción o acción, color, sonido o sabor-, todo encuentra su plenitud y su vacío existenciales únicamente gracias a su contrario: nosotros-vosotros, luz-oscuridad, silencio-grito, salvar vidas-perderla, mentira-verdad, razón-locura, vivos-muertos, héroe-víctima. ‘Viviendo a muerte’, las constantes antítesis complementarias son nuestra humana condición.

En el discurso a los vivos predominan y alternan grupos de versos endecasílabos y heptasílabos, abunda la rima vocal interna (nuestros/muertos/cuerpo/miedo/ que no) y final (muertos/silencio/ellos/eterno/ diremos; tristeza/miseria; nosotros/vosotros/abandono), son omnipresentes, como golpes repetidos, los paralelismos y las anáforas. La epanalepsis del v. 37 (Y volverán un día, volverán) subraya premonitoriamente la certitud de la visión profética.

Enterrar a los muertos: obra de misericordia y ley de justicia. Si la pandemia llegó hasta los extremos del universo, ahí también llegará la memoria de sus víctimas. Esta memoria, por ser histórica, estará eternamente presente. No se sepultará jamás en las cavernas del olvido en cuanto haya poeta para cantarla y ‘alzar en sus palabras la única salvación’.

*Christian DE PAEPE,
Universidad de Lovaina, Bélgica.

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