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Mario Vargas Llosa. Foto: megustaleer.com

De esta historia lo interesante es el tacto, lo demás son palabras.

Mario Vargas Llosa tenía 26 años menos de los 80 que ahora ha cumplido en honor de multitud. Acababa de tener el mayor fracaso de su vida y venía a purgarlo a Europa. Ya había hecho ese viaje Perú-París algunas veces, siempre para recuperar el sentido de su locura más permanente, la escritura.

Él creyó, desde que era un adolescente, que París era el sitio de los escritores, así que allí fue cuando ganó el premio que le permitió ese viaje, a los 16 años. En 1990, tras el fracaso electoral que lo enfrentó a Fujimori, hizo otra vez ese viaje, para recuperar la escritura. No la había abandonado del todo; leyó a Góngora, se salvó de la rabia atolondrada de las campañas electorales en medio de esos versos barrocos que leía a diario como los papas leen los breviarios.

Y cuando la campana lo dejó fuera del ring y le dio la victoria al chino que finalmente lo desposeería incluso de la dignidad de la nacionalidad peruana, Mario tomó un avión y se vino a París. Yo supe que estaría allí, y deduje lo que haría. Un hombre de su vocación iría a su editorial, buscaría libros, volvería a la rutina de leer y de escribir como si así reconstruyera el paraíso perdido.

Mario apareció, en efecto, cargado de libros, con las manos ocupadas por dos impresionantes bolsas llenas, a las puertas de Gallimard. Como tenía ocupadas las dos manos, toqué afectuosamente su antebrazo. Momentos antes había leído, en un prólogo suyo a un libro de gordos de Botero, que cuando observamos que alguien ha enflaquecido súbitamente sentimos que esa persona ha sufrido un disgusto o una derrota. Cuando observé que había enflaquecido tanto (veinte kilos, me dijo) me di cuenta de que esas líneas dedicadas a los personajes de Botero eran en ese momento parte de su propia autobiografía.

De inmediato, recuperada la respiración de la escritura, se puso a hacer esa autobiografía. Se titula El pez en el agua y es uno de los grandes libros de Vargas Llosa. Ahí se explica la sorpresa que sentí cuando toqué a Mario tan poco después de su fracaso.

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