Llego a la cumbre del Calvitero, 2.397 metros, techo de Extremadura, y me pongo a derribar montículos de piedras. Me impulsan mi propio cabreo y la bendición de un amigo biólogo: hay que combatir esa maldita costumbre de quienes apilan rocas para formar pequeñas torres o para componer sus nombres y mensajes en la montaña. Son horteras, alteran el paisaje, lo reducen a un escenario para fotografiar sus egos, aceleran la erosión, dañan ecosistemas frágiles, le hacen la puñeta al pobre escarabajo que se había excavado un refugio en estas laderas sepultadas por la nieve, barridas por el viento y la radiación solar, y que ahora, pobre coleóptero desahuciado de su templada roca, se hace turistófobo, odia al dominguero, pero nadie se entera, porque nadie lee las amenazas que escriben los escarabajos con sus excrementos sobre los cristales de los coches aparcados en la montaña.
Y mira que me gustan los hitos de piedras. Hoy mismo subíamos por esta sierra de Béjar, por una ladera de piornos y bloques de granito, y a partir de los 2.000 metros de altitud hemos perdido el sendero bajo la nieve. Basta una leve capa blanca para que el monte raso se convierta en un desierto sin referencias. Entonces hemos seguido los hitos: los montoncitos de piedras que los montañeros levantan para señalar el camino en los puntos dudosos. A mí me conmueven. Son señales discretas, gestos de confianza entre desconocidos, mensajes de una comunidad de personas anónimas que se preocupan las unas de las otras. Los hitos están ahí para ayudar a los demás. Y pierden su eficacia cuando alrededor se multiplican los montículos levantados para las fotos, monumentos a la estupidez, estalagmitas del ego.


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