“In case you ever foolishly forget, I am never not thinking of you”
Virginia Woolf
“You” como plural, como conjunto de esa familia. Pensando, sintiendo, viendo en los espacios que os recuerdan, en el seno de mis ojos cuando se cierran, y en los malditos huecos de esta enorme habitación repleta de fantasmas y personajes literarios.
Encuentro tórtolas muertas a mi paso por la ciudad. Sus bellos cuerpos grises doblados con pena, con los ojos cerrados y el cuello siempre en la misma postura. Como si se lamentaran de no poder morir y quedar en el aire, de acabar en una zanja cualquiera, al borde de la carretera. Lo más triste no es la muerte. Lo más triste es que por no ser su forma la que debiera nadie las ve. Incluso cuando hay ojos que se clavan en ellas, ahí se quedan, como despojos. Las cubre la escarcha, no hay ni moscas en estas fechas que las quieran, y son solo testamento de que incluso los cielos mueren.
Una tórtola hembra murió frente a un árbol botella y quedó en una zanja en obras el aniversario, el tres, de tantas cosas malas en mi vida.
Una tórtola macho murió un par de cientos de metros más adelante en el aniversario de mi boda en la playa. En el recuerdo de dos manos anilladas por oro gemelo.
Por supuesto que no perdieron sus vidas para señalar momentos pasados de un absurdo individuo. La sola pretensión me entristece. Es decir, si hubiera umbral con nombre propio más allá de la propia tristeza.
Pero la mente cariada de melancolía ve en las formas que la naturaleza, la vida, el azar o la termodinámica disponen lo que quiere o le falta. Y es tanto lo que echo en falta…
Mi mente es así, un naufragio enorme, y sus fragmentos se agarran a aquello que más se le asemejan a tablas. Las tórtolas ansiosas que alimentaba en un balcón de otra ciudad. La piel amada, añorada, que cometió traiciones, una tras otra, sin contemplarlas, sin pretenderlas o entenderlas. El color que se le fue por siempre a las olas. Llega el extremo a lo feo del alquitrán; en sus muelas trituradas encontraría un ancla si pudiera. Un ancla que hunde y lastra tanto como posiciona y orienta.
Y si incluso el cielo es capaz de morir, no me debería extrañar mi propia muerte, no me debería sentir ajeno a este cuerpo que no quiero, a este pulsar que me repele y repulsa, solo porque quise —quiero— tanto que ya no tengo con qué quererme, con qué cuidarme. Ya no me queda con qué tomar otra bocanada, un solo aliento de más. Porque como la paloma que dobla el cuello en una postura antinatural, quizás buscando estar alineada con las nubes, yo me despierto imaginando que sostengo el cuerpo alargado de mi niño, o que el peso liviano entre mis piernas es una gatita de jungla. Es definitivamente por eso por lo que alargo la mano buscando esconderla bajo un cuerpo que nunca estará ahí.
Este ciclo, repetido sin pausa, sin piedad, día tras día, me conduce a extremos muy reales, y muy tristes. Demenciales. No hay presente ni futuro. Todo es pasado. Lo que vivo se desvanece en una dimensión en la que el tiempo no existe, porque aunque todo es pasado, mi pasado yace cerrado. Como si fuera un muerto.
Lo importante, me quieren decir los demás, sin saber lo que dicen, es el control. Recuperarlo. No soltarlo nunca más. Pero no el control que ellos conocen, sino que el que conocí yo antes de dejarme la piel, la sangre y la esencia en las columnas de arenisca de un convento del corpus christi. Volver a ser el robot que desde fuera parecía no sentir. Que desde dentro a veces incluso llegaba a creerlo. Ser una figura con la ropa en llamas, que salta de luna en luna, que no guarda las caras, que da pasos sin coherencia, porque para tener sentido y orden es necesario un presente que contemple al futuro. Y este fenómeno, ha quedado ya establecido, no existe. Ninguno de los dos. No puede ser. Me arrebataron el control, el camino, y me quedé con las fotografías en la mano, los anillos al cuello.
La vida me busca y yo la rechazo, como rechazo la falsedad de un tiempo que no existe y no quiero para mí. Le presto este tiempo, no obstante. Debo ser de las pocas criaturas para las que la vida es una deudora y no al contrario. Esto solo lo logra el amor. Amor a quienes me criaron. Pero siento el tiempo repleto de desprecio por acceder, por ceder, a este falso encanto, que carece de magia, que viene a un mundo sin misterio ni esperanza.
El del amor, que me brinda tanta agonía. Que tanto ha triunfado llevando dolor a quienes me importan —los de los dos lados del Atlantico—. Dejando al margen el que me haya causado a mí. Pues en mi caso me preocupan más esas plumas arrancadas desde el cañón, los ojos secos, el peso con el que no logro levitar ni en los sueños.
Amor. Una palabra aburrida, rosa, blanda, que hoy me ha golpeado al coger un poemario. En mi mente suena “Wild Horses”. Una canción que, como tantas cosas, llegó a mí importada, impostada. Que era parte de mí antes de conocerla. Antes de que ella, me la enseñara. Esa cursilada que se hace de compartir una canción, que ha de acompañar de por vida. Y así lo hará, lo quiera uno o no. La canción de la pareja. Pero también la canción del caballo muerto, de quien cree conocer lo que es ser salvaje y arrastra por el mundo sus cadenas. Nunca rotas, jamás tensadas. “Expect no more. This is happiness”.
El poemario que agarro es el de una señora, ya mayor, que narra los detalles que la hicieron amar a su marido, su pareja, no lo sé. Lo solté enseguida, como si tuviera la lepra. No la obra, sino mi mano. Temo que pudiera contaminar el bello trabajo de la poetisa. Todos y cada uno de los detalles que fueron signos de amor en su relación. Es una obra dulce, encomiable. En especial de ser cierto. Pero y yo que lo dudo. Que no lo termino de comprar.
Y uno, self-focused, obsesivo, piensa en cuáles fueron los detalles diminutos de amor del otro lado. De qué forma justifico a quienes murieron sin mí, a quienes me han forzado a abandonar ahora, a ese bebé que solo lloro yo. Y no sé hacerlo. No hay razón en el adiós, ni en el misterio de un acento que me rasga los días. Sí doy con decepciones diarias, imposiciones, incapacidad de ver, de entender, mientras se hablaba de alas de mariposa, se componían poemarios, se enmohecía el aire con composiciones instrumentales. Y café. Siempre el dichoso café, como una religión, como un modo de arrebatar al día su ritmo, de desentender, o desentenderse, de la vida.
Entonces viene de nuevo, sin ser invitada, una frase inscrita en un posavasos. “Expect no more. This is happiness”. Y me da la puta risa. Me río en lo que yo solito conecto en mi mente, me río de esa silla que siempre estará vacía para los dos, de las marcas en mi cuerpo. De las marcas en el suyo. De las palabras que malgasto abordando lo mismo. Si no riera, tendría que llorar, y ya he llorado bastante por una vida. Así que ahora grazno cual corneja, que entiende que de la risa al llanto solo hay un carril de montaña mal iluminado, con su carroña y todo.
La risa que amarga es una cosa espantosa. No trae alegría. Se la lleva a otra parte, porque con ella se lleva parte de la pena. Soy del todo consciente del precio. Pero es que daría cualquier extremidad por un segundo de paz, porque esta sangre que no deja de gotear se hiciera costra. Cuando una herida se resiente tanto que olvida que debe cerrarse, el mundo es un lugar distinto, donde las prioridades, las que queden, cambian. Por no importarme, no me importa ni la coherencia, ni poder ser seguido en lo que escribo.
En un hotel de Miami Beach, donde las tórtolas son invasoras, las pobres, donde las habitaciones, la supuesta felicidad, cuestan cientos de dólares para arriba, los posavasos se atreven a decirte lo que es y, lo que es más importante, lo que no es la felicidad. Porque la felicidad no es lo que llevabas en mente al llegar a ese boutique hotel. Tampoco es lo que ya viviste en él. Eso es oro viejo. La felicidad no es lo que hayas vivido fuera, donde sus posavasos pierden su escaso sentido. La felicidad es lo que el verde del dólar pueda pagar, lo que tu mente, embotada, determine en ese momento mientras olvidas que no es tuyo “Wild Horses”, cosa que nunca serás. Que un caballo salvaje es un ser indómito, violento. Al que no entiendes, ni del que jamás te pudiste ganar la confianza. Porque un caballo salvaje, ahora invasor, también, en esas tierras en las que se originó, morderá, pateará y será pura rebelión antes de rendirse. Y si una vez rendido, por voluntad propia, y subyugado a tus mundos de fantasía, de posavasos y paredes de papel, lo hieres a menudo, de formas minúsculas pero incesantes, el caballo huirá con el bocado desgarrando sus encías, la silla bien sujeta en la cincha, a morir en soledad en las montañas. Negándose el pasto, el agua. Preguntándose por qué, si la silla y la cabezada seguían en su sitio, si nunca más relinchó, los Rolling suenan ahora tan lejanos, tan falsos, tan calleja de turistas de Miami Beach. Tan puto huevo horrendo y vacuo vuelto hito cultural por sostenerse sobre los meados de un callejón. Se cuestionará ese caballo que nunca volverá a escuchar el viento, dónde están los signos de amor incondicional que correspondan a los suyos. Preguntándose, en fin, las cosas sin respuesta que todo ser moribundo, sin importar su forma, quiere saber. Sin importar tampoco la forma de la pregunta.
Y si el caballo no muere rápido, no tardará en surgir algún candidato enervando una fusta, un lazo, un jodido ramo de flores, y susurrando “expect no more, boy, this is happiness”. Porque al final el caballo rebelde no era un alma libre, era solo una masa de carne, que quisiera poder morir con el cuello recto, mirando a las montañas, como las tórtolas contorsionan el suyo para seguir siendo cielo. Resulta que en la triste imagen de las tórtolas olvidadas hay más justicia y sentido que en la del posavasos solitario, la canción desmentida, la vida usurpada.
Resulta que los símbolos continúan siendo signo incluso después de rotos si, al menos, uno de los extremos, el que se cree vivo, o el que se cree muerto, los sostienen como ciertos. Y la intención, por ser tan terca, crea una forma que se vuelve sonido, que las alas de las tórtolas dispersan por el aire, vaticinios de otros tiempos, naranjas despedidas de tardes de eterno verano. Un agudo estertor de pulmones de caballo negro que jamás alcancé a escuchar. ¿Adivinan por qué?
Por amor.
Por ruina.
And yet I love…
“Wild horses” mis/tus cojones.


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