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Experiencias sin nombre

La poesía gira en torno a una serie de temas que, sin riesgo a equivocarme, podría decirse que son exactamente los mismos que los de las primeras tentativas poéticas que conservamos de las civilizaciones más antiguas. Y es que ser poeta —el o la verdadera poeta, cabe apuntar, no quien se disfraza con los ropajes de lo poético para esconder su estupidez, su miseria y su narcisismo— es ser ventrículo de una palabra originaria. Desde el silencio de su escritura, intenta escuchar lo prístino, lo arcano, aquello prácticamente inaudible, ya que poetizar es, en definitiva, balbucear en cada verso el rumor de unos presentimientos que ya entrevieron muchos otros antes que nosotros los tuviésemos. Con ello no pretendo volver a ciertas reflexiones de Heidegger en torno a la poesía de Píndaro u Hölderlin, por ejemplo, y que cabría de catalogar como insuficientes, pero sí que es necesario destacar que lo poético, aunque adquiera una forma u otra, siempre se anuda con lo originario y, como tal, con aquello que carece de nombre.

Lo originario es innombrable. Las verdaderas experiencias, como lo es la poética, transitan alrededor de un socavón, de un agujero, donde paradójicamente la novedad se confunde irremediablemente con lo ya vivido —o con lo que creemos que ya hemos vivido—. Y eso es así porque siempre intentamos apresar algo que se escapa —y escapará siempre—. No sabemos qué es, lo desconocemos absolutamente, pero cuando experimentamos determinados fenómenos, acontecimientos o vivencias, y consideramos que son rompedoras o novedosas, realmente hay algo muy propio que retorna ineludiblemente. Tal vez vuelve porque nunca se ha ido, porque permanece acurrucado en algún rincón o estrato de nuestra alma, psique, conciencia o inconsciencia. Lo que se quiera o prefiera. Puede ser un mecanismo de defensa, para intentar mitigar la angustia que nos genera lo desconocido; eso ahora es indiferente, la cuestión es que siempre que nos las vemos con lo innombrable, retorna lo más propio en una dialéctica un tanto extraña pero inexorable.

La poesía de Juan Malpartida pretende apelar a esa experiencia de lo innombrable, y lo hace conjugando ilusión con nostalgia; dicha con cierta cuota de melancolía. Sus versos son estratos que pretenden aproximarse a lo que invalida cualquier cercanía pero que, como buen poeta, no puede renunciar jamás a intentar palpar. Como afirma en los últimos versos de su poema La puerta:

No hay forma, sólo puertas que son nubes,
una mano que gira en la madeja oscura de los sueños,
un deseo sin rostro:
el no de los espejos, inclinado
sobre el huidizo horizonte de las cosas.

Nada puede cerrarse, todo vuelve,
es distinta la hora y es la misma,
va labrando mi cara, que es olvido;
y la nostalgia, sin melancolía,
de todo lo que fue y se ha vivido.

El sentido excede el nombre. O el nombre no puede nombrar. Fracaso de las palabras, sensaciones desligadas de cualquier referencia o eso es  lo que sentimos a menudo, sin necesidad de hacer fenomenologías absurdas ni ponernos muy trascendentales. Un rostro, un cuerpo, el mar, la carretera, una mirada… Todo son pretextos para cartografiar una topología imposible, para designar un rumor incapaz de hacerse letra y, por consiguiente, tangible. Evidentemente que hay desorientación, incertidumbre, desconcierto, pero también viveza, intimidad, e incluso cierta dosis de plenitud. Como plantea Malpartida en su poema Súbitamente, la vida:

eres el río que desciende
por los cuévanos de la desmemoria,
la erosión de la sal, el cuarto solo,
la húmeda hojarasca del invierno,
la rama florecida sobre el hielo;

desnuda en el arcano de la noche,
eres todo lo que no tiene nombre.

Hay una memoria que carece de tiempo, una historia que adolece de pasado y de futuro. Experiencias fulgurantes, vivencias que sobrepasan los marcos temporales en los que pretendemos encerrar todo lo que nos acontece. En eso estriba la poesía de Juan Malpartida. Busca, con una escritura pulcra, viva, candente, perfilada, aproximarse a lo imposible, acercarse, como Empédocles, a ese agujero que preanuncia lo prístino. Y es que la experiencia, la que es verdadera experiencia, y la poesía de Malpartida lo es, siempre destruirá las referencias en las que intentemos depositarla y nos conducirá a lo que verdaderamente es originario.

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Autor: Juan Malpartida. Título: Río que vuelve. Editorial: Pre-Textos. VentaAmazonFnac y Casa del Libro.

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