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Félix G. Modroño exorciza en La ciudad de plata sus fantasmas bilbaínos

Félix G. Modroño exorciza en La ciudad de plata sus fantasmas bilbaínos

En San Manuel Bueno, mártir (1930), uno de los más célebres cuentos de Miguel de Unamuno, se alude a Bilbao como “La ciudad de la piel de plata”. Bilbaíno como Unamuno, e incluso licenciado en Derecho por la Universidad de Salamanca, de la que fuera rector el filósofo, Félix G. Modroño ha titulado La ciudad de la piel de plata (Destino) la tercera entrega de la trilogía dedicada a su solar natal, integrada anteriormente por La ciudad de los ojos grises (Algaida, 2008) y La ciudad del alma dormida (Ediciones B, 2020).

Recién llegada a las librerías, en su presentación madrileña Lorenzo Silva definió la nueva entrega de Modroño como “un viaje que nos lleva desde el Bilbao de los años 80 (el de la famosa riada que sufrió una buena parte de Vizcaya) hasta el Guggenheim. De hecho, el devenir del museo (desde que sólo era un proyecto hasta su inauguración) sirve de hilo conductor de la acción”.

Pero al cabo, lo que viene a contarnos La ciudad de la piel de plata es una transformación de Bilbao, que llegó con el Guggenheim y la rehabilitación de la ría. Por ende, fue una transformación de la sociedad vasca y finalmente de la española. “A nosotros, a los bilbaínos, también nos gustaba Bilbao cuando decían que era la ciudad más fea de España. Ahora tiene hasta turistas”.

"Hijo de emigrantes castellanos, yo nací vasco y crecí en un ambiente protagonizado por la izquierda abertzale"

Protagonizada por Alberto Cepeda, es este un joven ingeniero que abandonó Bilbao por un desaire amoroso y vuelve al cabo de los años contratado por el taller de arquitectura que está levantando el Guggenheim. Prendado perdidamente de Izarbe Segurola, la hija de su jefe, un asunto que ésta le refiere —concerniente a una niña robada durante la Guerra Civil— le convierte, para impresionarla, en un detective cándido, que ni va de sobrado ni es un cínico. “Es un chaval, en muchos sentidos ingenuo, que se encuentra con la historia de una mujer que da a luz en una prisión durante la guerra y la niña desaparece”, continuó Silva, quien para señalar lo bilbaína que es la novela destacó una característica, en verdad singular, de Cepeda: “No liga. No liga nada y, cuando parece que lo ha hecho, no le sale bien. Esto es algo legendario en Bilbao: los bilbaínos no ligan nada”.

Escenario que por momentos adquiere rasgos de protagonista, de una u otra manera el peso de la capital vizcaína en las nuevas páginas de Modroño es tan grande que, para quienes aún recuerden esa novela urbana, tan traída y llevada a finales de los años 80, ésta podría parecerlo. Sin embargo, no lo es. Como tampoco es esa novela negra, que perciben en La ciudad de piel de plata los libreros que la colocan en las mesas y los estantes dedicados a estas ficciones. Aunque, como se vende bien bajo esa etiqueta —los 20.000 lectores de los dos títulos anteriores le avalan— y Modroño no dice nada, sí que quiso dejar claro en la presentación madrileña que se “trata de una novela histórica contemporánea”.

"Crecí escuchando canciones en las que creíamos exaltar a ETA"

“Hijo de emigrantes castellanos, yo nací vasco y crecí en un ambiente protagonizado por la izquierda abertzale”, recuerda el novelista, evocando su infancia. “Crecí escuchando canciones en las que creíamos exaltar a ETA. Cuando alguna amiga decía que su primo era etarra sentíamos cierta admiración. Hay un detalle real que le pasa al protagonista. Está basado en un recuerdo mío, de octubre del 79… Yo salgo del colegio, a las tres y media de la tarde, y veo bajarse de una furgoneta a un tipo encapuchado para ametrallar, a tres metros de mí, a un chaval que acababa de salir del portal de ver a su novia. Recuerdo que cayó sobre el volante y la bocina sonaba: era un guardia civil. Y mi reacción no fue otra que irme casi con absoluta naturalidad. Más tarde, aparecieron en el colegio dos policías de paisano y yo no conté lo que había visto porque entre mis compañeros me habría sentido como un chivato. Cuando había un secuestro no me ponía el lazo azul, y nunca me atrevía a hablar en público de nada de esto”.

Ese clima, “enrarecido y marcado por la violencia”, en el que creció Félix G. Modroño, tocó a su fin cuando el padre del novelista, tras salvarse de una bomba —colocada en la construcción de la autovía donde trabajaba porque el artefacto fue descubierto unos minutos antes de que explotase—, decidió abandonar el País Vasco. “ETA no quería ni el Guggenheim ni ningún avance”.

"No creo que ninguno de los chavales que proclaman ahora su ideología de una manera más ingenua que mi Alberto en la novela sepa quién fue Miguel Ángel Blanco"

La ciudad de la piel de plata es un intento de exorcizar toda la pesadumbre que, a medida que fueron pasando los años, con él residiendo en otros lugares, le viene agobiando desde los silencios que guardó en Bilbao siendo un niño. O, por volver a sus evocaciones, es como cuando salían de Vizcaya y, al llegar a Burgos, su padre, en la radio del coche, “quitaba las canciones las canciones de Vizcaya y ponía al Nuevo Mester de Juglaría”.

“Nosotros éramos vascos, hijos de emigrantes, y teníamos un problema muy serio de identidad”. Un trauma que se acrecentó cuando, con 15 años, se vio obligado a dejar su colegio, sus amigos, su primer amor…

“No creo que ninguno de los chavales que proclaman ahora su ideología de una manera más ingenua que mi Alberto en la novela sepa quién fue Miguel Ángel Blanco o conozca el secuestro de Ortega Lara. Ahora es una maravilla que no haya carteles con dianas amenazando a políticos y periodistas. Ninguno de nosotros nos atrevíamos a quitarlos. La ciudad de la piel de plata ha sido mi manera de hacerlo y de contar una realidad social desde el punto de vista de la calle”.

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