[15 – 31 diciembre]
El lunes por la mañana, examen de Teoría de la Historia del Arte. Este año el curso se ha pasado más rápido de lo habitual. Tal vez porque en tu cabeza estaba siempre de fondo la escritura de la novela. Y todo lo que no fuera eso ha funcionado como una especie de fondo de contraste.
Mientras «vigilas» el examen, lees El secreto, la novela de Donna Tartt. La comenzaste hace unos días para ver cómo trataba el ambiente universitario y la pasión por las humanidades. Cada vez que comentabas que estabas escribiendo una novela de campus, te enviaban ahí. Misterio, secretos ocultos…, la biblia de la Dark Academia. Te interesa al principio. Pero a las 250 páginas la abandonas. Has captado ya la idea y el ambiente. Todo te resulta inverosímil. No quieres más de eso. Desde luego no 500 páginas más. Mejor perder tres días que toda una semana.
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En el taller de escritura hoy toca trabajar los diálogos. Conforme avanza la clase, caes en la cuenta de que no has seguido del todo algunos de los consejos que sueles dar: limitar los adverbios, no abusar de los puntos suspensivos, no utilizar sinónimos de «dijo» o tratar de que el diálogo se oiga pero también se vea, que los personajes «hagan algo» cuando hablan.
Al día siguiente, revisas los diálogos de la novela y tratas de arreglarlo todo. Es, sin duda, lo más valioso de impartir clases de escritura: lo que aprendes sobre lo que tú mismo haces. Escribes mejor desde que enseñas a escribir.
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Durante la semana, continúas la revisión de la novela, el trabajo en el cuarto borrador. Eliminas frases, párrafos, incluso páginas completas. Es el momento de la poda. Doloroso y a la vez liberador. Primero señalas los párrafos que son reiteraciones, los que son prescindibles, los que son negociables, los que podrías fusionar con otros e incluso los que dejarías porque están bien, pero dudas ligeramente. Estableces prioridades de eliminación. Unos tachados, otros en gris, otros entre corchetes. Pero al final los acabas eliminando todos. A pesar del miedo a perder algo bueno. A pesar de las horas invertidas. Pero escribir es también saber cortar. Y en este momento del manuscrito, eso es más importante que cualquier otra cosa. La alegría del borrado y el gozo de la papelera llena.
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Lees El buen mal, el libro de cuentos de Samanta Schweblin. Te fascinó su novela Distancia de rescate, pero sobre todo te encandilaron los cuentos de Pájaros en la boca y Siete casas vacías. Los relatos de El buen mal están a la altura de estos libros. Algunos de ellos, como «Bienvenida a la comunidad» o «El ojo en la garganta» son de lo mejor que has leído en mucho tiempo. Desasosegantes, extraños, siniestros. Generan una especie de «mal rollo» —no encuentras una expresión mejor— superior a cualquier historia o película de terror puro. Cuando cierras el libro, el aire denso y pegajoso de las historias se queda contigo. Y también unas imágenes poderosas que te va a costar olvidar.
Disfrutas como un crío leyendo hasta altas horas de la madrugada. Resucita algo de la pasión juvenil por la lectura. La entrega incondicional a un libro, a unas historias, a un mundo propio que te atrae y te embelesa. Schweblin juega en otra liga. En esa liga de escritores a los que solo puedes admirar.
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El jueves, ceremonia de entrega del libro del año de la Región de Murcia a Este es el núcleo, la novela de Leonardo Cano. Celebráis hasta tarde. Aunque esta vez no te quedas el último. Tienes la novela en la cabeza. Estás bien dentro de la reescritura y quieres aprovechar algo la mañana del día siguiente. Cualquier evento, ahora, es distracción. Por mucho que lo disfrutes. Como disfrutas también, al día siguiente, la comida con los compañeros de la radio. La tarde con Marian, los encuentros con amigos, la noche larga llena de apariciones felices.
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El fin de semana lo pasas encerrado escribiendo —o mejor, recortando—. Los días casi sin levantarte de la silla. A última hora del domingo, consigues acabar la revisión. Estás satisfecho con el trabajo. Aunque ahora falta lo más difícil en este borrador: reescribir las partes que no funcionaban en la versión previa. Transformar las voces individuales en una especie de coro griego que se dirige al escritor desaparecido. Llevas con eso en la cabeza desde que lo concebiste. Si consigues hacerlo, será la clave de la novela. Es curioso cómo algunos elementos clave llegan tan tarde en la concepción de un libro. Casi por decantación. Cuando la maquinaria está preparada para aceptarlos.
Has planificado lo que quieres hacer. Lo tienes pensado. Crees que va a funcionar. Pero no podrás saber hasta que lo escribas todo y lo sitúes en su lugar. Hay cosas que no es posible conocer en abstracto. Necesitas verlas sobre la página para comprobar si funcionan.
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El lunes, clase magistral de Manuel Vilas en el taller de escritura. Luego, cervezas de Navidad con los talleristas. Siempre te quedas hasta el final. Pero esta vez te vas el primero. Hay algo en el escritorio que te llama y no puede esperar.
Al día siguiente, te levantas temprano y comienzas a escribir ese coro. No es excesivamente largo. Unas tres mil palabras. Pero necesitas encontrar el tono. La voz justa. Eso es lo más difícil aquí.
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Quieres llegar a fin de año con ese coro esbozado. Tú mismo te has impuesto el límite y la presión. La necesitas para poder acabar. Sobre todo para aprovechar las vacaciones y no dejarte llevar por las fiestas. Porque las celebraciones navideñas están ahora en medio de todo. Un aluvión de comidas y compromisos de los que quisieras poder escapar. Estas navidades eres una especie de Grinch que solo quiere terminar una novela.
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Cortas durante el día 24. Para el aperitivo y para la cena. Antes, visitas a la Julia. Estás cansado todo el día. Comes y bebes demasiado. Al día siguiente tienes resaca y el estómago revuelto. También Raquel —el estómago; no la resaca—.
Os quedáis en casa tranquilos y veis terminar la temporada de Pluribus, la serie de Vince Gilligan. Han sido un goce los nueve episodios. La interpretación de Rhea Seehorn, que levanta la serie ella sola, los escenarios y los tiros de cámara, que recuerdan a Breaking Bad y Better Call Saul, pero sobre todo la premisa de la historia: un virus que llega del espacio y convierte a la especie humana —menos a unos poquísimos individuos— en un solo organismo conectado: un «nosotros». Al principio creías que algo así de potente no iba a poder sostenerse. Pero, salvo el escollo del tercer capítulo, la serie se mantiene y va creciendo episodio a episodio.
Lo que no habías advertido hasta hoy es que, en el fondo, lo que tú intentas hacer con el coro de la novela tiene mucho que ver con el «nosotros» de Pluribus. No sabes si te ha influido inconscientemente o es tan solo una coincidencia. Pero lo cierto es que esa voz colectiva —en tu caso, de la institución y la burocracia— funciona del mismo modo: un organismo que anula y trasciende a los individuos.
Eso es lo que te ha llevado también a leer algunos libros en los que se despliega un yo colectivo. Y es así como has llegado estos días a Himno, la novela que Ayn Rand publicó en 1938. El relato de una sociedad donde no existe la propiedad privada, ni la voluntad individual, y sobre todo donde la palabra «yo» está prohibida. Hasta que un joven (Igualdad 7-2521) la descubre; primero en sus emociones y luego en los libros de la época anterior al Gran Renacimiento. Es una novela ingenua y panfletaria. Una defensa del individuo frente a lo común. La lees con curiosidad e incluso la disfrutas. Sobre todo porque te conduce de nuevo a las voces, al «nosotros» que estos días no te abandona.
Lo comentas el sábado, en una comida con amigos escritores. Es la celebración del Premio Mallorca de Narrativa que ha ganado Diego Sánchez Aguilar y os ha invitado a un arroz huertano. Tras la comida, quedan todos a unas copas en el centro. También pincha Rafa en un pub y has quedado en pasarte a saludar.
Decides no hacer ni una cosa ni otra. Acompañas a Raquel a casa y te quedas allí escribiendo. Sólo quieres ahora eso. Aunque sea un párrafo, una frase, una palabra. Es lo que hoy consigues. No mucho más de una frase. Pero con eso hoy te basta.
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Pasas varios días encerrado trabajando en el nosotros hasta que la voz te posee del todo. La cadencia se te mete en la cabeza. Tanto, que tienes miedo que acabe ganando espacio y arrebate el protagonismo a la voz de la narradora. Por eso tienes que dosificarla. Encontrar el modo de introducirla en la historia sin mermar lo que ya tienes.
El día 30, a media mañana, terminas de esbozarlo todo. Antes incluso de lo que habías previsto. Lo sitúas entre las cinco partes de la novela y lo lees todo de un tirón. Al terminar, te levantas de la silla y caminas por la habitación en silencio respirando despacio. Después das un pequeño salto, como si hubieras marcado un gol.
¡Sí! Esto era. Mejor o peor, pero esto era.
Antes de volver a enviarla a tu agente, estos días afinarás esa voz hasta pulirla del todo. Pero ya está hecho. Y funciona. Experimentas algo que no sentiste cuando acabaste el borrador anterior: que ahora sí está ahí lo que tú querías contar. Que es la novela que más se parece a la que querías escribir. Y que está muy cerca de lo máximo que tú ahora mismo puedes dar como escritor. Por supuesto, puede ser mejor. Pero el escritor que ahora mismo eres ya no sabe hacer más.
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Después de acabar, te duchas y te acercas con Raquel a comer al Yeguas. Habéis quedado con Isabel, Sonia y Juan. Allí están también a tus hermanos. Hacía meses que no los veías y suponías que hoy los ibas a encontrar. Es su segunda casa.
En el postre, recibes un mensaje de Yayo: cierra El Parlamento Bar. Los propietarios se jubilan. Hoy es el último día. Está yendo la gente a despedirse. Él ya está allí. Y también algunos amigos. A ti también te gustaría. Pero no te va a dar tiempo. Tal vez por la noche. La última noche.
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Llegas a casa con el tiempo justo para ducharte, cambiarte de ropa y salir para el Palacio de los Deportes. Yayo te ha invitado al baloncesto. UCAM Murcia-Real Madrid. Primero contra segundo. Palco a pie de pista. Nunca habías visto un partido así, en la propia pista de juego, con los jugadores tan cerca que casi te salpica el sudor. Hacía también tiempo que no ibas al baloncesto. De adolescente fuiste socio del Juver Murcia. Con tu hermano Juan. Pero poco a poco te fuiste desconectando y ahora lo sigues muy de lejos. Sin embargo, lo que ves hoy te emociona. La intensidad, el ambiente, pero también todo el espectáculo. No sabes por qué te alejaste de esto.
Antes de comenzar el partido, se rinde homenaje a Sadiel Rojas, que jugó en el UCAM entre 2014 y 2023. Ha sido una leyenda del club y hoy retiran su camiseta. En el centro de la pista está él con sus hijas y su mujer. Se percibe la emoción de todo el público. Ha sido alguien muy querido. Un jugador de equipo. Al pasar por detrás de tu silla de camino a su sitio, te miran y sonríen. Él y su mujer.
En el descanso, hay un aperitivo para los asistentes al palco. Mientras charlas con Yayo y Marian, ves llegar a Antonio, el propietario del Yeguas, con las niñas de Rojas en brazos. Seguramente nota tu gesto de sorpresa. Sadiel es su yerno, te dice. El marido de la hija de su mujer. Ha ido muchas veces a comer al Yeguas. Es amigo de tus hermanos. Se ha sentado más de una vez debajo la foto tuya que tienen el restaurante.
Te maravilla el azar. Sadiel Rojas, el jugador dominicano, es el yerno de Antonio del Yeguas. Y el primer día que vas al baloncesto en más de 10 años es el día en que retiran su camiseta. Si faltaba algo, ese mismo día has estado comiendo allí. Lo cuentas en una novela y resulta forzado. Paul Auster en Murcia.
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Al terminar el baloncesto, pretendes despedirte de El Parlamento. En los últimos años ha formado parte de tu paisaje emocional. Has pasado allí tardes y noches memorables. También aparece en alguna de tus novelas. Y ha sido una constante en tus diarios. Una casa fuera de casa.
Sin embargo, la salida se demora y no te da tiempo a llegar. Piensas entonces en la última noche que viviste allí. Hace poco más de un mes. Con Yayo y Jacobo, después de los Premios Generación Estrella. Lo relataste en este diario. De alguna manera sonaba a despedida. Pedro, uno de los propietarios, bajó la persiana y se quedó con vosotros hasta la madrugada. Algo allí ya adelantaba este final.
Y eso es lo que piensas hoy. En todos los días que fuiste feliz en aquel lugar. Y sobre todo en esa última noche. En la despedida inconsciente. El hasta luego que fue un hasta siempre. La vida está llena de estas cosas. De hecho, por lo general suele suceder así. Uno se despide para siempre de los sitios y de la gente sin ser consciente de ello. Las cosas —las personas— están ahí y un día, de la noche a la mañana, dejan de estarlo. Así que cada adiós momentáneo puede ser siempre el definitivo.
Lo otro, poder despedirse del todo, suele ser más la excepción que la regla. Y las veces que sucede parece que la vida está imitando a la literatura. Con sus cierres perfectos y sus finales llenos de sentido.
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Este diario es vida, pero también literatura. Y por eso ahora puede relatar su despedida. Decir adiós y darle un sentido al final.
Termina con el año. Pero sobre todo con el final de la novela. Con ese propósito comenzaste este «Vivir dos veces». Dejar constancia de la escritura de la novela. El making of. Lo que rodea la escritura. El taller, las decisiones, las lecturas, los caminos cortados, pero también los restos, los residuos, la escritura periférica.
Ha pasado casi un año desde el inicio. 24 entradas. Cada dos semanas. Más de 50.000 palabras. Casi otra novela. Un año intenso en el que has leído, has escrito, has viajado, has pasado unos meses en el paraíso, has amado y has reído. También has llorado. Y por supuesto, has padecido todas las enfermedades y dolencias (si no, no serías tú). Has sacado una cátedra y has terminado una novela. Y mientras, de fondo, el mundo no ha dejado un minuto de agrietarse. Un poquito más de lo que ya estaba. Unos centímetros más cerca del abismo hacia el que parece dirigirse.
Y en mitad del torbellino, la lectura y la escritura han sido bálsamo y refugio. Como lo ha sido también para ti este territorio de Zenda. Un territorio mágico y libre al que no puedes sino dar las gracias por haberte acogido este año.
Pero el agradecimiento mayor es para quienes se han acercado a estas entradas y te han acompañado en esta vida duplicada. Gracias por la lectura, el aliento y la complicidad. Tal vez el futuro nos vuelva a juntar.
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CODA [1 -13 enero]
Después llegará el 1 de enero y la resaca será terrible. Te levantarás con propósitos de año nuevo y te prometerás moderar sobre todo el alcohol. Volverás a la novela. Pulirás las voces, terminarás de ensamblarlo todo y la enviarás de nuevo a tu agente. Al día siguiente, tomarás un tren para acudir a los Premios Zenda. Te encontrarás allí con amigos y escritores que admiras. Celebrarás el Zenda de honor a Enrique Vila-Matas. Pasarás la noche con agua con gas y apenas una cerveza. Muchos allí te dirán que esperan la crónica de tu diario. Y tú contestarás que ya has dado por cerrada la última entrada, que el diario acaba cuando acaba la novela. A eso te comprometiste. Y eso es lo que has hecho. Pero aun así, no te resistirás a este otro final y escribirás este último párrafo. Una leve reverberación. El diario de Zenda que acaba en la noche de Zenda. También otro azar. De nuevo. Como siempre. La vida tratando de agarrarse a la literatura.


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