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Fotografiarse tocando el saxofón en la punta del Everest

Fotografiarse tocando el saxofón en la punta del Everest

No hay fotos de Edmund Hillary en la cumbre del Everest. Cuando Tenzing Norgay y él pisaron por primera vez el punto más alto del planeta en 1953, Hillary sacó fotos al paisaje y a Norgay alzando el piolet. Estuvieron allí quince minutos. Norgay se ofreció a sacarle una foto y Hillary respondió que no hacía falta.

"Uno de aquellos montañeros se sacó fotos tocando el saxofón en la cumbre"

Ahora el parlamento nepalí ha aprobado un proyecto de ley para endurecer el acceso a las cumbres de más de ocho mil metros: los montañeros deberán presentar certificados médicos recientes y acreditar que han subido al menos un pico de siete mil metros. La medida intenta rebajar las masificaciones mortales de los últimos años, sobre todo en el Everest, que ha vivido colapsos como el de la primavera de 2019: casi 900 personas alcanzaron su cumbre, 200 de ellas coincidieron en la misma cola para superar los escalones finales y once murieron —varios de ellos en pleno atasco—. Uno de aquellos montañeros se sacó fotos tocando el saxofón en la cumbre. No es que quisiera tocar el saxofón, es que quería sacarse fotos tocando el saxofón.

Alberto Iñurrategi, uno de los montañeros con trayectoria más impresionante y creativa de la historia, suele decir que el Everest sigue siendo una montaña extraordinaria, en la que es posible escalar en soledad, siempre que uno se salga del camino preparado. Eso, claro, exige iniciativa propia y esfuerzo extra. El Everest es un síntoma: no interesa la exploración, la observación, la reflexión, solo interesa la vía directa al selfie. Lo han reducido a un escenario para desplegar egos como banderolas.

"¿Somos aún capaces de vivir alguna experiencia completa, de pensarla y elaborarla, sin interrumpirla con la urgencia de mostrarla, con la urgencia de mostrarnos?"

Los primeros himalayistas bajaban de la montaña, escribían notas en el campo base y las entregaban a mensajeros que corrían a pie hasta el telégrafo. Sus noticias tardaban semanas en divulgarse. Ellos mismos viajaban durante meses en barcos, trenes y a pie. Tenían tiempo para pensar. En esos largos trayectos escribieron buena parte de las obras maestras de la literatura de montaña, lentas, sensibles, poderosas. Hoy la conexión con el mundo la llevamos siempre a mano, muy cerca del ombligo, y transmitimos mensajes al instante. Lo importante es transmitir, el mensaje da igual: estallidos de emoción, frases hechas y fotos, fotos, muchas fotos de uno mismo. El Everest plantea una pregunta que se extiende a muchas otras situaciones: ¿somos aún capaces de vivir alguna experiencia completa, de pensarla y elaborarla, sin interrumpirla con la urgencia de mostrarla, con la urgencia de mostrarnos?

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