Llevo unos días sin fumar y no temo volver, un riesgo muy probable para los que nos proponemos cambiar de hábitos en fin de año. Lo que temo es que me invada la superioridad moral de los que desayunan semillas, de los neuróticos de la salud (que son casi peores que los narcisos de la bondad). Una psique verdaderamente aterradora la de esas gentes, a la que no quiero aproximarme; y dicen que no hay nada más abyecto que un converso.
Yo prefiero el rock kamikaze a la precaución administrativa, aunque el tabaco y los fumadores han sido arrinconados en el contemporáneo, con una salvedad: si lo que fuman son porros; entonces son ascendidos de adictos a filósofos…
Y ahora, con las manos vacías de todo ese encanto tóxico y una mierda de chicle encima de la mesa, recuerdo que he fumado en esta vida con todos los grifos del fumar abiertos, y no fumo tanto, no he sido una campeona del tabaquismo y el desapego, no. Y ahora lo dejo por… ¿Por?
El Consejo de Ministros anuncia otra partida de 9,5 millones de euros para estrangular a los que fuman, como si no supieran ahogarse solos. El objetivo es impedir el fumar incluso en las terrazas y parques, pero no se ponen de acuerdo, y en la calle el cenicero resiste como el último bastión de la civilización frente a la tiranía del zumo de apio. Es fascinante: un Plan Integral de Tabaquismo que es, hasta la fecha, humo.
Hacienda, mientras tanto, sigue recaudando con una mano lo que Sanidad nos prohíbe con la otra. Deberían lanzar claveles y bragas al paso de los rebeldes (como las fans noventeras de Jesulín), porque quitando la primera calada, el resto de un cigarrillo es una transferencia bancaria directa al Estado. Somos ciudadanos modélicos, entusiastas del gasto público y, sobre todo, tenemos (aún me considero de ese atractivo colectivo) el buen gusto de morirnos. Si Sanidad tuviera un poco de picardía, en lugar de multarnos nos pondría un monumento en la puerta de cada hospital: “Al Fumador Desconocido”. Un individuo siempre literario.
Los protagonistas de mis escritos por supuesto que fuman. ¿Cómo no van a fumar? ¿Qué clase de personajes serían? Y no sólo tabaco…
Me caen bien los fumadores… llamémoslos… ¿tarados? (me incluyo, claro).
Cuando veo una persona atractiva le busco algún defecto y entonces me gusta más. Una persona sin taras carece de interés para mí. Además encuentro de buen estilo tener vicios conocidos.
La madre de una de mis mejores amigas, que es una señora educadísima y por supuesto cuerda y civil, en un viaje a Nueva York no pudo más y se metió al baño a fumar en el avión. Ante el increíble escándalo que se formó tras la puerta del baño (la compañía era americana) salió de allí envuelta en una nube de tupido humo y se entregó a los psicólogos de la aeronave, que la acompañaron y vigilaron todo el resto del vuelo, obligándola a mascar chicles de nicotina sin parar.
Este año he fumado demasiado, con ese fumar que sólo puede fumar una mujer fumando en malvada y deliciosa creación, fumando con terquedad, disparatadamente, fumándote la cena, fumando punk, fumándote la casa de los tres cerditos y los zapatos de la bruja del oeste.
Mientras escribía un ensayo (Feminismo irreverente, editorial La Esfera de los Libros, que sale el 4 de marzo) me he fumado el muro de Berlín, las estrellas, la Vía Láctea, fumando como una blackanddecker, como un pájaro carpintero, con los codos y las coletas.
Es interesante analizar la gran cantidad de artistas y escritores que han muerto por fumar. Puccini, Enrico Caruso, Nat King Cole, Duke Ellington (la verdad es que no viste nada ser un jazzero y no fumar). George Harrison, guitarra de los Beatles. Eric Carr, batería de Kiss, y Leonard Bernstein… El novelista Scott Fitzgerald, a los cuarenta y tres, Jean Paul Sartre, edema pulmonar. T. S. Eliot, enfisema… Shirley Temple, primero niña prodigio angelical y más tarde diplomática estadounidense además de fumadora empedernida, murió de tabaquismo, como Walt Disney, ambos negando su adicción.
Los autoengaños son una parte fascinante y compleja de la psicología humana y de los vicios. Nadie cree que es tacaño; nadie cree que es menos inteligente; todo el mundo se considera un buen amante y la mayoría de las personas piensan que son menos prejuiciosas de lo que demuestran sus acciones. Todo el mundo cree que tiene un gusto excepcional, que es muy buen amigo y que, volviendo a los tóxicos, “puede dejarlo en cualquier momento”. Como yo: ¡Lo he dejado! ¡Sí! Dejadme repetirlo. Y no tengo ni idea de por qué, mientras leo que la Organización Mundial de la Salud advierte, una vez más, que el tabaco se lleva con los pies por delante a la mitad de los fumadores…
¡Qué bonito fue fumar! Siento que ha sido un viaje que termina y que me he fumado Australia y Filipinas, y creo en mis memorias, que son muchas, pero fumando. Todo lo divertidísimo lo he hecho yo fumando, pienso ahora. Pero se acabó, como cuando al fin dejas a alguien porque no estás enamorado. Y con orgullo.


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