Para Manolo Sánchez Cabana, que me dio el primer verso.
Galicia frondosa,
Galicia honda
y hermosa.
Galicia
en mi corazón,
en la pluma
y en la memoria.
Vida de poeta,
ojos de verso,
el camino
verde
y el agua
de cielo azul.
Galicia de mil caras
diferentes,
pueblo a pueblo,
ola a ola,
montes viejos
e iglesias recoletas.
Galicia del alma
y de la Historia,
de la espada,
bella,
bellísima,
Galicia profunda,
de puentes largos
y de piedras
negras.
Galicia de mis antepasados,
de hoy y de ayer,
amor mío
de siempre,
cada vez me gustas más.
Visito aldea
a aldea
la tierra de mi ser
y de mi cuerpo.
Castillo a castillo,
monasterios y huertas.
Yo soy lo que ella es,
el rostro curtido
de sus gentes,
el cantarín melódico
de sus voces,
la riqueza
agreste
de sus mares.
Galicia, Galicia,
frondosa,
honda y hermosa,
de mil rías,
de mil besos,
Galicia de mi infancia,
mi juventud
y mi madurez.
Galicia, ay,
de mi vejez
dichosa,
de mi muerte,
mañana eterno,
Galicia.


Poema malo. Soy gallego y no entiendo cómo se empecinan algunos madrileños (e incluyo madrileñas) en insistir en que son tan gallegos como los que realmente vivimos aquí o nos criamos aquí, en Galicia.
Galicia,
tierra ancestral y acogedora,
habitada por buenos salvajes,
según la mirada paternalista y turística
del autor del mediocre poema.
(Al que cada verano veo en el paseo marítimo de Cabañas, by the way, haciendo footing e imagino que tomando notas mentales para sus profundas reflexiones atlánticas.)