El docetismo quiso preservar a Cristo de la carne, y Bioy Casares imaginó una eternidad sin cuerpos. Entre ambos aparece una misma inquietud: una presencia invulnerable puede parecer perfecta y, sin embargo, no estar verdaderamente viva.
En la isla de La invención de Morel, un fugitivo observa cada tarde a una mujer llamada Faustine. La ve aparecer junto a las rocas, caminar entre los árboles, conversar con sus acompañantes y detenerse ante una puesta de sol que parece atraerla con una fidelidad ritual. Se enamora de ella antes incluso de comprender quién es. Se aproxima, deja pequeñas ofrendas y espera alguna señal que le permita creer que ha sido reconocido, pero Faustine no lo acepta ni lo rechaza. No se muestra cruel, tímida o indiferente: sencillamente, no reacciona.
Morel ha inventado una máquina capaz de registrar una semana completa de la vida de sus invitados y reproducirla después con tal perfección sensorial que las figuras parecen ocupar de nuevo el espacio, hablar, escuchar música, caminar bajo el sol y contemplar los mismos atardeceres. Bioy Casares publicó la novela en 1940 y convirtió aquella invención fantástica en una de las reflexiones más inquietantes de la literatura contemporánea sobre la inmortalidad, el deseo y la sustitución de la vida por su apariencia.
Faustine posee un rostro, una voz y una manera reconocible de inclinar la cabeza, pero no puede recibir una palabra que no estuviera ya contenida en la semana registrada. No puede sorprenderse, cambiar de opinión, cansarse del paisaje ni preguntar quién la observa. La máquina ha conservado cuanto puede ser contemplado y ha eliminado aquello que distingue una vida de una imagen: la posibilidad de responder.
Morel ha conseguido una forma de eternidad, aunque para alcanzarla haya tenido que suprimir el futuro. La reproducción no envejece, pero tampoco aprende; no enferma, aunque tampoco puede ser cuidada; no desaparece, pero ya no puede acercarse a nadie que no estuviera incluido en la grabación original. Su perfección depende de una clausura absoluta, pues todo cuanto hará ha sucedido ya y nada nuevo puede ocurrirle.
Muchos siglos antes de que Bioy Casares imaginara aquella isla, algunos cristianos de los primeros tiempos se enfrentaron a una posibilidad que, sin ser idéntica a la ficción de Morel, guarda con ella una semejanza perturbadora: que el cuerpo de Jesucristo hubiese sido una apariencia extraordinariamente convincente y que hubiese atravesado la historia humana sin compartir verdaderamente la vulnerabilidad de los hombres.
A las distintas posiciones relacionadas con esa idea se las reunió bajo el nombre de docetismo, término procedente del verbo griego dokein, que significa parecer. Un docetista sería, en términos generales, quien sostenía que Cristo solo parecía poseer un cuerpo plenamente humano o que su nacimiento, sus padecimientos y su muerte no habían sido enteramente reales. No existió una Iglesia docetista única y uniforme; la denominación agrupa diversas formas de disminuir, transformar o negar la humanidad corporal de Jesús.
Algunos imaginaron un cuerpo semejante al de un fantasma; otros aceptaron cierta corporalidad, pero la consideraron compuesta de una sustancia celestial, distinta de la carne común. También hubo explicaciones según las cuales el Cristo divino habría descendido sobre el hombre Jesús y lo habría abandonado antes de la crucifixión. Pese a sus diferencias, todas nacían de una dificultad parecida: cómo podía lo divino quedar sometido al nacimiento, al hambre, al cansancio, a la sangre y a la muerte.
No cuesta comprender la inquietud que alimentaba aquellas doctrinas. El cuerpo resulta difícil de conciliar con cualquier idea absoluta de perfección. Necesita alimento, pierde fuerzas, enferma, envejece y acaba imponiendo sus límites incluso a la voluntad más firme. Quien ha cuidado a una persona enferma sabe que la carne desordena todos los planes: obliga a esperar, sostener, alimentar y aceptar que nadie posee un dominio completo sobre sí mismo. Nacemos necesitados de otros y, con frecuencia, regresamos a esa necesidad antes de morir.
Para ciertas sensibilidades religiosas de la Antigüedad, admitir que Dios hubiese nacido de una mujer, sentido hambre o producido sangre podía parecer una degradación. El docetismo no pretendía necesariamente disminuir a Cristo, sino protegerlo de cuanto consideraba indigno, impuro o excesivamente humano. Pero protegerlo de la carne significaba también protegerlo de la experiencia de quienes viven dentro de ella.
Si el cuerpo era aparente, los clavos no atravesaban verdaderamente sus manos. Si la divinidad permanecía fuera del alcance del dolor, los azotes y la corona de espinas pertenecían a una representación visible, pero no a una experiencia efectiva. La cruz conservaba su dramatismo ante los espectadores, aunque dejaba de ser una herida. El Calvario se convertía así en una especie de teatro sagrado cuyo protagonista permanecía invulnerable detrás de la apariencia.
La reacción del cristianismo mayoritario no consistió únicamente en fijar una precisión metafísica. La insistencia en que Jesús había venido realmente «en carne» afectaba al sentido mismo de la Encarnación. A comienzos del siglo II, Ignacio de Antioquía repetía que Cristo había nacido, comido, bebido, sido perseguido, crucificado y muerto verdaderamente. Escribía mientras era trasladado como prisionero y aguardaba el martirio; por eso, para él, no se trataba de una discusión abstracta. Miraba sus propias cadenas y se preguntaba qué sentido tendría padecer por alguien cuyo sufrimiento hubiese sido solo una apariencia.
La pregunta continúa siendo incómoda incluso fuera de la fe. Un ser que no puede ser herido puede resultar admirable o luminoso, pero difícilmente puede afirmar que conoce desde dentro la experiencia del herido. Quien atraviesa el fuego sin quemarse no comparte enteramente la condición de quien conserva las cicatrices. El docetismo preservaba la grandeza de Cristo al precio de colocarlo fuera del alcance de la fragilidad humana.
La ficción de Bioy Casares conduce hacia esa misma dificultad desde otro lugar. Faustine posee todos los signos externos de una mujer y, sin embargo, permanece fuera de cualquier relación nueva. El fugitivo puede contemplarla, caminar junto a ella y dirigirle palabras, pero ninguna de esas palabras encuentra a alguien capaz de recibirlas. No hay rechazo, aunque tampoco consentimiento; no existe conflicto, pero tampoco reciprocidad. Lo que parece una presencia perfecta es, en realidad, una ausencia reproducida con absoluta precisión.
La comparación no convierte a Faustine en una figura religiosa ni a la máquina de Morel en una alegoría exacta del docetismo. Sin embargo, ambas imaginaciones comparten una misma tentación: conservar la apariencia de una existencia retirándole cuanto la hace vulnerable. El Cristo docético parece atravesar la carne sin quedar sometido a ella; Faustine atraviesa el tiempo sin poder ser afectada por nada. Uno parece sufrir sin recibir la herida; la otra parece vivir sin que pueda sucederle algo nuevo.
En ambos casos se obtiene una presencia protegida, pero esa protección tiene un precio. Aquello que no puede ser herido tampoco puede compartir enteramente la experiencia de quien sufre, del mismo modo que aquello que no puede cambiar tampoco puede responder a quien lo llama. La invulnerabilidad, llevada hasta sus últimas consecuencias, no perfecciona la vida: la clausura.
El fugitivo acaba aprendiendo a manejar la máquina y decide introducirse en la grabación. Estudia los movimientos de Faustine, ensaya los suyos y se coloca a su lado para que las imágenes futuras den la impresión de que ambos se encuentran juntos. Quien contemple después la escena podrá creer que se conocieron o se amaron, aunque Faustine jamás lo haya visto ni haya elegido su compañía.
El gesto parece romántico mientras no se piensa demasiado en él. El fugitivo no entra en una relación, sino en un montaje; no consigue que Faustine lo ame, sino que fabrica una imagen en la que parezca amarlo. La eternidad que desea compartir con ella no contiene conversación, descubrimiento ni libertad. Consistirá en una repetición cuidadosamente ajustada para que los futuros espectadores no puedan distinguir el amor de su representación.
Tal vez se enamore precisamente de una mujer que no puede responderle. Una persona real siempre puede apartarse, contradecirnos, cambiar de opinión o dejar de querernos. No permanece idéntica a la figura que hemos formado de ella, porque posee una existencia que no controlamos. Una imagen, en cambio, permanece donde ha sido colocada. Ofrece una compañía sin riesgo, pero también sin verdadero encuentro.
La tradición cristiana que rechazó el docetismo se negó precisamente a aceptar que la humanidad de Cristo fuese un recurso escénico. No afirmó solo que Jesús tuviera una figura reconocible, sino que había pertenecido verdaderamente a la condición de los hombres: había nacido, sentido hambre, conocido el cansancio, experimentado miedo y sufrido una muerte real. La Encarnación no consistía en proyectar una imagen de Dios sobre el mundo, sino en admitir que lo divino había entrado en aquello que la existencia humana posee de más precario.
Pero el cuerpo no es solamente el lugar donde sufrimos. Es también el lugar desde el que alguien puede volverse hacia nosotros. Un cuerpo escucha, toca, se aproxima o retrocede; puede aceptar nuestra mano o rechazarla, marcharse y regresar. La misma vulnerabilidad que nos expone a la enfermedad y a la pérdida hace posibles el cuidado, la responsabilidad y el amor.
Morel ha confundido la permanencia con la vida. Ha supuesto que salvar a una persona consiste en impedir que su imagen desaparezca, cuando una existencia se define también por aquello que no puede conservarse de una vez y para siempre: la capacidad de cambiar, de responder a lo inesperado, de revisar una decisión o de iniciar una relación que no estaba prevista. Su máquina salva la figura, pero destruye el porvenir.
Faustine permanecerá eternamente hermosa frente al atardecer porque el tiempo ya no puede alcanzarla. Esa es también su condena. Nunca enfermará, nunca perderá su rostro y nunca desaparecerá de la isla, pero tampoco podrá reconocer a quien se aproxima, modificar una palabra ni pronunciar algo que no estuviera registrado desde el principio. Su eternidad no es una prolongación de la vida, sino la repetición perfecta de un instante que ha perdido el futuro.
El Cristo docético parecía sufrir, pero permanecía fuera del dolor. Faustine parece estar presente, pero no puede responder. En ambos casos, la apariencia conserva cuanto puede ser contemplado y elimina aquello que solo puede ser vivido: la herida, la transformación, la incertidumbre y el encuentro con otro ser libre.
La tentación docética quiso preservar la divinidad de Cristo de la fragilidad de la carne. Morel quiso derrotar la muerte conservando para siempre la imagen de los vivos. Ambos proyectos, separados por siglos y pertenecientes a mundos incomparables, permiten advertir una misma paradoja: cuando se elimina del cuerpo todo aquello que puede dañarlo, también desaparece buena parte de cuanto le permite vivir.
Quizá por eso la Encarnación no podía limitarse a una apariencia. Para entrar verdaderamente en la historia humana era necesario aceptar que el tiempo dejara marcas, que la dependencia no fuese una ficción, que el dolor fuera dolor y que la muerte no se redujera a un efecto ante los ojos de los espectadores.
Faustine conservará eternamente su rostro, pero nunca podrá mirar a quien la mira. El Cristo docético conservaría intacta la majestad divina, pero no podría decir que ha conocido desde dentro la condición del herido.
Tal vez el cuerpo sea, finalmente, aquello que ninguna imagen consigue contener por completo: el lugar donde alguien puede ser herido, cuidado, reconocido y amado. No basta con parecer que se está presente. Para estar verdaderamente hay que poder responder



Siempre admirada Dra. Rosa Amor del Olmo, tiene razón con sus sabias palabras “…Para estar verdaderamente presente hay que poder responder”, aunque olvida que a veces puede resultar egoísta responder sí se pone en peligro a terceras personas.
Como en Costromo no somos versados en Teología porque practicamos el Catolicismo de Ultratumba (espantados con las matanzas y genocidios de las Guerras de Religión decidimos, basados en la propia declaración de Jesucristo, quien dijo en algún versículo de algún libro del Nuevo Testamento “Mi Reino no es de este mundo”, que toda discusión o debate religioso o teológico queda postergado para después de la muerte, cuando cada quien decidirá lo que quiera y mientras tanto cada quien es libre de creer o rezar como quiera, si es que quiere) aunque si nos gusta hablar de Literatura (hay muchos quienes sostienen con Borges que todo “Libro Sagrado” es un exitoso libro de Literatura Fantástica) por tanto me atrevo a señalar que el refugiado sudamericano que protagoniza “La Invención de Morel” de Adolfo Bioy Casares (el más grande amigo de Borges), un venezolano que huye de la Dictadura que azota a ese desdichado país (desde 1999 y hasta 2025 Colonia Petrolera de Fidel Castro y desde 2026 y quien sabe hasta cuándo dócil Protectorado Petrolero de Estados Unidos, todo por la insólita actuación de sus políticos y jefes “militares”) nunca llega a enamorarse de Faustine (eco del mito de Fausto) porque nunca la conoció y solo se enamoró de su imagen virtual, porque con esta novela Bioy Casares anticipó la realidad virtual, como Borges con El Aleph anticipó la Internet !Que envidia sintieron los soberbios críticos literarios anglosajones! Borges y Bioy Casares son grandes Literatos del mundo hispánico.
Muchos románticos sostienen que la locura que lleva al enamorado fugitivo a olvidarse de la realidad para unirse a su amada, un simulacro sin vida, una imagen vacía, es un ejemplo del supremo amor romántico, mientras otros concluyen que es otra prueba de la naturaleza del amor como un fenómeno de perturbación psíquica, que el amor es otra forma de locura, quizás la más común, como una gripe con graves consecuencias (matrimonios, hijos, suegras). En todo caso la herejía Docetista es una forma de la milenaria tesis del “Gran Teatro del Mundo” expuesto por primera vez en La Literatura por el mismo Homero en La Odisea y después adaptado a las nuevas religiones imperantes después que entraron en receso los Dioses Olímpicos de la Antigüedad Griega, porque, aunque puede resultar escandaloso, y con esto no quiero que se piense que apoyó la tesis herética de Parmenio de Ceuta La Nueva, en la antigua Provincia de Todos los Santos, de mi patria Costromo, quien dijo, escribió y reiteró, hasta que ordenó su silencio absoluto el Papa de Roma, que: (son sus palabras no las mías, así que no puede excolmugarme la Sagrada Congregación para la Defensa de la Fe y Aplastamiento de los Blasfemos) “La Divina Trinidad, la noción de Dios Trino y Uno, tiene una doble finalidad de suptemo control político y social, es decir religioso: Por un lado proclama que todo creyente debe abandonar la razón, la lógica, dejar de pensar y abrazar la Fe porque deba aceptar ciegamente que el número uno es igual al número tres y aceptado esto ya puede aceptar cualquier otro disparate lógico. Ya el fiel cristiano se convirtió en un creyente sumiso, qué coincidencia del mundo, así “los sumisos” son también llamados por su religion los “fieles musulmanes”. Y lo segundo obedece al pragmatismo de los teólogos, quienes ante la popularidad y prolongada vigencia del Politeísmo Pagano, consideraron que el Monoteísmo duro y puro (como el de los judíos, recuérdese que el Cristianismo surgió como una éxitosa secta judía, o el de los musulmanes) era forzar la marcha y agobiar con novedades a tanto pagano politeísta convertido al novedoso monoteísmo cristiano y está era una fórmula intermedia, de compromiso temporal, un Dios Único que no era Único sino Tres, un Dios Politeísta: El Padre, El Hijo y El Espíritu Santo”. Por decir tan grandes barbaridades a Parmenio de la Nueva Ceuta lo quemaron vivo y dispersaron sus cenizas al mar, para no darle sepultura.
Ya en tiempos modernos, otro costromero que viajó a Europa y se interesó por estos espinosos temas, después de doctorarse en Historia de las Religiones se atrevió a escribir un libro de Teología en el que expuso una actualización de la Tesis Aristotélica de los Dioses Ausentes, el erudito Dr. Teodoro Muchaplata, hijo de un famoso empresario y editor de periódicos de Costromo, siempre aliado del gobernante de turno (dictador o demócrata electo por el pueblo), quien logró enumerar todos los genocidios desde la Antigüedad Arcaica hasta antiayer, que calculó en sopotocientos (excluidos los actualmente en curso como el atroz Genocidio contra los Árabes Palestinos en la Franja de Gaza por el enloquecido Benjamín Netanyahu y compañía, al frente del Gobierno de Israel) y como mente científica apegado a la rigurosa Lógica de Aristóteles, ante tanta maldad y sufrimiento humanos, llegó a la conclusión siguiente: “Dios Si Existe Aunque Está Ausente del Mundo”. Ya está trabajando sobre las hipótesis lógicas que tal premisa establece: Las causas de su ausencia
?Estará avergonzado de la Humanidad, capaz de perpetrar contra sí misma crimenes tan horrendos como la esclavitud, las matanzas y los genocidios?
?Perdió todo esperanza en la Humanidad?
?Ya no quiere mandar más mensajes ni enmendar Pactos, Libros Sagrados, Terceros Testamentos y demás aclaratorias que terminan confundiendo más todo y mutan en motivos para nuevas y más crueles guerras de religión?
Como a los costromeros no nos interesa el proselitismo religioso y poco nos importa la religión que profese cada quien, no nos atrevemos a recomendar nuestro Catolicismo de Ultratumba pero si nos gustaría que cada quien sea más tolerante con los otros y antes de tomar un arma y matar a otro ser humano porque alguien que dijo que habla en nombre de Dios, tenga un mínimo de sensatez y le pida a Dios, quien no es un incapacitado, no le falta la lengua, no es mudo, ni está sometido a tutela ni es menor de edad para necesitar representante, que le dé el mismo, su mismo Dios en persona, la orden homicida. Allí se acaba la guerra de religión, porque Dios nunca dió ni dará tal orden homicida. Siempre fue un invento interesado de los charlatanes que dicen hablar y obrar en su nombre, pero ya ese es otro joropo, como decimos en mi pueblo.
Muchas gracias por esta extensa, imaginativa y, desde luego, muy costromera prolongación del artículo. Su comentario constituye casi una pieza literaria autónoma, con sus teólogos heterodoxos, sus doctores en religiones, sus papas y sus dioses ausentes.
Permítame, no obstante, una precisión sobre la frase que cita. Cuando escribo que «para estar verdaderamente presente hay que poder responder», hablo de **capacidad**, no de obligación. Una persona puede guardar silencio por prudencia, por miedo, para proteger a terceros o, sencillamente, porque decide no contestar, y continuar plenamente presente. Faustine, en cambio, no puede decidir responder ni callar, aceptar ni rechazar, aproximarse ni retirarse. Su silencio no es una elección: está programado de antemano.
Por eso resulta muy pertinente su observación: acaso el fugitivo no se enamore verdaderamente de Faustine, puesto que nunca llega a conocerla como sujeto libre, sino de una imagen sobre la que proyecta su deseo. En realidad, no consigue establecer una relación con ella; fabrica un montaje en el que ambos **parecen** haber compartido una relación. Tal vez ahí se encuentre lo más perturbador de la novela: el amor queda sustituido por una representación del amor en la que la otra persona ya no puede contradecir, modificar ni desbaratar nuestra fantasía.
También procuré que la comparación con el docetismo apareciera como una analogía limitada, no como una identificación exacta ni como una reducción de la teología al «Gran Teatro del Mundo». Lo que me interesaba era la paradoja común: preservar una presencia de toda herida, cambio o vulnerabilidad puede terminar retirándole precisamente aquello que permite el encuentro con otro ser libre.
Sus excursiones por Parmenio de Ceuta la Nueva, Teodoro Muchaplata y el Catolicismo de Ultratumba merecen ya una crónica propia. Me quedo especialmente con la idea final: ninguna invocación de Dios debería utilizarse para suspender la responsabilidad humana ni para legitimar la muerte del otro. Gracias, como siempre, por leer con tanta atención y por conseguir que el comentario prolongue el artículo más allá de su última línea.
Siempre admirada, brillante, sabía e inolvidable
Doctorisima Rosa Amor del Olmo:
A mi edad, estoy viviendo la ñapa y pocas son las cosas que pueden darme miedo, y lo que me causa más miedo es que por egoísmo o imprudencia de mi parte exponga a cualquier persona al peligro real de ser encarcelada, torturada o asesinada, porque vivimos en Costromo y nos oponemos a la Dictadura de Los Macheteros, y esta, a pesar de su naturaleza arcaica y primitiva, con su afición por perseguir a sus críticos hasta en el extranjero, cuenta con recursos tecnológicos de espionaje digital. Ya uno de mis correos electrónicos quedó inutilizable por virus informáticos, aunque se evitó que tales virus infectaran a correos de terceros.
En relación a la novela de 1940 de Bioy Casares, creo que la máquina que inventó Morel, no el fugitivo venezolano que llegó años después a la misteriosa isla, no solo expresa una reflexión sobre el deseo humano de lograr la inmortalidad, también el deseo humano de lograr el amor, y Bioy Casares es realista, nos dice que la inmortalidad es un imposible, y alcanzar el amor es un bien fortuito, que depende más del azar, que escapa de la razón humana, que no podemos controlar porque la Humanidad no está formada por máquinas, los seres humanos no somos artificios programables, y son misteriosas las causas que dan origen al verdadero amor, que no es el deseo patologico de controlar y someter la voluntad del otro, como intentó primero Morel y mucho menos es el capricho egoísta de poseer la belleza exterior de la otra persona, enamorarse con los ojos y no con el alma, así como la mayoría de la gente que se enamora de la apariencia y no de la esencia, que no le importa, como a Morel y al fugitivo no les importó la esencia de Faustine y solo se “enamoraron” de su imagen, de su apariencia física, aunque esté siempre fue común, incluso cuando la gente se enamoraba “de oídas” como cuentan en los Libros de Caballerías, cuando caballeros andantes y damas se enamoran al oír las aventuras y cualidades que supuestamente adornaban a damas y caballeros. Fíjese que Jorge Luis Borges, gran amigo de Bioy Casares (un afortunado en amores), fue un desgraciado en el amor, un hombre con su talento literario, un Genio de las Letras Universales y no encontró una mujer contemporánea que le correspondiera. Hoy como ayer, los hombres y mujeres no buscan el alma gemela, buscan el patrimonio y/o la apariencia física. Ya lo dijo el sabio Arcipreste de Hita “Todo lo que hace el hombre en este mundo es por buen yantar y yacer con fembra placentera”, y cuando se trata de gustos femeninos, el también sabio dicho costromero “Plata mata galán”.
Por tanto, insisto que el fugitivo jamás se enamoró de Faustine porque nunca la conoció.
Y sobre Teología, usted bien sabe que no puedo debatir sobre un tema que no conozco y usted conoce a la perfección, aunque cumplo en informarle que el único teólogo vivo de Costromo es un entomólogo que está causando revuelo, el Dr. Segismundo El Indeciso, porque sostiene la tesis del “Gen de Dios”, según la cual en todo ser humano existe un gen que nos programa para creer en Dios y por eso la noción de Dios y el fenómeno universal de las Religiones es casi una constante presente en todas las sociedades humanas, lo que tiene terribles consecuencias para la Libertad Humana y El Libre Albedrío y reduciría al Ateísmo a dos posibilidades, de allí el apodo de Segismundo El Indeciso: O es una mutación que significa un paso de avance en la evolución humana, o es una malformación congénita, una enfermedad genética.
Los costromeros aún no abordamos las posibles consecuencias prácticas para nuestro futuro de tales tesis, porque nos ocupa hoy en forma urgente la necesidad de combatir y derrocar a la terrible Tiranía Machetera que nos oprime y nos mantiene viviendo en la precariedad, pero es un tema que tendremos que afrontar en algún momento futuro.
?Es la Humanidad un gigantesco hormiguero humano, una colosal colmena de abejas o un enjambre de feroces avispas y “el Gen de Dios” es una característica biológica de la especie para permitirnos organizarnos en sociedades complejas con millones y millones de miembros y por tanto la organización jerárquica, la especialización del trabajo, los regímenes políticos, las religiones y la Libertad misma en tensión con la servidumbre voluntaria, la esclavitud, las guerras, todo son artificios, simulacros de la cultura, de la educación, de las ideologías y de los valores morales porque en realidad todo está programado por nuestros genes y responden a un determinismo biológico, genético?
Esta situación también la pensó y profetizó el sacrificado Parmenio de la Nueva Ceuta en el lejano siglo XVI cuando se inició la formación histórica de Costromo por la colonización española:
“Debatir sobre Libertad y Destino en términos cristianos es meterse en camisa de once varas. Dios nos creó a su imagen y semejanza, dicen las Santas Escrituras, que guarda silencio sobre si nos creó conforme a su esencia”.
Como usted, queridísima Doctora del Olmo, puede concluir, tocar estos temas teológicos es siempre espinoso para un costromero, porque no queremos herir sensibilidades religiosas, en lo personal modifique uno de mis poemas para cambiar “maldito trapo” por “pedazo de trapo” al escuchar sus sabias palabras, por esto es más gratificante hablar de Literatura y no de Religión, tema en los que somos muy ignorantes.
Finalmente le informo que le dedique a usted (en compañía de otras pocas personas para mi importantes en el campo de la cultura) mi próximo libro de relatos fantásticos que titulé “Los Verdaderos Asesinos de JFK (Relatos Fantásticos de Costromo”, que está listo para ser publicado en español y solo espero que esté lista la versión traducida al inglés) porque usted generosamente me dio sabios consejos y no exageré cuando le dije que es una persona brillante, inspiradora, generosa, admirable e inolvidable..
¡Genial Costromo! Gracias
Este es el texto de la primera página o dedicatoria:
“LOS VERDADEROS ASESINOS DE JFK (CRONICAS FANTASTICAS DE COSTROMO)
Existe una realidad donde todos podemos ser absolutamente libres, no tener límites: La Imaginación.
DEDICATORIA
Dedico este libro de relatos fantásticos a cinco mujeres admirables: Rosa Amor del Olmo (escritora española, quien me dio sabios consejos, incluso me sugirió el subtítulo del libro), Yoani Sánchez (periodista cubana), Jennifer Ortiz (periodista nicaragüense), Eliana Cuevas (cantautora venezolana) y Luciana Mancini (mezzosoprano chilena), todas brillantes, valientes, inspiradoras, de almas generosas, también bellas y perseverantes, inteligencias de múltiples y fecundos ingenios, quienes con sus grandes talentos, sapiencia y grandeza de alma, inquebrantables en sus convicciones humanistas y democráticas, ya desde la Literatura, el Periodismo o la Música, son faros que nos iluminan a todos con sus poderosas luces en estos tiempos de oscuridad y egoísmo, y también oasis de la Cultura contra la Barbarie en estas terribles horas menguado que sufren mi desdichada patria, Costromo, y las también desdichadas Cuba, Nicaragua y Venezuela, por la voluntad perversa de las nefastas, expoliadoras y criminales Tiranías que las azotan, en maligno monipodio con sus esbirros, mercenarios, tinterillos, acólitos y demás cómplices, todos vergüenzas para Hispanoamérica y la Humanidad.
INDICE
1. Los Verdaderos Asesinos de JFK
2. El Príncipe Mutilado
3. El Reentierro
4. El Último Heresiarca
5. Siete Letras en París
6. Don Quijote contra los Modernos Endriagos”
Solo el último relato no es inédito. El libro (cerca de 250 páginas) se publicará este mes y en octubre se publicará la versión traducida al inglés.
Nota: cambié “pedazo de trapo” por “simple trapo” en el poema porque la intención nunca fue despectiva solo de asombro que no usar un simple atuendo puede ocasionar la más brutal represión, incluso la muerte de una mujer indefensa en manos de la homicida “Policía de la Moral” de los enloquecidos Ayatolas de Irán o de los criminales esbirros de los Talibanes de Afganistán. El poema en cuestión, una elegía, lo escribe en protesta por el asesinato a golpes de una joven mujer kurda por la Policía de la Moral porque ella “no usaba en forma correcta el velo islámico”, y por esta causa los criminales fanáticos religiosos la mataron salvajemente. Y se mantienen impunes. Igual que Benjamín Netanyahu con las salvajadas y crimenes que ordenó en la Franja de Gaza ?Ya el mundo se olvidó de los 26 niños muertos de hambre por la hambruna que provocó Netanyahu?
Doctorisima, en su foto está bellísima, parece una Diosa. No es exagerado afirmar que Dios le dio todo, que al crearla, Dios no le negó nada.