Es imposible escribir una sola línea sobre la situación en Gaza sin adivinar —sin sentir incluso— la mirada escrutadora del lector. Quien escribe siente el peso o la responsabilidad de medir sus palabras porque sabe que antes de sopesar lo que se argumente en el texto, el lector quiere saber de qué lado estás. Empezando por la mera alusión al problema: ¿qué concepto debe utilizarse para describir lo que pasa allí? ¿Reacción defensiva de Israel, operación de castigo, venganza, guerra, exterminio, limpieza étnica? ¿Orillas la calificación de genocidio para caracterizar lo que está haciendo el ejército israelí? ¿Tratas de obviar que se trata de una respuesta a la masacre del 7 de octubre? Incluso el uso del vocablo conflicto es sospechoso, porque delata una cierta equidistancia, como si uno intentara lavarse las manos sugiriendo que hay una colisión entre dos colectividades, planteamiento aséptico que muchos niegan con vehemencia.
Imaginémonos que de improviso —no sabemos cómo— nos encontramos allí. Como un sueño o, mejor dicho, como una pesadilla. No sabemos de qué bando somos ni a favor de quién estamos. Si estamos armados o desarmados. Solo que estamos allí. Y abrimos los ojos. ¿Qué vemos? ¿Qué oímos? ¿Qué olemos? Aturdidos por las detonaciones, por el humo, el polvo, el calor, por la destrucción a diestro y siniestro, observamos a nuestro alrededor cientos, miles de seres humanos como nosotros, jóvenes, ancianos, mujeres, niños… Gritos, miradas de terror, sed, hambre, desesperación, explosiones, huidas a ninguna parte. Abramos los ojos, nada más.
No estoy haciendo —o no trato de hacer— un mero ejercicio retórico, una pirueta discursiva. Sería una frivolidad por mi parte, tratándose de lo que se trata. Lo que intento es hacer mías (y transmitir) la intención, el pulso y la mirada que, tal como yo creo entender, subyacen y dan sentido al conmovedor testimonio de Mónica G. Prieto en El Matadero. El subtítulo de Gaza o la insoportable minuciosidad del mal no deja margen de duda acerca de lo que puede encontrarse en estas páginas. Y, en este sentido, la foto de portada es tan demoledora como anticipadora de lo que hallaremos en el interior: un grupo de jóvenes soldados israelíes haciéndose una selfi colectiva ante un fondo de casas bombardeadas, un escenario de destrucción casi apocalíptica. Se ve que todas (parecen chicas) sonríen de modo despreocupado, parecen casi felices, como si estuvieran en una playa paradisíaca.
A estas alturas debo también decir algo de la autora de estas páginas. El nombre de Mónica G. Prieto no le puede resultar desconocido a cualquier seguidor de la actualidad política, sobre todo en el ámbito internacional y, para ser aún más concreto, a cualquier interesado en seguir la intrahistoria de los grandes conflictos de las últimas décadas. Porque esto es lo que ha ido transmitiendo en sus crónicas Mónica G. Prieto desde el ya lejano 1995. Y de un confín a otro del globo, desde México (Chiapas) a Chechenia, desde Georgia a Cisjordania, desde Afganistán a Siria y Ucrania. Casi podría decirse, y no incurriría en exageración, que no ha habido conflicto bélico importante en los últimos treinta años en el que no haya estado presente la reportera española.
Y no menciono esto tan solo para dar una escueta pincelada biográfica y profesional de la autora del volumen, sino en el fondo por una razón más poderosa. Quiero decir que Prieto es una periodista veterana, curtida en decenas de guerras y, por tanto, buena conocedora como testigo directo de las más abominables situaciones que generan esos enfrentamientos, sobre todo entre la población civil más inerme. Por esto mismo tiene especial relevancia, trascendencia y significado el contenido de este libro y el tono que emplea en el mismo. Algo que ya está presente en el propio título —Gaza es un inmenso Matadero (la autora siempre usa la mayúscula)—, pero que se pone aún más de relieve en la crudeza descarnada, sin paños calientes, con la que la periodista contempla con horror el horror en estado puro.
Seamos más precisos. Prieto se asoma «a los ríos de sangre, a los cadáveres deformados por la intemperie, a los bebés amputados, a los niños volatilizados, a los despojos humanos que son devorados por perros, a la inanición, a las amputaciones sin anestesia en la mesa de la cocina, a las víctimas de bombardeos a quienes les despuntan las clavículas en cuerpo reducido a huesos y piel». Espero que se entienda ahora mejor lo que antes sugería: ante el infierno no caben disquisiciones o alegatos políticos en un sentido o en su contrario. Ante el infierno simplemente hay que estremecerse. No hay nada que pueda justificar algo así. Relativizarlo nos hace, si no tan culpables como los perpetradores, por lo menos cómplices en algún grado. Aquí no puede tener cabida el silencio ni mirar hacia otro lado.
Esta es una de las principales ideas que, en mi opinión, quiere transmitirnos Prieto al escribir este volumen. Porque Gaza, nos dice, no es un episodio puntual, una guerra coyuntural. Gaza es algo más, mucho más. Asomarse al Matadero constituye una experiencia «extenuante y perversa» porque aquí no hay solo una agresión convencional, sino una destrucción con saña y tintes apocalípticos. Por eso Gaza se convierte en la piedra de toque de nuestra moral y nuestra civilización. «Tendremos que aceptar que nuestro mundo nunca será el mismo, porque permitir el Matadero equivale de facto a normalizar y legitimar el mal»
Reconozco que, mientras estaba leyendo el libro, según iba pasando páginas, la mente se me nublaba, como si estuviera penetrando en los hospitales improvisados, las escuelas destruidas, los hogares arrasados y, por encima de todo, tanta sangre, tanto dolor, tanta ferocidad del ser humano contra otros seres humanos, a menudo contra niños y hasta bebés. Esa vida, si así puede llamársele, hace deseable la muerte, porque la muerte es un bien si pone punto final a tantas atrocidades. La autora tiene el acierto de no detenerse en estos conceptos globales, que pierden su sentido (ya se sabe, si los muertos se cuentan por miles se convierten en cifras frías de una estadística), sino concretar y documentar hechos cotidianos. Por eso hablaba antes de perspectiva a ras de tierra. Ahí reside la fuerza irrefutable de esta denuncia que nos interpela a todos.
Ahora bien, otra cosa distinta pasa cuando se termina la lectura. Cuando se cierra el libro, más allá de las impactantes escenas que documenta y que aún permanecen en la memoria, uno piensa en qué puede hacer ante una situación execrable y ante un mundo que la permite e incluso la justifica. Como ha debido quedar claro por todo lo dicho, Prieto —sin renunciar a la política: la condena expresa de Israel— adopta resueltamente una perspectiva moral en su análisis. Pero es además una condena moral que conduce a un callejón sin salida. Las dos últimas líneas del volumen lo dejan claro: «Gaza no saldrá del infierno. La cuestión es si Israel logrará arrastrar al infierno al resto de la humanidad». Desembocamos así en la impotencia y la perplejidad.
Es aquí donde el lector que recupere, tras el shock, la fría racionalidad, se puede preguntar si la insistencia de Prieto a lo largo de quinientas páginas en esa descripción pormenorizada de crueldades bajo una constante óptica de interpelación moral no produce, a la postre, un efecto perverso, contrario a las propias intenciones de la autora. No pretendo insinuar nada, porque yo mismo no tengo una respuesta clara. Pero lo cierto es que la mera plasmación del horror no nos lleva, como hemos visto, a parte alguna. Por ello, más allá del mero estremecimiento, es legítimo plantearse si no cabría dar un paso más e introducir otros elementos en el análisis. Y aquí entraría la dimensión política, la fría, interesada y detestable política, pero también la inevitable, eficaz e imprescindible política. Aunque, claro, eso tendría que ser… otro libro.
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Autora: Mónica G. Prieto. Título: El Matadero: Gaza o la insoportable minuciosidad del mal. Editorial: Debate. Venta: Todos tus libros.


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