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España macabra

Entre los muchos tópicos que se asocian a España, lo español y la cultura española en general, tanto en el mundo como en nuestra propia sociedad, figura en lugar predominante y por derecho propio la asociación del país con la fiesta, la diversión y la alegría. Según la tipología reduccionista y simplificadora de caracteres nacionales, el español típico vendría a ser un personaje extrovertido, bromista y vividor, más propenso a la juerga que al trabajo. El andaluz, como es bien sabido, sería la quintaesencia de ese talante, pero una buena parte de España no escaparía a su influjo. Las campañas institucionales para atraer el turismo foráneo han contribuido a todo ello, desde el lejano Spain is different hasta los más cercanos Passion for life o Smile! You are in Spain.

Aunque para algunos sea como un estigma, que llevamos con resignación, no son pocos quienes se sitúan en el extremo opuesto, acomodándose a un estereotipo que no les incomoda o del que tratan de sacar rentabilidad. Sea como fuere, lo que muchos desconocen —o pretenden ignorar— es que durante una gran parte de su historia, España representó —durante varios siglos— en el imaginario europeo el polo opuesto a esa estampa risueña y jaranera. Debido en gran medida a la fuerte impregnación religiosa de la cultura hispana —acentuada con el impulso contrarreformista y la exacerbación barroca—, el español como individuo y en especial la clase dirigente (reyes, nobles, clérigos, damas y caballeros de alta alcurnia) se distinguía por su temperamento grave, adusto, meditativo. El español vestía de negro, elegante pero contenido, celoso de una dignidad que manifestaba sin ostentación. El ascetismo era su lujo.

"Desde el punto de vista artístico, la ciudad recreaba la muerte de todas las maneras posibles, destacando sobremanera en un expresionismo barroco que hoy tildaríamos de hiperrealista"

Por supuesto todo esto era el resultado de una cosmovisión, según la cual la vida era una prueba que Dios imponía a todo el género humano, y el fin último de cada individuo era la superación de la misma para acceder a la auténtica vida, la vida eterna. Eso hacía de nuestra estancia terrenal una breve etapa de preparación para el instante decisivo, que no era otro que la muerte concebida como tránsito. Las fórmulas breves para recordar en cada instante de la existencia el trascendente destino humano eran incontables. Por un lado, la vida es nada: Tempus fugit, Vanitas vanitatum, Sic transit gloria mundi. Por otro, la muerte es todo lo que podemos y debemos esperar: Memento mori, Polvo eres y en polvo te convertirás, para finalmente acatar con humildad y resignación la sentencia divina, Hágase tu voluntad.

La propia Sevilla, que hoy luce como emblema del hedonismo citado al principio, era una ciudad que rendía culto a la muerte. Desde el punto de vista artístico, la ciudad —en especial durante los siglos XVI y XVII, pero también antes y después de esos siglos— recreaba la muerte de todas las maneras posibles, destacando sobremanera en un expresionismo barroco que hoy tildaríamos de hiperrealista. El Hospital de la Caridad, bajo el impulso de Miguel de Mañara, se convirtió en la expresión suprema de ese Ars moriendi sevillano, con Juan de Valdés Leal como gran maestro de ceremonias de esa apoteosis mortuoria. Recuérdense obras tan emblemáticas como Finis gloriae mundi y In ictu oculi (la muerte que llega en un abrir y cerrar de ojos). La especificidad sevillana estaba precisamente en esa abrumadora materialidad de la llegada de la muerte en forma de llagas y pústulas, heridas y sangre, y luego, su triunfo definitivo en forma de gusanos, cadáveres, calaveras y esqueletos.

"Lo primero que llama la atención del volumen es su atractivo visual, algo tanto más paradójico cuanto que las representaciones antedichas no destacan precisamente por su belleza en su sentido convencional"

Sí, desde luego, España macabra. Este es el título de un sugestivo estudio que firman dos especialistas en materias relacionadas con la muerte: el historiador del Arte y antropólogo Gorka López de Munain y la criminóloga y periodista Miriam Beltrán Valiente (Desperta Ferro ediciones). El subtítulo del libro precisa más, por si hiciera falta, el contenido que el lector encontrará en sus páginas: La cultura de la muerte entre el Medievo y la Modernidad. Estamos refiriéndonos, por tanto, a un amplísimo arco cronológico entre los siglos XIII y XVIII. Y en las páginas iniciales se inserta un amplio mapa de España en el que se localizan, de La Coruña a Orihuela, desde Roncesvalles a Cádiz, múltiples enclaves ibéricos donde se hallan criptas, osarios, pudrideros, reliquias, momias, esqueletos y representaciones de las diversas modalidades en que la muerte vence a la vida.

Lo primero que llama la atención del volumen es su atractivo visual, algo tanto más paradójico cuanto que las representaciones antedichas no destacan precisamente por su belleza en su sentido convencional (¿puede ser bella la muerte?). Cuando digo atractivo en este contexto me refiero a la elegancia y el excelente acabado estético de la edición, que cuenta con más de cien ilustraciones —en color la mayor parte de ellas— que cumplen una función que sobrepasa la mera ilustración para desempeñar el papel de auténticas protagonistas. Aunque los críticos no lo reconozcamos explícitamente a menudo, en España se edita por lo general muy bien (salvo las inevitables excepciones, claro está), pero es de justicia consignar que una editorial como Desperta Ferro descuella en esa delicada labor. Este libro es una innegable muestra de ello.

"Lo que distingue a la cultura de estos siglos es un talante asertivo, trascendente y educativo, aunque estos rasgos parezcan chocar en principio con la desmesura que suele asociarse a lo macabro"

El trabajo de López de Munain y Miriam Beltrán se estructura en tan solo cuatro capítulos cuyo contenido homogéneo permite solapamientos o inevitables reiteraciones, como si se tratara de dar vueltas sobre un mismo eje —la materialidad brutal de la muerte— para que se complementen las diversas perspectivas: el primero de ellos, «bailando en un mundo crepuscular» nos trae, entre otras cosas, las famosas danzas de la muerte; las reliquias son las grandes protagonistas del segundo, que analiza la vertiente macabra de la santidad; el tercero se ocupa de las pinturas que recrean la vanidad de la vida —«Vanitas»— y, por último, el cuarto aborda los «espacios de lo macabro», esto es, los lugares donde se depositan los restos humanos, esos turbadores enclaves que despiertan tanta repugnancia como fascinación.

No estamos ante un libro de historia propiamente dicho ni de las mentalidades ante la muerte, en la línea de los clásicos de Philippe Ariès o Michel Vovelle, aunque haya en sus páginas mucha labor de indagación histórica y de actitudes sociales. En conjunto, se impone la vertiente artística y antropológica para componer una especie de monumental retablo de la muerte, es decir, la representación cultural de la misma como el mejor procedimiento para asumirla y, en cierto modo, domesticarla. En este sentido, habría que enfatizar que, frente a las actitudes contemporáneas —que oscilan entre la negación de la muerte, su banalización o su conversión en espectáculo mediático—, lo que distingue a la cultura de estos siglos es un talante asertivo, trascendente y educativo, aunque estos rasgos parezcan chocar en principio con la desmesura que suele asociarse a lo macabro.

"La muerte, en fin, no es solo un hecho biológico, aunque haya que partir de esa evidencia, sino una construcción cultural que se traduce en una elaboración de imágenes y en un relato confortador"

Lejos de ser su antítesis absoluta, como hoy se mantiene, la muerte era concebida como parte de la vida, con una naturalidad sorprendente para los criterios actuales. Por eso no hay negación, sino aceptación, a veces resignada, pero también gozosa. No hay negatividad tampoco en un aspecto que podría desembocar en pesimismo y abatimiento ante el destino humano. El que seamos polvo y nos convirtamos de nuevo en el polvo del que venimos no significa que el ser humano sea un-ser-para-la-nada, como diría un existencialista moderno, sino todo lo contrario, pues la verdadera vida del hombre es la que le espera tras el deceso. De ahí que incluso la más detallada imaginería de nuestros cuerpos mortales no sea un llamamiento al horror ni una recreación en lo nauseabundo, sino un mero recordatorio. El arte desempeña así una función educativa: nos prepara para nuestro destino inexorable.

La muerte, en fin, no es solo un hecho biológico, aunque haya que partir de esa evidencia, sino una construcción cultural que se traduce en una elaboración de imágenes y en un relato confortador. Desde el punto de vista artístico, así se plasma en escultura y pintura. Desde el punto de vista ideológico, en recintos o depósitos que nos imponen visualmente nuestra condición mortal y nos aleccionan de manera ejemplar. Lo macabro debe pues entenderse, no con el cariz morboso que suscita en la sensibilidad actual, sino como un lenguaje simbólico sumamente eficaz para transmitir el mensaje predominante en aquellos tiempos: la muerte es inevitable, es inútil huir de ella, a todos nos alcanza y con ello a todos nos iguala. Lo más sabio es afrontarla sin angustia y para ello hay que prepararse. Mejor dicho, hay que estar siempre preparado, porque llega en el momento más inesperado. Y, por encima de todo, la muerte es liberación y salvación. Lo macabro tiene una función pedagógica pero también catártica, pues finalmente nos reconcilia con nuestro destino.

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Autor: Gorka López de Munain y Miriam Beltrán Valiente. Título: España macabra. La cultura de la muerte entre el Medievo y la Modernidad. Editorial: Desperta Ferro. Venta: Todos tus libros.

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