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Gema Peñalosa: «A las víctimas de violencia sexual se les veía como pruebas vivientes del crimen»

Gema Peñalosa: «A las víctimas de violencia sexual se les veía como pruebas vivientes del crimen»

Antonio Cosme Velasco, el Pincelito, vecino de Benejúzar (Alicante), con 62 palos a sus espaldas, violó a la niña Verónica, de trece, cuando ésta iba a por una hogaza de pan el 17 de octubre de 1998. El tío fue a chirona, obtuvo un permiso penitenciario, se paseó por el pueblo, se encontró con la madre de la cría, Mari Carmen, y el muy hijo de (pitido censor) le preguntó: “Buenos días, señora. ¿Cómo está su hija?”. Al poco, la mujer vertió una botella de un litro de gasolina sobre su cabeza y le prendió fuego. El violador murió a los diez días; Mari Carmen, tras muchas idas y venidas judiciales, acabó en chirona.

Gema Peñalosa (Aracena, Huelva, 1980) cubrió la segunda parte de esta historia para El Mundo, periódico en el que trabaja desde hace más de 20 años. Como el resto de compañeros que se ocuparon del suceso, descubrió el polvo terrible que precedió al lodo. En Fuego (Libros del KO, 2022), la periodista narra el infierno de Verónica y de Mari Carmen sin la urgencia de la actualidad, profundizando en los personajes y analizando los mecanismos sociales que posibilitan que las mujeres sigan sometidas a tanta violencia sexual. Es un libro que agarra del cuello, que pone de mala hostia por lo que narra y que alivia porque demuestra que, por un lado, las víctimas disponen de más herramientas de defensa; por otro, que la tropa, excepciones deleznables al margen, ya no entiende la violación como una vergüenza, sino como lo que realmente es: un crimen atroz. Conversamos sobre el tema:

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—Señora Peñalosa, ¿para qué debiera servir un periodista?

"Cuando se confunde la información con la opinión, y eso se ve mucho, es peligroso"

—El periodista tiene que acercar a la sociedad las cosas que están sucediendo, tiene que ofrecer un testimonio de primera mano y de una manera objetiva. Nuestra responsabilidad es muy grande: lo que escribimos permite que muchas personas formen sus opiniones o sus sensibilidades. Desde nuestra óptica, desde nuestro prisma, pero apostando siempre por la objetividad. Yo me dedico al periodismo de sucesos y de tribunales y siempre he procurado ser especialmente cuidadosa. Los sucesos son temas muy delicados, y en los tribunales se abordan cuestiones que afectan mucho a la sociedad. Entonces, a la hora de contar estas noticias, hay que hacerlo de una manera clara y entendible, pero, sobre todo, objetiva, sin retorcer la información ni caer en las interpretaciones personales. Cuando se confunde la información con la opinión, y eso se ve mucho, es peligroso. Entonces, ya no se está informando. Tú tienes que poner las cosas para que el lector o la persona que escucha la radio o la tele se forme una opinión él mismo.

—¿Hasta qué punto el asesinato de Ana María Jerez Cano o el crimen de las niñas de Alcàsser le encauzaron hacia el periodismo de sucesos y tribunales?

—Yo ya quería ser periodista cuando tenía cinco años. Nunca he querido dedicarme a otra cosa. Por los casos que mencionas y por cómo reaccionaba la sociedad. Lo de Ana María Jerez Cano ocurrió cuando yo tenía once años. Lo seguí con un especial interés, sobre todo, en Informe Semanal, que lo veía mucho. Como habrás comprobado, los medios hemos evolucionado mucho en cuanto al tratamiento y a la sensibilización de los sucesos. Por ejemplo, se tiene más cuidado a la hora de poner determinadas imágenes; yo, cuando tengo una sentencia sobre un tema delicado, como puede ser un abuso sexual o una violación, no abundo en los detalles de cómo sucedieron los hechos… en ese tipo de cosas, los medios han evolucionado.

—¿Cuándo tiene constancia, por primera vez, de la historia que aborda en Fuego?

"La violación de Verónica no tuvo publicidad. Nadie se enteró, no salió en los medios. Tampoco la detención de este hombre. Nada. Salió a la luz cuando Mari Carmen lo quema"

—Un día, estábamos en la redacción y nos llega que una señora había quemado a un hombre en Benejúzar. Era el 2005: no había móviles como los de ahora, no había WhatsApp. No era todo tan inmediato, había que ir a preguntar, y entonces nos dimos cuenta todos de que estábamos ante la segunda parte de una historia que había empezado en el 98: este hombre había violado a una niña. Si te das cuenta, la violación de Verónica no tuvo publicidad. Nadie se enteró, no salió en los medios. Tampoco la detención de este hombre. Nada. Salió a la luz cuando Mari Carmen lo quema. Empezamos a tirar del hilo y trabajamos la información.

—No sabe cuánto me repugna la reacción que tuvieron los vecinos de Benejúzar con Mari Carmen y, sobre todo, con Verónica.

—Estaban en un entorno pequeño en el que no encontraron apoyos: ni apoyo social, ni social, ni psicológico, ni económico. Ahora, las víctimas están mucho más protegidas. En esa época, los mecanismos de protección estaban en pañales. No había concienciación social.

—Al margen de eso, me revuelven las tripas el algo habrá hecho y derivados.

"Pese a que las denuncias falsas son minoritarias, han marcado mucho la desconfianza hacia las víctimas."

—La historia de Mari Carmen y de Verónica sucede en un arco temporal de veinte años que es muy rico. La violación de Verónica se produce en el 98; cinco años antes, ocurrió el crimen de las niñas de Alcàsser. Y el libro termina con la sentencia de La Manada, estando ya Mari Carmen en la cárcel. Han pasado muchas cosas en ese arco temporal, la sociedad ha evolucionado mucho. Los mecanismos legales han cambiado, aunque todavía se están afinando. Con el paso del tiempo, la sociedad ha ido cobrando conciencia, las víctimas disponen de unas herramientas de las que antes no disponían. Durante siglos, el agresor sexual gozaba socialmente de un clima en el que se permitían estas agresiones y no se cuestionaban. Me parece que se percibe cierta evolución, y una de las intenciones de este libro era plasmarla. Se ha avanzado y se han detectado conductas que antes se naturalizaban. De hecho, en el libro menciono un pasaje de la Biblia en el que se habla de una denuncia falsa (la de la mujer de Putifar a José). Pese a que las denuncias falsas son minoritarias, han marcado mucho la desconfianza hacia las víctimas. También hablo de un juez del siglo XIX que decía, textualmente, que la violación es un delito “muy fácil de denunciar y muy difícil de probar”. Todo esto nos ayuda a ver la evolución y las pequeñas conquistas que hemos alcanzado. Ahora bien, todavía hay que afinar para que estas conductas se corrijan.

—¿Por qué decidió contar la historia de Mari Carmen y de Verónica en un libro?

—Como sabes, cubrí el suceso en su momento. Libros del KO se puso en contacto conmigo y me propuso recuperar la historia y convertirla en un libro. Me apetecía mucho profundizar en esta historia porque, como has visto, tiene muchas aristas. Más allá del suceso en sí, me he detenido en los personajes, en sus circunstancias, en la evolución de la sociedad… He podido acercarme a la historia sin la urgencia del día a día, como cuando sucedió, profundizar en ella de una manera más pausada y ver este tipo de cosas que te estoy diciendo.

—¿Contactó con las protagonistas?

"Cuando Verónica, siendo menor, tuvo que declarar en el juicio contra su violador, no se puso un biombo ni se tuvo el más mínimo cuidado"

—Claro. Sí, he hablado con ellas. Por cierto, volviendo a la evolución sobre este tipo de casos, hay escenas que, hoy en día, serían impensables. Cuando Verónica, siendo menor, tuvo que declarar en el juicio contra su violador, no se puso un biombo ni se tuvo el más mínimo cuidado. El abogado del violador le hizo preguntas del todo improcedentes, no se tuvo tacto alguno. Esto, hoy en día, no sucedería. Cuando ella volvió al colegio, no se activó ningún protocolo, no hubo ningún equipo psicológico, ni una reunión de padres…

—Supongo que, hoy por hoy, el juez de Vigilancia Penitenciaria le impondría al Pincelito alguna medida de alejamiento para que no se acercara a su víctima o a su familia, cosa que no se produjo entonces.

—No le impuso ninguna medida de alejamiento ni tampoco avisaron a Mari Carmen y a su familia. No les dijeron: “Oye, que este señor va a salir, que te lo puedes encontrar. Estate prevenida”. Cuando él se la encuentra y le pregunta “señora, ¿cómo está su hija?”, y eso está recogido en la sentencia, no lo digo yo, ella tiene una explosión mental. Y esa pregunta es la que le sirve para que el Supremo le rebaje la condena, porque la Audiencia Provincial de Alicante condena a Mari Carmen a nueve años de cárcel. El Supremo la rebaja a cinco porque entiende que hay una provocación en esa pregunta.

—¿Cómo se han tomado que usted cuente lo que vivieron?

—Desde el respeto, me acerqué a ellas, hablé con ellas y les pregunté. No he querido entrar en más cosas personales. Rescatar este capítulo de sus vidas después de tanto tiempo… La verdad es que han sido generosas al dejarme contar este episodio a través de sus ojos y de sus sentimientos.

—¿Qué ha aprendido mientras escribía este libro?

"He cobrado más conciencia sobre la falta de apoyos y la soledad que sintieron ellas"

—Como te decía, que hemos evolucionado como sociedad. También los medios de comunicación, que tenemos una sensibilidad distinta a la hora de abordar este tipo de problemáticas. He cobrado más conciencia sobre la falta de apoyos y la soledad que sintieron ellas. ¡Estamos hablando de una niña de trece años violada por uno de 62! Creo que es un problema estructural de la sociedad que nos atañe a todos. Antes se podía ver como una cuestión aislada, pero no lo es. Antes, a las víctimas de violencia sexual se les veía como pruebas vivientes del escenario del crimen. Eso lo hemos superado y, poco a poco, con conciencia, estamos llegando a otras cosas. De eso me he dado cuenta mientras hacía el libro. Y me alegra bastante. La sociedad reacciona de otro modo y esa es buena señal, aunque el cambio que se percibe no significa que hayamos avanzando lo suficiente.

—Por cierto, ¿cree que está coja la ley del “sólo sí es sí”?

—Uff, yo, en estas cosas, prefiero no meterme, la verdad. Yo he venido a hablar de mi libro, como Paco Umbral (risas).

—Para finalizar, ¿qué tal la experiencia de gestar y parir un libro?

—¡Buah! La verdad es que ha sido un año largo y duro. Ten en cuenta que yo me mudé a Madrid con mi familia, empecé en el trabajo y tenía el libro ahí… Lo he disfrutado mucho, pero también lo he sufrido mucho. Ahora estoy contenta.

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Josey Wales
Josey Wales
2 meses hace

No es cierto que durante siglos se permitieran las violaciones y que el violador encontrara un clima favorable. ¿Vivió usted esos tiempos? ¿Los ha estudiado? Si la respuesta es no, aténgase a la primera respuesta de esta entrevista. El gran problema de todo esto es la impunidad, y la impunidad es más propia de nuestra época que del pasado. En el pasado, la violación no sólo atentaba contra la integridad física de una mujer, sino contra su honra. Por eso, ya en las legislaciones forales medievales se señalaba la pena de muerte para los violadores. Lean ‘El alcalde de Zalamea’, una obra muy popular en el pasado, donde el protagonista ajusticia por su mano al violador que se niega a reparar el honor de la víctima. No sólo el violador pagaba con la vida, además se juzgaba con mucho rigor incluso la incitación. La ‘solicitación’ (la incitación al acto sexual hecha por un clérigo a una mujer en el confesionario) no era juzgada por los tribunales eclesiásticos ordinarios, sino que, dada su gravedad, pasaba directamente a la Inquisición; de hecho, era el único delito disciplinar que juzgaba el Santo Oficio. Las acusaciones falsas contra los clérigos, que las habían, suponían la gravísima pena de excomunión. Son sólo muestras del rigor con el que se trataba no sólo el delito de violación, sino el abuso de poder o la intimidación conducente a una violación consentida. Se protegía no sólo la integridad física, sino un ámbito moral mucho más amplio. Si esta antigua concepción entró en crisis y estaba considerada anticuada en los tiempos en que esa niña fue violada, y si su madre, al ajusticiar al criminal, al contrario que el alcalde de Zalamea, fue rechazada socialmente, habría que considerar la corrupción moral y la impunidad de nuestra época, pero no insultar a la gente del pasado sin conocer cómo pensaban y actuaban. Bajen del pedestal, señores modernos, que no son ustedes el último refresco del desierto.