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Glu, glu, glu (Arresto domiciliario 102)

Glu, glu, glu (Arresto domiciliario 102)

Hay días con sabor a fin de curso. O también, por qué no, con ínfulas de epílogo. De aquí a unos cuantos años recordará uno ciertas escenas inconexas, acaso acompañadas de la música que ahora está sonando, y sólo faltarán los títulos a media pantalla para que todo sea parte de una película. Me explico: llevo ya cinco días escudriñando archivos electrónicos y revisando las pruebas de imprenta del que hasta hace un mes era mi manuscrito, con el ánimo del maratonista que ya se mira entrando de vuelta en el estadio, y por si fuera poco ayer llegaron mis nuevos audífonos.

(Una ovación de pie sería poca cosa comparada con la función que cancela los ruidos ambientales. O, más exactamente, silencia al universo y te deja flotando en una cápsula. O bien: sumerge al mundo ante tus ojos. ¿Cómo no agradecer al respetable público por aplaudir en perfecto silencio, mientras escucho el canto de los ángeles?)

"Miro a mi correclusa platicar animadamente en teléfono, armada de sus dos audifonitos blancos, y me viene de vuelta la sensación de estar metido en un epílogo musicalizado"

No sé si me he comprado unos auriculares inalámbricos u otra forma de vida. Hace ya varias horas que reviso galeras en el jardín y no sabría decir si por casualidad resuenan por ahí hip-hops, reggaetones, podadoras o los disparos de un lanzagranadas. Miro a un lado y descubro a Cassandra, Ludovico y Gerónimo haciendo toda suerte de muecas estrambóticas; pongo en pausa la música y he aquí que el trío ladra a todo pulmón. Tendría que extrañarles que todavía no los haya callado, si por lo visto llevan un buen rato haciéndose escuchar en toda la comarca. ¿Y cómo sé que al cabo no van a disfrutar mis cascos más que yo? ¿Quién no habría querido, cuando niño, esos juguetes mágicos para sus padres?

De noche, ya en la cama pero aún corrigiendo las páginas del libro, vuelo a lomos de un clavicordio celestial, cual si mi cráneo fuese una ancha bóveda, mientras miro a mi correclusa platicar animadamente en teléfono, armada de sus dos audifonitos blancos, y me viene de vuelta la sensación de estar metido en un epílogo musicalizado. Suele uno reprimirse sin querer cuando habla por teléfono delante de un testigo, hasta que éste se envuelve en su capullo y le devuelve la espontaneidad. Ahora se carcajea, nunca sabré de qué, y es como si la espiara desde una de esas ventanas fisgonas que solamente el cine vuelve panorámicas. ¿Se dará cuenta acaso de cuánto lo disfruto?

"Luego de administrarme unas horas de Bach y un whisky en las rocas, he terminado al fin de escribir el epílogo del libro"

Y bien, que la jauría se ha quedado muda y ya retiré a todos los vecinos estruendosos de mi selecta lista de objetivos militares. Si la montaña no se va a la mierda, Mahoma se va a la mierda de la montaña. Que esto suceda en medio de una cuarentena planetaria refuerza en cierto modo mi sospecha de que el futuro es una cosa encapsulada. Antes —es decir anteayer— aún acariciaba la idea de construirme un refugio en el jardín, donde me encerraría a emborronar cuartillas en la intimidad propia de un anacoreta, pero hoy me queda la impresión submarina de que para eso sirven mejor los cascos.

Luego de administrarme unas horas de Bach y un whisky en las rocas, he terminado al fin de escribir el epílogo del libro. Un texto del tamaño de estas líneas, que sin embargo traje por semanas como una mosca metida en la oreja. Ahora que su lugar lo ocupan los violines, me retuerzo y me estiro como el espectador que se asume de vuelta en este mundo. ¿Qué tal, Cuarentenario? ¡Tanto tiempo sin vernos!

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